sábado, 23 de mayo de 2026

Hay que asumirlo: por ruido mediático-social pensar o debatir autónomo, realmente, acaba

  
¡Nunca se habría creído concebible asistir a estos actuales grados del nada intolerante conformismo pastueño (cuando no aquiescente apoyo febril entre las urnas... o hasta solícitas obediencias ante convocarse para los aplausos coreografiados desde balcones) rendido por un máximo común de nuestras conciudadanías frente a sus acosos con los "tocomochos" de inéditos abusos corruptos flagrantemente ilegítimos e incluso fallados oficialmente "inconstitucionales"...!   
 
  
Por desolador que pueda parecernos reconocer las cosas tal como se presentaron a la vista de tod@s, ningún consuelo verdadero mejor tendríamos cesando del querer afrontarlas con rigor desapasionado sin tapujos, ante cualquier subjetivo interés partidista o "fidelizable"

Pese a las [cada vez menos] excepciones, lo impuesto para tendencia única desde cierto Mercad[e]o hegemónico ahora sobre todas nuestras vidas van siendo "virales" voces clónicas (con supuesta "Información" dictada, o/y "decretada" incluso) que cual -indudables mentes- "correctas" nos facilitan -"gratis total", como un distópico "soma" del Futur[ism]o...- mediante metástasis incontrolable de las app[licacione]s desarrolladas con inconfesos ánimos hacia lucros...
   
        
Inútil resultaría ya, pues, aquello clásico -recomendado- del "pararnos a distinguir las voces... de los ecos" [irreflexivos y por tanto menos auténticos aun cuando siempre muchísimo más consignables -muy fácil mente...- por quienes "campana oyen pero sin saber nunca bien" el cómo ni dónde]...

E inaplicables hoy también ya se creerían asimismo múltiples conceptos heredados de longeva tradición como suponerse al ser humano un "animal racional" con "inteligencia emocional sentiente" -o capaz del ejercitar "libre albedrío, consciente, personal"- para tomar sus decisiones "razonando mediante discernir lógico propio", es decir, "tanto responsab[ilizab]le... cuanto persuadible y educable" en la práctica dialógica social comunicativa...  
 
   
A estas alturas en definitiva "lo más vendido" como relevante se define por esos "nichos, redes o cadenas" donde cada cual admite "una sumisión voluntaria" de sus identidades hasta el extremo del "orgullo" colectivizable.  
     
Y estando así, ¿para -o/y por- qué seguir procurando pensar, como si fuera luego factible compartirlo intercambiando las opiniones con que pudiéremos llegar a unos mejores grados de convencimiento enriquecido tras del discutirse?
 
 
Quizás tan sólo nos quedase aquella pulsión antigua tan reiterada de quienes concluyeron sus argumentaciones contra vientos y mareas -o sea, "¡sin la esperanza, mas con el convencimiento!"- firmando indefectiblemente, por fin, al amparo del simple mantra "dixit et salvavit anima meam"...

O algo más prosaicamente: acaso seamos un tantico como El loco Mateo, insigne analfabeto gaditano del siglo XIX notorio por sus coplas flamencos, que se andaba en cantar "voy tirando piedras por la calle y a los que dé me perdonen, primo, que tengo la cabecita loca de tantas cavilaciones"... E igualmente [por si no hubiera quedado ya bien claro...]: "yo quisiera de momento volverme loco y no sentir pues el sentir causa penas, ¡tantas que no tienen fin!, y un loco vive sin ellas..."
 
  
Aunque la inmensa mayoría no suele problematizarse porque desea tener claro cómo "a lo loco, a loco, se vive mejor...". Esto es, las recetas infalibles que aplicar recomienda su 'gramática parda' coinciden unánimes con alguna misma dirección: "si discutes opiniones queda clara la mejor, sólo puede convencer lo que diga el director"; "si quieres vivir feliz como me dices, no analices nunca, no analices""en asunto de criterio no cabe la discusión, siempre lleva su razón quien está en el ministerio"...   

Mas no se suponga que todo esto exclusivamente corresponde a espíritus poco avisados. En su célebre 'Alicia a través del espejo', Lewis Carroll lo ha sintetizado a la perfección: "La cuestión -insistió Alicia- es si puede hacerse que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.—No; la cuestión -zanjó Humpty Dumpty- sólo es saber quién manda..., y eso es todo".
  

"Al dotarnos de mayores capacidades, la IA podría funcionar de manera muy diferente a, por ejemplo, la precedente automatización, cuyo principal objetivo era reemplazar a los trabajadores de la cadena de montaje o en tareas de ventas y administrativas. Pero la preocupación, por supuesto, es que haga mucho más, resultando consecuencias inciertas. Por ahora, elegir y formular las preguntas de una investigación es nuestra prerrogativa, como básica fuente de ventajas competitivas. Mas en algún momento, me imagino sintiendo más la tentación del pedirle a una IA que genere también su pregunta por sí misma. De hecho, las herramientas que utilizamos ya nos están sugiriendo hacerlo. recomendando finalmente al acabar una labor otras vías de análisis fructífero que se podrían explorar.

La IA sustituye al pensamiento de maneras más sutiles. Ya está influyendo en formas de interpretar la investigación existente. No sólo resume lo que hay publicado, sino que además indica cuanto se relaciona con la investigación afín a un trabajo y cómo debería abordarla. Establece conexiones entre diferentes partes de la literatura que no se nos habían ocurrido. Y ahí reside su mayor peligro. Cuando permitimos que la IA piense por nosotros, cruzamos un umbral importante. Nuestra capacidad colectiva de pensar se degrada, igual que nuestros incentivos para ejercitarnos en ello... 

En un interesante artículo reciente, Daron Acemoglu, Dingwen Kong y Asuman Ozdaglar del MIT formalizan una intuición sobre cómo esta descarga cognitiva puede producir resultado catastrófico. Se preguntan qué sucede cuando los modelos de IA se vuelven muy buenos proporcionando el tipo de conocimiento específico del contexto que puede ayudar a las personas a realizar las tareas específicas en las que andan involucradas. Dichos resultados permitirían a las personas obtener mejor resultado, incluso con menos aprendizaje. Pero aquí surge un problema, pues el conocimiento tiene una importante externalidad. 

Al pensar en cómo resolver mi problema, también contribuyo al acervo general de conocimiento sobre cómo pueden otros resolver los suyos. Cuando invierto menos en mi propio aprendizaje, el acervo general de conocimiento se resiente. O, en el peor de los casos, un conocimiento general desaparece por completo. Es cierto que, por ahora, esto se ve sólo una posibilidad teórica, y dependiendo de lo que se suponga sobre la intensidad de los efectos contrapuestos, también podrían obtenerse aún mejores resultados. Sin embargo el peligro es real. Si permitimos que "aprenda" y "piense" la IA por nosotros, devaluamos nuestras propias capacidades humanas y corremos riesgo del destruir, a la larga, bases de conocimientos en las que se sustenta esa propia IA.

Para abordar estas cuestiones, será necesario desarrollar normas sociales y profesionales sobre un uso adecuado de la IA... Y una condición necesaria para tal solución es una nueva forma de concebir la IA. El debate público, ante todo, precisa de algún enfoque diferente. La pregunta que ya debemos plantearnos no es qué hará la IA, sino qué queremos nosotros que nos haga." 

 
  
«Más médicos fuman Camel que cualquier otro cigarrillo». Es 1946 y un señor con bata blanca y bigote responsable te mira desde la página de la revista. Hacia los años 1950, una embarazada radiante levantaba su jarra de Guinness: cerveza le sentará de maravilla a su bebé y a usted. En otra página, un crío de sólo 3 años con chupete ríe junto a un botellín rebajado con agua de vino tinto, porque fortifica la sangre. En misma revista, unos años antes, el jarabe del prestigioso grupo farmacéutico Bayer recomendó heroína para la tos infantil –«calma sin sedar»–. Hoy nos parecen postales de un planeta marciano. Reímos con la superioridad cómoda del que se cree a salvo.

Estropear la comodidad es tan sencillo como preguntar: ¿de qué nos reiremos dentro de otros 40 años? Hagamos memoria, que es ejercicio cada vez más raro. Cuando yo era un crío, hacer un trabajo de clase significaba bajar a la biblioteca, abrir la enciclopedia –Espasa, Larousse, Salvat– y pelearse con un índice de dos kilos. Después llegó internet y abrimos la Wikipedia, y los profesores nos miraban como si hubiéramos copiado de la chuleta de un compañero más listo. Eso, decían, no es fuente fiable: la Wikipedia, ese chiste.

No estaban del todo equivocados, porque toda fuente puede manipularse y conviene contrastar. Lo que ninguno preveía es que un día echaríamos de menos aquella Wikipedia denostada, donde al menos había un autor humano, una cita, una página de discusión, alguien que había peleado por la verdad de cada coma. Hoy la Wikipedia parece la Enciclopedia Británica al lado de un resultado de Google. Y un resultado de Google parece la Wikipedia al lado de la respuesta que arroja una IA en cuatro líneas mal escritas, sin firma, sin fuente y sin posibilidad de réplica. Hemos descendido tres peldaños y nos han convencido de que volamos.

Los niños de hace 10 años buscaban en internet. Los de hoy no abren la calculadora. Para qué, si tienen el oráculo. Para qué dividir, multiplicar, conjugar, recordar. Para qué pensar. Y no son solo los niños. Abogados que firman escritos con jurisprudencia inventada, médicos que se apoyan en diagnósticos automáticos, periodistas que entregan a las cuatro de la mañana columnas que nadie ha pensado. Una entera sociedad abdicando del esfuerzo a cambio de dulzura inmediata por atajo.

Y mientras tanto, la IA. Todo es IA. El móvil trae un botón para la IA. WhatsApp tiene un 'widget' flotante de IA. Facebook sugiere conversaciones con IA. Word redacta por nosotros, el correo responde por nosotros, la nevera –dicen– pronto pedirá la cena por nosotros. Cualquier día nos pedirá la opinión por nosotros, y aplaudiremos. Hemos dejado de preguntarnos qué es... Y eso, en cualquier sociedad mínimamente adulta, debería encender todas las alarmas.

Porque, ¿qué es la IA? Un pozo sin fondo de extracción del yo. Cada consulta, cada duda, cada pregunta íntima que tecleamos a las tres de la madrugada se convierte en mineral para refinar el modelo. Una disolución del individuo en la nube, al servicio de cuatro empresas californianas que no responden ante nadie. Sus consejeros delegados juran hoy ante el Congreso de los EE.UU. lo mismo que juraban hace treinta años los presidentes de Philip Morris: que su producto es seguro, que ellos son los primeros interesados en regularlo, que confiemos.

Pero hay algo peor, y es la otra mitad de la transacción: lo que nos llevamos a casa a cambio. Nos llevamos atrofia: pérdida de la inteligencia básica, esa que se construye lentamente cargando peso (memorizar capitales, resolver una raíz cuadrada, escribir un párrafo desde cero, leer un libro hasta el final, sostener un argumento sin ayuda externa, aburrirse 15 minutos en silencio). 

Nos llevamos así una dimisión del pensamiento crítico, el músculo más caro de mantener y el primero que se pierde cuando se delega.

Y los niños, de nuevo, los niños. Que así aprenderán a no aprender, pues tendrán todas las respuestas y ninguna pregunta. Que crecerán convencidos de que pensar es para listos y de que ellos "no necesitan" serlo, "porque tienen alguna aplicación que lo hace por ellos": he visto a un niño de 9 años quedarse paralizado ante un 7 por 8 porque la 'tablet' estaba sin batería; he visto a una adolescente preguntarle a un 'chatbot' por la noche qué debía sentir ante la muerte de su abuelo; he visto a un universitario entregar un trabajo escrito íntegramente por la máquina y defenderlo, ofendido, porque él había escrito el 'prompt'.

Hablar de regular un mercado produce urticaria. Lo sé. Soy el primero al que le sale el sarpullido. Pero ni el más liberal de los liberales defiende ya que pueda venderse tabaco a un niño de 12 años, ni cerveza a una embarazada, ni cocaína al portador. Esa pelea la dimos hace décadas, con esfuerzo, con tiempo y con muertos, y la ganamos a pesar de las tabacaleras, que durante 40 años contrataron médicos a sueldo, financiaron estudios, sembraron dudas científicas y compraron parlamentarios. Las grandes tecnológicas hoy hacen exactamente lo mismo, con manuales más sofisticados, los mismos despachos de relaciones públicas y los mismos discursos sobre la libertad del consumidor adulto.

La pelea por las redes sociales en la infancia la estamos empezando ahora, con el mismo desfase de medio siglo. Y solo ha costado unos cuantos cientos de suicidios adolescentes y 300.000 casos de ciberacoso al año. Una nadería estadística. Un peaje razonable, dirán los algoritmos cuando aprendan a hablar como ejecutivos. Cuánto tardaremos en darnos cuenta del coste del engañIAbobos –porque ese es su nombre verdadero, y lo será siempre– y cuánto daño habrá hecho mientras tardamos en verlo, es la pregunta que nadie quiere formular.

Pero alguien tendrá. Antes de que nuestros nietos vean nuestras fotos felices, abrazados a un asistente virtual, y se rían como nos reímos hoy del médico que recomendaba Camel. Con la diferencia, escalofriante, de que entonces solo se nos iba el pulmón. Esta vez se nos va la cabeza."

 


miércoles, 6 de mayo de 2026

¿Sigue siendo realmente [aún...] España, donde 'Nadie responde por Nada', Estado de Derecho?

    

Adriana Lastra, JL Ábalos, Paco Salazar, Begoña Gómez, Hernanz Costa, Santos Cerdán y... Pedro Sánchez, en imagen de campaña para 'las Primarias' del 2017
  
Aquí el Poder Público nunca contesta, nunca se corrige y rara vez rinde cuentas a los españoles: se comporta sólo como 'Autoridades', ¡no como 'Servidor@s Públic@s'...!

Lo acaba de sintetizar, Carlos Conde Solares en 'El Español', y muy clara mente como en sus anteriores manifestaciones: 
"España encabeza, con diferencia y de forma absolutamente desproporcionada con respecto a su población, el número de peticiones presentadas ante las instituciones europeas por vulneraciones al Estado de Derecho percibidas; los datos del Parlamento Europeo son demoledores. Los ciudadanos españoles presentan hasta 5 veces más protestas que los franceses, 3 veces más que los italianos y aún muchas más que los alemanes, que nos doblan en población.
Las quejas están denunciando todo tipo de abusos por parte de un poder público no ya distante, sino directamente inalcanzable.
En España se vulneran, de manera cotidiana, los derechos lingüísticos consagrados en la Constitución y ratificados por los tribunales, mientras instituciones presumen de tal desacatoTenemos hasta ciertas estructuras fundamentales del Estado que operan al margen de resoluciones firmes del mismo Tribunal Supremo.
Pero no es que seamos ninguna raza dada especialmente a las quejas o a la exageración. En general, el español suele ser estoico, senequista y católico (se conforma con poco). Ni tampoco es que creamos, como el Ortega y Gasset más acomplejado, que sea el problema España con Europa como solución... La realidad es bastante peor: los españoles acudimos directamente a Europa no porque sigamos siendo los entusiastas europeístas de los años 1990... sino porque en la propia España, aquí ya, "no hay nadie al teléfono".

El poder público nunca contesta; nunca se corrige; rara vez nos rinde cuentas. Y si lo hace, se le adivina esa displicencia de quien aún autoridad, antes que servidor público, se consideraEn primera persona lo comprobé durante mi etapa al frente de esa quijotada académica y patriótica que viene siendo el 'Foro de Profesores': escribir a las instituciones españolas para defender lo obvio era, sencillamente, perder el tiempo. Redactamos cartas, elaboramos informes de expertos, enviamos solicitudes formales firmadas por cientos y recibimos siempre como respuesta "el silencio de Dios".
No ese silencio que invite a las íntimas reflexiones, como ejercicio de la esperanza y la fe, sino aquel otro silencio de quienes a ciudadan@s miran por encima del hombro burocrático e insalvable. Como mayor concesión, coincidiendo casi siempre con procesos electorales, se nos remitió alguna respuesta formalmente cordial alegando problemas crónicos e irresolubles de agenda; ni mañana, ni la semana, ni el mes, ni el año, ni el siglo que vienen: nunca.
Ni una interlocución ni responsabilidad o consecuencia; silencio. Sólo el ruido lejano de una pesada maquinaria y alguna música de ascensor: "Su llamada es importante para nosotros". En dicho contexto, pasar directamente a Europa es un salto lógico. Nosotros mismos terminamos haciéndolo: las instituciones europeas siempre respondían, aunque fuera para remitirnos a la soberanía española de vuelta.  


En alguna ocasión, los ayudantes de algún Comisario llegaron a dejarnos entrever su simpatía por las causas propias de la "sociedad civil" que se le planteaban desde España. Lo hacían con ese cuidadoso lenguaje bruselense que a nada les compromete pero sirve, cuando menos, para escuchado sí sentirte. Hay alguien allá en Bélgica que sabe de tus plegarias.
Se acude, por fin, a Bruselas como quien recurre desesperado a un último árbitro neutral, sabiendo a ciencia cierta ya cómo los partidos domésticos están muy bien amañados por el estructural Negreirato de la política patria.
¿Desde cuándo aceptamos que el poder, cuya legitimidad emana del ciudadano, se permita ignorar a los depositarios de su autoridad? En España, el problema de fondo no es tanto el abuso como su falta de consecuencias: desde aquel inspector de Hacienda que pierde un juicio en el Supremo pero no tiene que devolver el bonus que cobró por arruinar a unos ciudadanos, hasta el club de fútbol que le pagó al vicepresidente arbitral durante décadas y sigue compitiendo como si nada.
Nadie responde, nadie corrige, nadie paga. Y dad las gracias, por cierto, a quien, siendo "la mujer más poderosa de la historia...", se rebaja a volver al pueblo para tratar con "cazurros" (¡como acaban de comunicarnos!)... Si esa es la actitud del poder español, ¿cómo no vamos a ir a Europa?
En estas condiciones, el ciudadano deja de ser sujeto de derechos y ya no espera justicia. Se resigna, simplemente, a que le dejen vivir medio en paz, querencia natural del español. En anterior artículo [del 19 de Marzo pasado] se analizó {*} el estímulo de los incentivos perversos: expedientes con sanciones y castigos incentivados van conformando un Estado punitivo que se ceba en el débil porque sabe que puede ignorar sus lamentos, por legítimos que sean.
Ese modelo se sostiene sobre la impunidad funcional de quien lo ejerce sin consecuencias, negándote el saludo y la palabra mientras te obliga al cumplir con "tus deberes" a ti. En España ya, el poder aspira abiertamente a actuar sin controles efectivos. Europa funciona como válvula de escape, aunque nos recuerda, como aquellas campañas de Tráfico, que "no podemos conducir por ti".
Mas no es que sea Europa más eficaz, más justa o más democrática: esa ilusión también se nos esfumó. Es que, al menos, Europa conserva las formas y usos que se obvian ya en España. Con Europa existe la posibilidad, por remota que sea, de que alguien escuche o examine y conteste... aunque sea para sólo recordar que no pueden salvarnos de nosotros mismos.
Lo preocupante, entonces, no es que haya muchas quejas (esto esperanzador es, de hecho). Lo peor es cómo somos un país en donde sistemáticamente se necesita el acudir a instancias exteriores por paliar y validar nuestras propias disfunciones.
  

Se trata de un problema que va más allá de lo político adentrándose hasta en lo cultural. Las democracias no suelen desaparecer de golpe, sino que se limitan a desplazar progresivamente los mecanismos de poder hacia espacios donde ya no es necesario justificar, explicar ni rectificar.
El fin de la historia no era la democracia liberal, sino este lugar donde los Decretos dejan de ser una excepción para convertírsenos en herramienta cotidiana; y donde ya no hacen falta Presupuestos para gobernar a pierna suelta. Donde algunos, en definitiva, pueden hacer de su capa un sayo sin rendir cuentas ante la ciudadanía."
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"Pedro Sánchez quiere encontrar un filón movilizador en su enfrentamiento, esencialmente retórico, con Donald Trump en torno a las bases militares, la guerra en Irán y el gasto en defensa. Sánchez y Trump representan dos perfiles aparentemente antagónicos, pero comparten algo más profundo: una intuición similar sobre el ejercicio del poder en democracias desgastadas.
Esta coincidencia se entiende mejor a la luz de una historia recogida hace unos días por The Guardian: la de Karen Newton, turista británica de 65 años con visado y sin antecedentes penales, que pasó seis semanas retenida en un centro de detención del temido 'Immigration and Customs Enforcement' (ICE) de los Estados Unidos.
 
Junto a su marido Bill, de 66 años, estaba cumpliendo el sueño de recorrer la costa oeste americana, desde California hasta Canadá. Al intentar cruzar la frontera, un problema con los papeles del coche les obligó a regresar a territorio estadounidense: para entonces, el visado de Bill había caducado. Sin haber cometido otra infracción, ni en este viaje ni durante el resto de sus vidas, a los recién jubilados les esperaban 6 semanas durmiendo en el suelo de un calabozo, esposados y encadenados. 
Durante ese tiempo, según su relato, los guardias les explicaron que los agentes de ICE recibían sustanciales premios económicos por cada persona detenida. Aunque el ICE niega oficialmente que sus agentes reciban un bonus directo e individual por cada arresto, parece evidente por su desempeño que sus prioridades poco tienen que ver con la amabilidad en el trato al ciudadano.
Lo más interesante de esta historia es el mecanismo de incentivo. En España conocemos de primera mano los rigores de una burocracia coercitiva que recibe premios por sancionar a ciudadanos inermes. Se trata de una forma de poder más eficaz y discreta que el autoritarismo clásico: llamémosle Estado Punitivo Incentivado.
Para alcanzar tal mutación, los gobiernos no necesitan aparatosos decretos, ni siquiera reformas constitucionales. Se imponen con la fuerza de los hechos, engrasados por la discreta alteración de premios, castigos e intereses. Cuando una carrera profesional depende de cuántos expedientes se abren, de cuántas sanciones se imponen o de cuántos incautos se detienen, el aparato del Estado empieza a responder a estímulos creados por objetivos cuantitativos. Alimentado además por algoritmos, y por la vigilancia incansable de la IA, se vuelca naturalmente en las presas más fáciles, con lógica depredadora.

Por esas gateras se cuelan cada vez más monstruos. Así, en la Agencia Tributaria llevan décadas funcionando bonificaciones vinculadas a procedimientos abiertos y dinero recaudado. El resultado lo conocen miles de pequeños empresarios, autónomos y trabajadores, generalmente humildes: incautaciones preventivas, procesos interminables, arbitrarios, kafkianos, imposibles. Estamos ante una relación profundamente asimétrica entre administración y administrado.
Mientras este deterioro se va produciendo, las instituciones democráticas siguen aparentemente intactas: mal que bien, tribunales y agencias gubernamentales continúan ejerciendo sus funciones. Las democracias no necesitan, al menos de momento, encarcelar disidentes y cerrar periódicos para imponer la disciplina mediante el miedo. Pero en la práctica se va envenenando la relación entre el ciudadano y la autoridad. Este fenómeno recuerda a lo que el jurista alemán Ernst Fraenkel llamó un "Estado dual", bajo el que conviven un Estado normativo y otro discrecional.
En el primero, las normas siguen en vigor, las instituciones funcionan, y la ley prevalece. En el segundo, el gobierno se reserva el ejercicio arbitrario del poder sin contrapesos democráticos, bien mediante la captura partidista de estos mecanismos (un bien transferible entre administraciones cuando hay cambios de gobierno), bien mediante usos de incentivos perversosEspaña ofrece, día a día, inquietantes ejemplos de tales dinámicas.
Hace unos días hemos visto cómo la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), que venía funcionando de forma ejemplar, ha sido la última víctima de una depredación voraz que comenzó por el CIS, siguió por la Fiscalía, y amenaza con extenderse por toda la administración. La presidenta saliente, Cristina Herrero, mantuvo un perfil rigurosamente técnico, emitiendo informes incómodos para el ejecutivo. La sustituye, como se temía, una alta funcionaria del propio Ministerio de Hacienda que, según diversas informaciones, habría afirmado en reuniones internas que "en caso de duda vale la opinión del Ministerio".
Entre sus funciones, por cierto, estará la de evaluar, de manera "independiente", su propio trabajo en torno a la fiscalidad a la carta para Cataluña. La institución permanece como sombra platónica de la idea inicial. Tampoco conviene suprimir los organismos independientes: es mejor convertirlos en agencias de colocación de entusiastas y obedientes.
Esta deriva no es exclusiva de una ideología, sino que va permeando la práctica totalidad de las democracias otrora liberales. Se ve tanto en gobiernos de derecha estatista e identitaria que hacen bandera de la antiinmigración como en los epígonos del progresismo de principios de siglo, entre los que sobrevive el anacrónico Gobierno español, apoyado en todo tipo de fuerzas disgregadoras e igual de obscenamente identitarias. Gobiernos de distinto pelaje practican una forma de control expansivo que no depende tanto de las leyes y las mayorías como de los hechos consumados mediante incentivos y desincentivos. Proceden además al sometimiento estratégico de las instituciones, cuando no a su vaciado.
Cuando se premian comportamientos hostiles al ciudadano de a pie, el Estado discrecional se expande mientras mengua el normativo. La democracia decae. El poder real va abandonando su vocación de servicio para servirse solo a sí mismo. Es la lógica del Estado dual: aunque la ley siga existiendo, el poder está aprendiendo a esquivarla o desvirtuarla. La Constitución y la Justicia sobreviven, sobre todo porque legitiman, pero cada vez tienen menos poder para evitar que un ciudadano inocente termine esposado y encadenado en una celda."



Y  'CERO'  A  LA  IZQUIERDA ...