domingo, 21 de febrero de 2021

'El viaje' de Javier Heraud, medio Siglo después

   

    
Quien terminó siendo conocido como 'el Poeta guerrillero'... a lo que se consideraba -sobre todo, en realidad, y verdadera mente- adscrito es al, en las filas del combatirse por aquel programa cantado con "la Poesía es un arma... cargada de futuro", militar desde su razón o palabras indesmayables.

Y por ende, aun precisando de [con]vencer las prejuiciadas resistencias anteriores del líder rebelde que al fin lo terminó aprovechando (¡pues -hasta entonces- había insistido en el "rechazar a poetas, entre los conjurados, para su partida"...!), fue muy consecuente por seguir firme propósito enunciado desde su "Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse"...







 
En la Cineteca de Madrid hemos tenido el lujo de recibir al entusiasta equipo que nos ha venido a presentar su film "El viaje de Javier Heraud", desde Perú, superando parálisis global por los miedos que ahora ocupan casi todo: Ariarca Otero, sobrina nieta del poeta Javier Heraud (1942-1963), decide abrir el baúl de los recuerdos y reconstruir la historia de su tío abuelo acribillado en el río Madre de Dios, privando a la poesía peruana de una de sus voces más singulares y genuinas. Por la mirada de Ariarca, que también tiene 21 años, conocemos de cerca la vida y obra del artista. Ese baúl custodia una historia que, pese a la familiaridad de ambos con el autor, ni ella ni el director del documental casi conocían. 

Heraud escribió toda su obra desde los 18 años y en sólo tres más. Mediante su escritura se descubren los viajes de Javier a París, Moscú, Madrid y la Habana; sabiendo también por testigos cómo [bajo el seudónimo 'Rodrigo Machado', utilizado de alias clandestino] entró a militar en un grupo insurreccional que consiguió arribar al Perú desde Bolivia por la selva -soñando con el lograr tan sólo 'colaborar ayudando al levantamiento campesino autónomo ya desencadenado previamente' y... fue balaceado hasta destrozarlo tras capitular. Desapareció así una de las voces más valiosas de la poesía del Perú y pasó Heraud a ser otro eterno poeta, el llamado 'Rimbaud de la poesía peruana', joven.
 
   
  
En septiembre del 1961 —sólo dos años antes de la muerte del poeta, tiroteado por la espalda con hasta 19 balazos un 15 de mayo, cuando cruzaba el río Madre de Dios en balsa...— Mario Vargas Llosa entrevistó desde París por radio a Javier Heraud. El diálogo duró apenas 8 minutos pero en ellos el aún entonces ni veinteañero autor luego pronto trágicamente malogrado pudo ofrecer su opinión sobre la poesía en el Perú y su manera del entender el quehacer literario:
 
[V. Ll.] - ¿Cuál es el panorama de la poesía actual en el Perú?
 
[J. Heraud] - La poesía atraviesa en este momento por una de sus mejores etapas, es quizá la mejor poesía que se hace en habla española. Nombres como el de Washington Delgado, Alejandro Romualdo, Javier Sologuren, Gonzalo Rose, Gustavo Valcárcel, Carlos Germán Belli lo demuestran. La última generación, me refiero a Corcuera, Naranjo, Razeto, Calvo, está perfectamente unida y yo creo que lo más saludable que tiene la poesía peruana actual es su perfecta fusión, su cambio perenne y continuo.
 
- ¿Cuáles son las tendencias marcadas en la poesía peruana contemporánea?
 
- Mucho se ha hablado de las distinciones entre poesía social y poesía pura. Luis Alberto Ratto en un último libro sobre poesía peruana pedía un nombre no tan tajante, digamos, como poesía existencial que vendría a ser la poesía social y que es cultivada en el Perú por Romualdo, Valcárcel, Rose, y poesía pura, cultivada por Sologuren, Eielson, Belli, Bendezú. Yo creo que en la última generación, del 35 al 40, estas dos tendencias se unen perfectamente; ya no podemos decir si poetas como Naranjo, como Corcuera o Razeto, son poetas puros o son poetas sociales.
  
- ¿Cómo ve su propia poesía dentro de estas tendencias poéticas peruanas?
 
- Lo que yo veo es una intención que tengo en la poesía, yo me propongo hacer una poesía narrativa, descriptiva, clara, que se enriquezca con muchas cosas, con la música, con el aire, pero que no deje de ser poesía clara, poesía que pueda ser leída por todos.
 
- ¿Cuáles son los autores que más ha frecuentado?
 
- Debo anotar ante todo poetas como Vallejo, como Neruda; entre los españoles preferentemente a Antonio Machado, García Lorca y Miguel Hernández; de la poesía inglesa admiro a Dylan Thomas.
 
- Hasta hace poco se hablaba de la tremenda influencia de Neruda en la poesía peruana, ¿esta influencia sigue tan vigente como hasta hace 10 años?
 
- Bueno, yo creo que efectivamente hace 10 años sí se podía hablar de una influencia marcada de Neruda, pero el mismo proceso que ha sufrido Neruda, tan cambiante, ha disminuido mucho o favorecido la disminución de su influencia, sin embargo no hay que negar que Neruda marca el principio de todo poeta que se inicia en el Perú.
 
    



"La vida baja como un ancho río"
 (Antonio Machado)
  
Yo soy un río,voy bajando por las piedras anchas, voy bajando por las rocas duras, por el sendero dibujado por el viento. Hay árboles a mi alrededor sombreados por la lluvia. Yo soy un río, bajo cada vez más / furiosamente, / más violentamente / bajo / cada vez que un / puente me refleja / en sus arcos.

 (...)

Y es aquí cuando más me precipito Cuando puedo llegar los corazones, cuando puedo cogerlos por la sangre, cuando puedo mirarlos desde adentro. Y mi furia se torna apacible, y me vuelvo árbol, y me estanco como un árbol, y me silencio como una piedra, y callo como una rosa sin espinas.

 (...)

Yo soy un río. Yo soy el río eterno de la dicha: ya siento las brisas cercanas, ya siento el viento en mis mejillas, y mi viaje a través de montes, ríos, lagos y praderas se torna inacabable.

 (...)
 

Llegará la hora en que tendré que desembocar en los océanos, que mezclar mis aguas limpias con sus aguas turbias, que tendré que silenciar mi canto luminoso, que tendré que acallar mis gritos furiosos al alba de todos los días, que clarear mis ojos con el mar. El día llegará, y en los mares inmensos / no veré más que mis campos fértiles, / no veré mis árboles / verdes, mi viento cercano, mi cielo claro, mi lago oscuro, mi sol, mis nubes, ni veré nada, / nada, únicamente el cielo azul, / inmenso, y todo se disolverá en una llanura de agua, en donde un canto o un poema  más  /  sólo  serán  ríos  pequeños que bajan, ríos caudalosos que bajan a juntarse / en mis nuevas aguas luminosas, / en mis nuevas / aguas / apagadas.

 (...)

 

Mi cuarto es una / manzana, / con sus / libros, / con su / cáscara, / con su cama / tierna para / la noche dura. / Mi cuarto es el / de todos / es decir, / con su / lamparín que / me permite reír / al lado de Vallejo, / que me permite ver / la luz eterna de / Neruda. / Mi cuarto, en / fin, / es una / manzana, / con sus libros, / sus papeles, / conmigo, / con su / corazón. / / Por mi ventana nace / el sol casi todas / las mañanas. / Y en mi cara, / en mis manos, / en el dulce / clamor de la luz pura, / abro mis ojos entre la / noche muerta, / entre la tierna / esperanza de / quedar vivo un / día más, / un nuevo día/ para / abrir los / ojos ante la / luz eterna.
 (...)



C. B., interminable amigo.

Keshava, ¿con qué objeto mataría
a los míos? No deseo la victoria,
los reinos ni los placeres.
(Bhagavad-Gita. I, 31)
 
No deseo la victoria. / La victoria es siempre pasajera, / no queda después  sino la muerte, / el regocijo, el gozo falso de la vida: / una hierba caída sobre el hombro, / un refugio que aguarda su retorno, / un escondido llanto después de la / batalla y la victoria. / Un vaso palpitante, / un cuerpo en perpetuo movimiento, / un cenicero vacío eternamente / son más efímeros que la victoria, / efímera y vana, cansada y agotante. / Difícil es remar a  remo suelto, / difícil llenar el vaso lleno, / difícil cambiar el tiempo ajeno. / No deseo la victoria ni la muerte, / no deseo la derrota ni la vida, / sólo deseo el árbol y su sombra, / la vida con su muerte.

 (...)

Descansar en el valle / que baña el río todas las tardes, / en las arenas que cubre el mar / todas las noches, / en el viento que sopla en los ojos, / en la vida que alienta ya sin fuego, / en la muerte que respira el aire lleno, / en mi corazón que vive y muere diariamente.
 
 

Porque mi patria es hermosa / corno una espada en el aire, / y más grande ahora y aún / más hermosa todavía, / yo hablo y la defiendo / con mi vida. / No me importa lo que digan / los traidores, / hemos cerrado el pasado / con gruesas lágrimas de acero. / El cielo es nuestro, / nuestro el pan de cada día, / hemos sembrado y cosechado / el trigo y la tierra, / y el trigo y la tierra / son nuestros, / y para siempre nos pertenecen / el mar, / las montañas y los pájaros.




El valle de
Tarma es grande.
Pero más grande
es mi corazón
cuando lo miro,
pero más amplio
es mi pecho cuando
aspiro aire, y aire,
cielo y cóndor,
martes y jueves,
más grande que el
río es el hombre,
más grande que el
valle son los ojos
de tantos caminantes
de costado.
 
Lentamente caminé‚
por la ciudad
Y por sus calles.
Cálidas piedras sostenían
mis zapatos,
sostenían mi cuerpo
tiernas manos anochecidas
como estrellas.

Un día me alejé de casa
Dejé a mi madre en la puerta
con su adiós mordiéndome los ojos.
(Mi hermano, el pequeño,
no comprendía nada y creía
que volvería pronto).
Yo sabía que ese viaje era
para mucho
y por eso abracé bastante
a mi padre y saludé
futuros matrimonios de mis hermanas.
El carro ya partía,
me fui, me marché, me largué
rápido de casa,
cumpliendo amenazas pasadas
que yo profería.
No quise despedirme de Amaranta
porque "el tiempo del amor no vuelve más".
Yo lo sabía,
y así entre amargura y desconsuelo,
me marché una tarde,
abandoné todo,
mi patria, mi país, mi casa,
"el mundo que a escondidas miro".
Y así llegué a La Habana,
recordando episodios transcurridos
entre cantos y risas.

     
          
 

lunes, 18 de enero de 2021

'El extranjero' como ejemplo de la razón social totalizadora: Camus por J. Álvarez-Cienfuegos

  
En la desolación avasalladora que nos viene acechando (con casi todas las noticias de tanta metástasis totalizante como se difunde...) por los ánimos comunitarios tras irrumpir nuestro monotema durante ya 4 trimestres consecutivos, valoramos más que nunca otra memoria retenida desde aquellas mentes cuya compañía siéntese muy añorable frente a esto -insólito- ahora despeñado cada nuevo día, sobre cuanto envuelve aquí sin fin cualesquier vidas y haciendas... 

Hoy podemos ofrecer de muestra la siguiente consideración legada por cierto gran Sabio querido y del cual estos días está recordándose su segundo "cabo de año", que nos había surgido al caso como plenamente aplicable -tan bien...- a todo ello:  

  "Podría parecer, y así lo dan a entender varios de los críticos y lectores de El extranjero, que la vida de Meursault carecía del menor aliciente y que su actitud era la de un nihilista sumido en la más absoluta indiferencia ante todo. También se apuntaba que su alma era de piedra. Sin embargo, es un preciso observador del cielo, del mar, de la playa y de las estrellas; no deja pasar la oportunidad para referirse a ellos con un sentimiento nada simple que transita por la delectación, el asombro o la mera información. Esas referencias a la naturaleza, con todo, alcanzan su máxima atención cuando está en la prisión; a través del ventano alcanza a ver el mar. El sol, ambivalente signo de luz y de tragedia, es una especie de genio maligno que anuncia la desgracia. En la mañana del aciago domingo, ya Marie le dice riendo que tiene cara de entierro y, cuando llegan a la calle, siente «bruscamente el día, ya a pleno sol, como una bofetada». El sol, el calor, la roja arena enmarcan, ¿y propician?, el fatal desenlace. Una muestra: «cuando Raymond me dio su revólver, el sol resbaló encima. Permanecimos, sin embargo, inmóviles como si todo se hubiese cerrado en torno nuestro. Nos mirábamos sin bajar los ojos y todo estaba detenido aquí entre el mar, la arena y el sol, doble silencio de la flauta y el agua. Pensé en ese momento que se podía disparar o no disparar». Los árabes se van y ellos emprenden la vuelta a la casa, pero él regresará a la escena que será la del crimen.


 
  Por lo demás, en su vida diaria, mantiene buenas relaciones con quienes le rodean. Cumple con el rito social del entierro, a pesar de que su madre «sin ser atea, jamás había pensado en la religión cuando vivía», trabaja duro en la oficina, el jefe lo quiere promocionar, va al cine con su compañero de trabajo, Emmanuel, aunque después le tenga que explicar la película, siente curiosidad por esa mujercita que cena cerca de él hasta el punto de seguirla cuando ella sale del restaurante, entre cuyo dueño, Celeste, y él hay una mutua simpatía, escucha con paciencia a Salamano cuando le cuenta su vida y su relación con el perro desaparecido, aprueba ser camarada de Sintes, de no muy buena reputación en el barrio ni mejor conducta con su amante; al mismo Sintes, cuando está dispuesto a disparar contra el árabe, evita contradecirlo directamente, pero no se calla un mensaje de contención -«pensé que si le decía que no se excitara más dispararía ciertamente. Le dije solo: "todavía no te ha hablado. No estaría bien disparar así"»-. Con Marie se siente bien, vive la sensualidad del mar y del abrazo, disfruta del cine y del paseo con ella, la siente hermosa e incluso se casaría con ella, pero cuando ella le pregunta si la quiere responde que «nada significa eso, pero que ciertamente no la quería. "¿Por qué te casarías entonces conmigo?", dijo ella. Le expliqué que la cosa no tenía importancia alguna, pero que si ella lo deseaba podíamos casarnos. [...] Comentó ella que el matrimonio era una cosa seria. Respondi: "No". Se calló un momento y me miró en silencio. Después habló. Quería simplemente saber si habría aceptado la misma proposición de otra mujer, a la que hubiese estado unido de igual modo. Le dije: "naturalmente"».
 
  Singular relevancia cobran en distintos momentos de la novela las tardes, ese momento privilegiado del día que, desafanados de la tarea laboral y de las exigencias cotidianas, nos lleva al paseo curioso y expectante antes de sumirnos en la oscuridad de la noche y en el reposo reparador. Es así como Meursault, a la vuelta del juzgado rumbo a la cárcel y en el coche celular, lo evoca en claro contraste con la asfixia del tribunal: «Se levantó la sesión. Al salir del Palacio de Justicia para subir al coche, reconocí por un breve momento el olor y el color de la tarde de verano. En la oscuridad de mi prisión móvil, volví a encontrar uno a uno, como desde el fondo de mi cansancio, todos los ruidos familiares de una ciudad que amaba y de una cierta hora en la que solía sentirme contento. El grito de los vendedores de periódicos en el aire ya sosegado, los últimos pájaros en la plazoleta, el reclamo de los mercaderes de bocadillos, el lamento de los tranvías en los altos virajes de la ciudad y este rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto, todo recomponía para mí un itinerario de ciego, que conocía perfectamente antes de entrar en la cárcel. Sí, era la hora en la que, hacía ya mucho tiempo, me sentía feliz. Lo que me esperaba entonces era un sueño ligero y sin imágenes. Y, no obstante, algo había cambiado, pues en la espera del siguiente día, fue mi celda lo que volví a encontrar. Como si los caminos familiares trazados en los cielos del estío pudieran llevar lo mismo a las prisiones que a los sueños inocentes». También suben hasta su celda los sonidos de la tarde y piensa «no, no había solución y nadie puede imaginar lo que las tardes son en las prisiones». 
  La naturaleza, la amistad, la ciudad. Y los principios, o, para ser más precisos, el principio: la verdad. Meursault, ese es su problema con el entramado judicial, con su jefe o con la misma Marie, no hace concesiones. No finge ante el abogado de oficio -«me preguntó si le podía decir que aquel día (el del entierro de su madre) había reprimido mis sentimientos naturales-. Dije: "No, porque es falso". Y me miró de forma extraña, como si le inspirara un poco de repugnancia». No finge ante el juez, ni ante el fiscal, ni ante el capellán.

  Es en el fiscal en el que me detengo. A lo largo de su interrogatorio despliega ante el jurado toda una batería argumentativa para pedir, finalmente, la pena de muerte del acusado. Batería que tiene una única piedra angular: el acusado no tiene alma humana y su corazón es el de un criminal. Insistiendo una y otra vez en el comportamiento de Meursault antes y después del entierro de su madre, lo acusa del estar coludido con su vecino, un lenón cualquiera; no hay disculpa para él, es una persona inteligente, como lo prueba su desempeño como oficinista, no tiene, sin embargo, rasgos humanos. En definitiva, «decía que, en realidad, yo no tenía alma en absoluto y que nada humano, ni uno solo de los principios morales que custodian el corazón de los hombres me era accesible. "Ciertamente -añadía-, no sabríamos qué reprocharle. Lo que no ha sabido adquirir, no podemos quejarnos de que le falte. Pero cuando se trata de este tribunal, la virtud enteramente negativa de la tolerancia ha de transformarse en la menos fácil, pero más elevada de la justicia. Sobre todo cuando el vacío del corazón tal y como se descubre en este hombre se convierte en un abismo donde la sociedad podría sucumbir". Habló entonces de mi actitud hacia mamá. Repitió lo que ya había dicho durante los debates». De hecho, al día siguiente será juzgado un parricida y considera a Meursault culpable de ese crimen, pues «siempre según él, un hombre que mataba moralmente a su madre se sustraía de la sociedad de los hombres tanto como el que levantaba una mano asesina sobre el autor de sus días».
 
  ¿Por qué desata Meursault esa incontenible ira, ese inmisericorde desprecio? A mi juicio, Meursault significa la total y absoluta ruptura con el espíritu geométrico propio del fiscal que se encarga de concretar los valores de una sociedad. Su razón totalizadora, puesto que sentado el precedente ya todo se deduce de él sin dejar lugar al matiz o a la excepción, se convierte en una razón absoluta que exige apartar de la sociedad a quien no se siente ligado a ella de la manera que ella, encarnada en el aparato judicial cuya clave es él mismo, quiere ser reconocida. No parece más que Meursault molesta a los estamentos que se erigen en celosos guardianes de los valores que deben regir la sociedad. En realidad, como él mismo se percata de ello, no lo juzgan a él, juzgan lo que creen que es su alma al deducirla de los diversos hechos que encadenan y traman con toda lógica, pero sin atinar ni comprender que un ser humano es más que la suma de sus partes, pues juntas dan un todo.

  En definitiva, Meursault es condenado por el abogado de oficio, por el juez, por el fiscal, por el capellán y por el jurado, porque esos representantes de la sociedad, al igual que los periodistas que asisten al juicio, no pueden soportar que alguien como él, que mató a un hombre sin razón alguna, desvele, sin embargo, con su descarnada sinceridad la tramoya de hipocresía que sostiene sus vidas al enarbolar como seña de identidad en los seres humanos unos sentimientos que son más una pantalla de buenas intenciones que ningunos afectos reales, auténticos, profundos."


Y otro día nos merecerá también la pena -dadas las actuales peripecias de distopía [realizada] que vamos (vi)viendo cada vez más, última mente...- volver atención sobre algún otro texto breve pero impagable del ramillete conservado por este Volumen Conmemorativo aquí ahora citado; por ejemplo para dar cuenta del comentario, asimismo muy pertinente con la viral actualidad, titulado "Lectura de 'Contra la censura' a propósito del caso Zapata"...  
 
 



sábado, 9 de enero de 2021

Sí al sabotaje: con Erri de Luca, frente a toda mordaza, dándonos lo mismo si legal es o no


Resulta de lo más oportuno difundir la lección del apreciado Erri de Luca, a quien se celebra estos días -como "albañil, activista, escritor y traductor del Antiguo Testamento"- por su reciente libro 'Imposible'... Pero sería mejor tener presente otro episodio no menos memorable de su trayectoria:

"Si mi palabra es un crimen, estoy dispuesto a pagar las consecuencias". Así de rotundo se mostraba el reconocido escritor italiano, que se enfrentó a una pena de 1 a 5 años de cárcel por animar en 2013 a sabotear las obras de construcción para una línea del tren de Alta Velocidad entre la ciudad transalpina de Turín y la francesa Lyon. Presentaba en Roma la edición en castellano de su libro, 'La palabra contraria' (2015), donde reivindica el derecho a la libertad de expresión, pero sobre todo el "DEBER de la palabra contraria". Es decir, la obligación del intelectual a cuestionar.

De hecho, según De Luca, eso fue lo que hizo entonces con sus declaraciones contra el tren de Alta Velocidad. El 'Huffington Post' de Italia y la agencia de noticias ANSA las publicaron y, entonces, la empresa francesa LTF, constructora del tren, presentó una denuncia contra él, que la Fiscalía de Turín aceptó a trámite. Y ahí empezó el calvario del escritor, con 64 años, que no entendía que sus palabras lo hubieran llevado a sentarse en el banquillo de los acusados. Se le acusaba de supuesta incitación a la violencia. "Cuando yo hablo de 'sabotaje', me refiero a la movilización civil, a su paciencia y a su constancia para que se mantenga como una protesta popular en la que se incluyen niños, ancianos, mujeres, bomberos, guardias urbanos y alcaldes", explicó el escritor, sin intención ninguna de justificarse o de decir "digo" donde dijo "Diego", sino de reivindicar el significado amplio de la palabra "sabotaje".

"'Sabotear' es un verbo internacional y difuso en todas las lenguas", añadía el autor. "Aparte del daño material, existe todo este otro significado que hace que el verbo sabotear sea una idea bella y justa". Y concluyó con un cierto tono de enfado ante lo que consideraba una sinrazón: "¡Quiero poder usar el verbo como a mí me parezca!". De Luca se sumó con sus declaraciones a un movimiento de resistencia ciudadana que ya existía desde dos décadas atrás en el valle de Susa (Alpes italianos) oponiéndose a la construcción del túnel para el tren de Alta Velocidad por su tramo Turín-Lyon porque, según denuncian sus integrantes, las montañas están repletas de amianto y su perforación contaminaría toda la zona.

El escritor estaba vinculado a esta causa desde hacía 10 años, después de presenciar cómo la policía italiana apaleaba a un grupo de ciudadanos que habían acampado para exigir que las obras no avanzasen. "Eso afectó mi sensibilidad como ciudadano e inicié una lucha para retardar, impedir y obstaculizar la construcción del túnel", explicó el martes. "Eso no significa que vaya en contra del progreso", precisó. Según De Luca, "el tren se llama de Alta Velocidad, pero en realidad no lo es. Es un tren normal que se uniría con otra línea ya existente". 

Con su libro, el escritor pretende "demoler la acusación" contra él: "Es mi manera de defenderme y defender la libertad de expresión". Aun así, no tuvo miedo de acabar entre rejas. "Si mi palabra es un crimen, estoy dispuesto a pagar las consecuencias. Qué cosa mejor puede hacer un escritor que defender su palabra", argumentaba. En ese sentido, aseguró también que no apelaría la sentencia. Aceptando el veredicto del tribunal fuera cual fuese.

Sin embargo, eso no es motivo de satisfacción para De Luca, que se quejó de que había perdido un año y medio ocupándose del asunto. Aunque, se mostraba pesimista: "Si no ha sido un gran escándalo en Italia que me hayan incriminado, tampoco lo será si me meten en la cárcel". Según aseguró, ningún escritor italiano se había solidarizado con él, ni confiaba en que el atentado contra el semanario satírico francés 'Charlie Hebdo' y el movimiento a favor de la libertad de expresión que éste generó, pudiere dar la vuelta a la tortilla sobre su caso. "Somos muy democráticos en el extranjero", comentó De Luca con sorna en relación a las instituciones italianas. El movimiento de apoyo al autor italiano tuvo como lema "Io sto con Erri" ("Yo estoy con Erri", en italiano), a semejanza del "Je suis Charlie" francés.

De Luca siempre se ha caracterizado por su solidaridad con los más desfavorecidos, y es autor de más de 50 obras, algunas de las cuales han sido traducidas a 23 idiomas. Ha sido galardonado con múltiples premios, y se le considera uno de los autores italianos más importantes de todos los tiempos. Aun así, el escritor consideraba que su suerte dependería sólo de la presión que se ejerciese a Italia desde el extranjero. 
   

Y al fin, este apasionado devoto del montañismo que había derivado -desde sus otras anteriores tan distintas prácticas materiales...- en muy reconocido maestro de la escritura con singulares derivas hacia imprevisibles... terminaba resultando absuelto por el Tribunal, fallándose "no existir delito" en pedir el evitar por la fuerza que se perforaran las montañas.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Pasado tiempo, al documentarse los hechos de '2020, la Gran vergüenza' en España se llorará 

  
No puede dudarse del resultado actual: 'Alea jacta est', las estrategias del Sanchista Frankeinstinismo (como tan bien lo caracterizó Perez Rubalcaba...) se impusieron, para bastante; si no gozan de cómodas mayorias, al menos, han logrado adherir a medio País para poder neutralizar cualquier oposición por la otra mitad contando siempre asimismo con los resortes del Poder que -cada vez aun más omnímodo...- detentan. 

  
Otra cosa es que la presente obnubilación (arrancada tras veintiuna quincenas de sucesivas Alarmas...) no durará sin fin tampoco, viéndose inevitable que concluya por dar paso al usual 'llanto y crujir de dientes' póstumo. Cabría recordar tantísimo sentimiento culposo acarreado de generación en generaciones una vez finiquitada toda otra hegemonía político-social totalitaria en sus transcursos igualmente inexpugnables como (¡sin ir más lejos!) aquellas del Nacional Socialismo, primera mente, y el Nacional Sindicalismo luego. 

[Una casi unánime Alemania, eufórica con Hitler, "no sabría (de ningún problema) en su tiempo"... inmediatamente previo al desastre final durante la II G.M... Y qué no decir de las tan "silenciosas mayorías correctísimas", por activas o/y pasiva, en su afección al Movimiento... que de pronto pasaron a nutrir mayorías no menos "correctas" de UCD, PSOE y PP consecutivamente...] 

  
El caso es muy claro, según aquí se puede contar:
  
'Como todas las epidemias catastróficas que figuran en los anales de la historia, la del coronavirus dejó un reguero de muertos durante un período de tiempo muy reducido de apenas unos meses. El dolor causado por esas muertes ha sido profundo –y será seguramente duradero–, especialmente por las condiciones en las que los vencidos por la enfermedad no lograron superarla: aislados de los demás en hospitales abarrotados de pacientes o en residencias de ancianos o, también, en sus casas, sin el auxilio moral de sus familiares, con una asistencia médica que no siempre llegó para aliviar su dolor y en una soledad radical que les impidió ver por última vez a quienes ellos amaban. Estas condiciones de la muerte han sido, quizás, el aspecto más cruel de una infección que cabalgaba desbocada en el mes de marzo, en el que cada día parecía peor que el anterior, y también durante abril y mayo, cuando con una parsimonia desesperante se fueron reduciendo las cifras. Y no puede olvidarse tampoco que gran parte de los muertos carecieron de un ritual normalizado de despedida, consolador para sus deudos, pues hubieron de permanecer durante días en morgues, a veces improvisadas, y se impidió que la mayor parte de sus familiares y amigos asistieran a su inhumación. 

La tristeza que han causado todas esas muertes ha sido profunda, más aún cuando, como se verá enseguida, muchas de ellas ni siquiera han sido reconocidas por las autoridades sanitarias, negándoseles así el luto colectivo de una nación apesadumbrada por la carga que ha supuesto, para muchos, perder a sus seres queridos. Pero no nos adelantemos, porque este tema tiene muchos matices y recovecos que conviene exponer ordenadamente para evitar que cualquier apriorismo enturbie la valoración de los acontecimientos. Empecemos, pues, por conocer las cifras oficialmente publicadas por el Ministerio de Sanidad. Su evolución se recoge en la Figura que sigue a partir del día 3 de marzo –hay un fallecimiento anterior el 13 de febrero, como ya se ha mencionado más atrás– y hasta el 7 de junio, día en el que se anotaron los cinco últimos óbitos. En total, en ese gráfico se acumulan las 28.409 muertes que las autoridades sanitarias consideraron verificadas hasta mediado julio a través de pruebas diagnósticas PCR –como si la diagnosis por medio de la descripción de los signos y síntomas que caracterizan la enfermedad no fuera un procedimiento médico aceptable–, y que son las únicas reconocidas por tales autoridades en contra del criterio sostenido por la Organización Mundial de la Salud.




Algunas de las cifras (…) pueden parecer asombrosas, especialmente los 688 muertos que se contabilizaron el 22 de mayo –que hacen aparecer un pico extemporáneo dentro de la senda descendente que sucedió a los 950 fallecidos del 2 de abril, el día más trágico de la epidemia–, los 1.918 que fueron retirados de una tacada el 25 de mayo –aunque al día siguiente se restauraron 283 de ellos– o los 1.179 anotados el 19 de junio, después de casi dos semanas en las que no se contabilizó ningún óbito, sin que aún se haya dado una explicación satisfactoria del proceder de quienes confeccionan la estadística que ahora nos sirve de base para nuestro análisis. La serie, por otra parte, presenta continuas subidas y bajadas, sobre todo en abril y mayo, que probablemente no son sino un reflejo de la deficiente gestión que ha tenido este asunto en el Ministerio de Sanidad. Ésta se inició en marzo con unas notables carencias de información derivadas de unos precarios, obsoletos y descoordinados sistemas de recogida de datos, tanto en las Autonomías –que en ese momento, antes de la declaración del estado de alarma, eran las administraciones competentes en la materia– como en las estructuras de la Administración Central.

(…) Por detrás de estas discusiones bizantinas acerca de si los enfermos de coronavirus debían o no ser confirmados con pruebas analíticas se desenvolvió la enorme tragedia de los ancianos que residían en centros geriátricos públicos o privados y que fueron marginados de la atención sanitaria, las más de las veces de una manera deliberada aunque no reconocida. También hay que mencionar en este oscuro capítulo de la epidemia a las muchas personas mayores que prefirieron no acudir a un hospital porque cundió el pánico. Los hospitales eran un lugar de muerte, hasta el punto de que uno de cada cinco de los pacientes allí ingresados falleció, aunque esta proporción aumentaba a uno de cada cuatro entre los mayores de setenta años, y uno de cada dos entre los que superaban los 80 años. A nadie sorprenderá, por ello, que cuando las noticias sobre los óbitos se multiplicaron, muchos ancianos rehuyeran los centros hospitalarios en el momento de sentirse enfermos. Algunos murieron, a veces, en la más radical soledad porque el confinamiento así lo impuso.

En el final de marzo y los primeros días de abril, cuando las muertes alcanzaron a su cénit, las autoridades sanitarias anunciaron el inminente colapso hospitalario, aunque rápidamente se inició la instalación de hospitales de campaña y otras estructuras provisionales. Pero la capacidad de las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) se agotaba y ello suponía un freno para el tratamiento de las personas más vulnerables, entre ellas muy importantemente los ancianos, pues eran ellos los que, con más frecuencia, presentaban las patologías previas –tensión alta, diabetes, lesiones cardíacas y dificultades respiratorias– que aumentaban el riesgo mortal de la covid-19. Una idea de la incidencia de la enfermedad entre las personas mayores la da el hecho de que los estudios que se han realizado sobre los residentes en centros geriátricos a finales de junio señalan que el 70% de ellos han sufrido el contagio de la enfermedad.

En esa situación buena parte de las personas mayores, sobre todo las acogidas en residencias geriátricas, fueron dejadas en las manos del Arcángel Azrael. Los hospitales los rechazaban en cuanto había alguna dificultad para ofrecerles cama. Un parte de alta de las Urgencias del Hospital Infanta Cristina de Parla (Madrid) argumenta así la inadmisión de una paciente de más de setenta años: "Ante la situación de saturación actual, y por indicación de dirección médica dada esta mañana, no se permite el ingreso de pacientes de residencia en el hospital". En el juicio clínico contenido en el mismo documento se especificaba que la mujer presentaba "neumonía bilateral" y "probable covid-19 (pendiente de PCR)". Era el 25 de marzo; tras días más tarde esta señora fallecía en la residencia que la alojaba. El caso no es anecdótico. En Madrid, en un abuso criminal de las competencias autonómicas, se había dado la orden de no hospitalizar a los ancianos con demencia avanzada, los considerados terminales o los grandes dependientes. Similares decisiones se aplicaron en Cataluña, Castilla y León y la Comunidad Valenciana –y tal vez en otros lugares de España–. En Cataluña, incluso, se rechazó ingresar en las UCI a los mayores de ochenta años. El propio Ministerio de Sanidad había publicado el 6 de marzo un protocolo en el que, como norma general, se establecía que "todos aquellos residentes que presenten sintomatología respiratoria aguda, deberán restringir sus movimientos lo máximo posible y quedarse en una habitación con buena ventilación". Se reafirmaba así la idea -según la cual "no hay que cerrar las residencias ni los centros de día, no hay por qué cambiar la vida social ni nada en esos lugares"- que había expresado el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón.'

(texto incluido en el reciente libro 'Abuso de poder', Mikel Buesa)
   



"Ha sido 2020 un año distinto, inédito, que se recordará seguramente como 'el año de la covid-19', denominación insólita porque siempre fue el año el que dio su nombre a la pandemia… no al revés. Pero esta enfermedad ha sido excepcional. Y no porque el virus golpease con mayor intensidad que los del pasado sino por sus novedosos efectos sociales, políticos, económicos y psicológicos. 

Las pandemias del siglo XX causaron enfermedad y muerte pero se afrontaron con entereza, dignidad y sosiego; no con desatado pánico, búsqueda de culpables, prohibiciones generalizadas o persecución del disidente. Nunca una pandemia había desorientado y desarmado a la ciudadanía, ni propiciado su completa sumisión al poder.

Hay acontecimientos históricos capaces de sacar a la luz transformaciones sociales y culturales que hasta ese momento solo se vislumbraban. Esta pandemia ha rasgado el velo, ha proporcionado una nítida radiografía del mundo de hoy, retratando a una mediocre clase política y a una sociedad bastante infantilizada. Presa del pánico, la ciudadanía de 2020 se arrojó en brazos de sus gobernantes, buscando no tanto soluciones racionales como un bálsamo para sus miedos. Y, en un mundo que dedica más esfuerzo a buscar culpables que a ingeniar soluciones, los dirigentes actuaron de manera defensiva, aplicando aquellas medidas que potenciaban su imagen, que les permitían esquivar la culpa y endosarla a los ciudadanos por no cumplir las reglas.

Aunque en pocos lugares haya alcanzado cotas tan extremas como en España, la degradación de los gobernantes es un fenómeno común en Occidente. Abunda una clase política carente de principios, centrada en la apariencia, improvisadora, incapaz de atenerse a un plan coherente, rehén del más miserable corto plazo. Una categoría de dirigentes fruto de unos perversos mecanismos de selección que encumbran al poder a sujetos con pocos escrúpulos, a oportunistas desprovistos de espíritu de sacrificio o sentido del bien común.


Pero la mala calidad de la política se debe también a la infantilización de una creciente proporción del electorado, guiado por consignas simples, por puras imágenes televisivas, incapaz de ejercer una crítica coherente al poder. Unos votantes cada vez más encasillados en pandillas, en facciones irreconciliables, que conciben la política con un enfoque 'futbolístico': el de nuestro equipo frente al de ellos, no como un abierto y respetuoso debate de ideas.


El pueril mundo actual se ha acostumbrado a contemplar muchos derechos y pocos deberes. Pero buena parte son “falsos derechos”, meros señuelos inventados por los gobernantes como vías indirectas por las que rebasar esos límites y controles que las constituciones democráticas establecieron al ejercicio del poder para impedir que el gobierno se ejerciera de manera tiránica o despótica. Contemplar, por ejemplo, un 'derecho a la salud', o expresiones similares, resulta grandilocuente, atractivo, pero poco eficaz pues nadie puede garantizar tal cosa. Es más bien una excusa que otorga a los gobernantes enorme potestad para imponer cualquier medida, incluso algunas extremadamente lesivas para las libertades, alegando que existe peligro para la salud.

Nunca, hasta hoy, se había entendido la cuarentena como un confinamiento de los sanos salvo en la ficción literaria. En 'La Máscara de la Muerte Roja', Edgard Allan Poe relata la ocurrencia del Príncipe Próspero que, ante una epidemia devastadora, se encierra a cal y canto en un castillo, con todos los lujos, junto a mil amigos sanos y ricos. Naturalmente, la estratagema sirve de poco: la muerte aparece sin necesidad de disfraz durante un baile de máscaras, llevándose a Próspero y al resto de la concurrencia. Errónea concepción la de ese príncipe que considera el confinamiento una medida eficaz. También la de aquella minoría de cortesanos que puede permitirse un largo encierro sin coste, percibiéndolo incluso como un dolce far niente, mostrando escasa solidaridad hacia quienes contemplan desesperados como desaparece su empleo o quiebra su negocio.

La inclusión de estos dudosos derechos es una de las vías por las que la democracia clásica, entendida como separación de poderes, controles, contrapesos y límites a los gobernantes, ha ido eclipsándose poco a poco en el mundo actual. Deben observar mucha precaución esos países, como Chile, que han decidido redactar una nueva constitución.

La sociedad del miedo

Esta pandemia también ha mostrado que la sociedad moderna ha perdido la capacidad que poseían nuestros antepasados para gestionar el miedo. Cierto, el miedo es una emoción y, como tal, no ha cambiado a lo largo del tiempo. Los antiguos griegos, o los pobladores del neolítico, lo experimentaban igual que nosotros. Pero la manera de afrontarlo se encuentra socialmente mediatizada, se canaliza a través de reglas, normas, creencias y costumbres, que han variado sustancialmente en los últimos tiempos.

Así, se transformaron las normas no escritas que regulaban la expresión pública del miedo. En el pasado no estaba bien visto que las personas maduras, especialmente las investidas de cierta autoridad, manifestaran públicamente su miedo: era costumbre disimularlo. Y tenía cierta lógica porque el miedo es contagioso y, si los individuos lo observaban en otros, especialmente en aquellos a los que reconocían autoridad, la situación podía escalar hacia un pánico descontrolado. Hoy día, sin embargo, mostrar públicamente miedo no sólo se encuentra aceptado sino fomentado, un cambio que favorece la 'autoexpresión' individual, pero también el estallido de pánicos.

Pero hay otro cambio aún más sutil. En 'El Mundo de Ayer', Stefan Zweig señalaba una curiosa paradoja: los grandes avances de la ciencia se correspondieron con enormes retrocesos en el plano moral, en el de los principios. Aunque parezca contradictorio, los grandes adelantos del conocimiento han incrementado las incertidumbres con la que la humanidad percibe su futuro. El mañana se concebía antaño como una continuación del presente, el resultado de cambios paulatinos, no drásticos. Actualmente se contempla el futuro como un mundo completamente desconocido, radicalmente distinto al presente, una terra incognita habitada por monstruos donde la humanidad debe adentrarse sin mapa, brújula ni sextante. Un territorio donde cualquier suceso apocalíptico, desde una catástrofe climática, sanitaria o nuclear, puede ocurrir súbitamente.

La radical ruptura cultural con el pasado ha propiciado una humanidad aislada en el presente, sin guía, sin mecanismos compartidos que ofrezcan sentido o aporten algún contrapeso a esa imagen amenazadora del futuro. Así, muchas dificultades que antaño se gestionaban con aplomo, causan hoy pánicos desmedidos, especialmente cuando son los gobernantes quienes asustan al público para después erigirse en garantes de su tranquilidad.

Gran parte de la ciudadanía actual antepone la seguridad, aunque sea sólo aparente, a la libertad, prefiriendo las medidas que simplemente aportan tranquilidad, aunque a la larga resulten ineficaces. Como ya señalaba el sociólogo Christopher Lasch, "atormentado por la ansiedad, la depresión, una confusa insatisfacción y sensación de vacío interno, el ‘homo psicologicus’ actual no busca el engrandecimiento individual ni la trascendencia espiritual, sino la paz interior”.

El miedo y el infantil conformismo durante la pandemia desembocaron en la rendición absoluta ante las autoridades, en una actitud pasiva ante los abusos del poder, en la aceptación de un régimen de censura y autocensura donde, mermada la libertad de expresión y opinión, la confrontación de ideas fue sustituida por un entorno donde solo caben 'la ortodoxia o herejía'

Aquellos que mantienen una postura crítica con la política oficial sobre la covid-19 son ya no discrepantes sino herejes, blasfemos: unos individuos que deben ser denostados, vilipendiados, enviados a la hoguera del ostracismo..."

 
 


La información real NO es lo que 
aquí vocean los medios pagados 
para oficial 'Alarmar', censurando 
[U.E.]stadísticas: esa "2ª ola" que 
ahora nos cambia todo tanto... NI 
SIQUIERA llegó a los excesos de 
mortalidad, sobre l@ 'normal' que
ya tuvimos los años 2017 y 2018,
sin coronavirus-19, por las Gripes
[el dato está en pág web, adjunta,
pero sin publicar para este Reino]
 

Y sobre los países con mayor  
letalidad en toda la pandemia, 
pese al ruido aquí armado con 
Suecia o/y Alemania ... el podio 
de "lo peor" es encabezable por 
 España, seguido de Reino Unido, 
Bélgica más Francia, lejos ambos
(bien comparados: relativamente)!
 
 
 
La LETALIDAD CIERTA durante la pandemia se mide por sus muertes. Y sin embargo los CONTAGIOS QUE SE DECLARAN, en cambio, dependen cada vez también del nº de pruebas hechos para detectarlos (incluyéndose asintomáticos)... 

Es obvio que durante la "2ª OLA" se aumentó mucho la búsqueda de positivos con PCR, por lo cual fueron declarados muchos MÁS CONTAGIAD@S -pero no mortales- por cada 1 de quienes así llegan a terminar.

Pero no podría tener ninguna lógica verosímil la situación -oficial mente- declarada EN DICIEMBRE, cuando se informa de Crecimiento para los contagios mientras que no obstante a la vez su Mortalidad continúa claro Descenso con su anterior curva exactamente igual de como ya lo hacía desde un mes antes...

   
_______________________

POSDATA [3/1/20]
   
  ¿Cuándo aprenderemos nosotros?
 
   Para los alemanes, ya "vacunados" 
   por la (nefasta) experiencia con su 
   ley fundamental de Weimar el siglo 
   pasado, nuestro Desafuero -actual- 
   totalitario [mediante cogobernanza: 
   'Única... Más Autonómicas'...] hoy es 
   increíble; respetan derecho, toda su 
   Prosperidad es incomparable y -sólo- 
   sufren tercio que aquí muertes, o 
    sea casi 40 por 100.000 habitantes  
   en total, hasta finales del año 2020 

 






Pese al interesado tratar de hacernos creer algo contrario, "en esta Navidad NO hay Exceso de Muertes... frente a lo estimado durante los anteriores años como... Normal" (estadística oficial -del M° de Sanidad- para 'Euro-MoMo').



Los contagios con Gripe, otros años, en éste del 'PCR positivo' son...


domingo, 13 de diciembre de 2020

SIN ESPERANZA, CON CONVENCIMIENTO: análoga...mente (a como medio siglo haría)...

    


Para que yo me llame un tal González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo:

hombres de todo mar y toda tierra,

fértiles vientres de mujer, y cuerpos

y más cuerpos, fundiéndose incesantes

en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron

con su cambiante luz, su vario cielo,

el viaje milenario de mi carne

trepando por los siglos y los huesos.

De su pasaje lento y doloroso

de su huida hasta el fin, sobreviviendo

naufragios, aferrándose

al último suspiro de los muertos,

yo no soy más que el resultado, el fruto,

lo que queda, podrido, entre los restos;

esto que veis aquí,

tan sólo esto:

un escombro tenaz, que se resiste

a su ruina, que lucha contra el viento,

que avanza por caminos que no llevan

a ningún sitio. El éxito

de todos los fracasos. La enloquecida

fuerza del desaliento...


(ÁNGEL GONZÁLEZ, en "Áspero mundo", de 1956)