«Hay otros mundos, pero están en este»
[Por ejemplo: la ecolocalización (no sólo en las especies de murciélagos o delfines, también...) humana es una capacidad de seres humanos, infrecuentemente desarrollada, para detectar objetos en su entorno distinguiendo ecos de los mismos al provocar sonidos activamente (golpeando sus bastones, zapateando ligeramente con el pie, chasqueando dedos o haciendo los chasquidos con la boca). Personas entrenadas para orientarse mediante ecolocalización pueden interpretar las ondas sonoras reflejadas por los objetos cercanos, identificando con precisión su tamaño y ubicación.
El término "ecolocalización" fue acuñado por el zoólogo Donald Griffin en 1944; sin embargo, los informes de humanos ciegos capaces de localizar objetos silenciosos se remontan a 1749. En épocas anteriores, la ecolocalización humana a veces se describía como "visión facial" o "sentido de obstáculos" al creerse que la proximidad a objetos cercanos provocaba cambios de presión en la piel. Sólo en la década de 1940 una serie de experimentos realizados en el Laboratorio de Psicología de Cornell demostraron cómo el sonido y la sensible audición, más que cambios de presión sobre la piel, eran lo que impulsaban esta capacidad...]
[La Tierra está repleta de sonidos, vibraciones, imágenes, texturas, campos eléctricos o magnéticos, olores y sabores. Pero cada individuo está encerrado dentro de su burbuja sensorial, propia y única, sólo percibiendo una pequeña porción de la inmensidad que contiene nuestro planeta. Y ahora disponemos {¡gracias al doctor Félix Alonso Navas!} de un buen Texto, publicado por el divulgador científico Ed Yong, que nos abre las puertas a dimensiones hasta ahora insondables: nuestro mundo tal como lo perciben otros animales.
Encontraremos escarabajos que se sienten atraídos por el fuego; tortugas que pueden rastrear los campos magnéticos de la Tierra; peces que llenan los ríos con mensajes eléctricos; humanos que tienen sonares al igual que los murciélagos; y plantas que vibran con las canciones inaudibles de cortejo de los insectos. Aprenderemos qué ven las abejas en las flores, qué escuchan los pájaros en sus melodías y qué huelen los perros en la calle. Leeremos las historias de los descubrimientos fundamentales del área y anticiparemos qué misterios quedan aún sin resolver.
Con este 'La inmensidad del mundo', se nos lleva más allá de los confines alcanzables desde nuestros sentidos, dándonos la posibilidad del percibir los olores, ondas electromagnéticas y pulsos de presión que nos rodean. Porque para entender nuestro mundo no necesitamos viajar a otros lugares, sino ver a través de otros ojos: "Una cornucopia de maravillas... Un recordatorio fascinante sobre que gran parte de lo acontecido entre tantas formas vivas en la Tierra está más allá de nuestro conocimiento"]
Introducción
EL ÚNICO VIAJE AUTÉNTICO
Imaginemos un elefante metido dentro de cualquier habitación; y no nos referimos al 'asunto de gran peso' del dicho inglés, sino a un auténtico mamífero con su gran peso. Imaginemos que la sala es lo suficientemente amplia como para que nos quepa el elefante: digamos que sea el gimnasio de un colegio. Ahora imaginemos cómo en el espacio también se ha colado un ratón. Y que, con él, entró un petirrojo dando saltitos. Hay un búho posado en una viga. Del techo cuelga, boca abajo, un murciélago. Por el suelo se desliza una serpiente de cascabel; una araña ha tejido su tela en un rincón. Un mosquito atraviesa el aire zumbando. Un abejorro se posa sobre el girasol que hay en una maceta. Y por último, en el medio de tal espacio hipotético y cada vez más abarrotado, añadimos a una humana. La llamaremos Rebecca. No tiene problemas de visión, es curiosa y, por suerte, está encantada con los animales. No nos preocupemos ahora por cómo se ha metido en esta situación. Tampoco por qué hacen todos esos animales en un gimnasio. Pensemos sólo en cómo se perciben mutuamente Rebecca y el resto de integrantes en la casa de fieras.
El elefante levanta la trompa como un periscopio, la serpiente de cascabel saca la lengua y el mosquito corta el aire con sus antenas. Los tres están olisqueando el espacio que los rodea, absorbiendo los aromas que flotan en él. El elefante no huele nada de interés. La serpiente detecta el rastro del ratón y ensortija su cuerpo para emboscarlo. El mosquito huele dióxido de carbono del aliento de Rebecca y el seductor aroma de su piel. Aterriza en su brazo, dispuesto a darse un festín, pero antes de que le dé tiempo a picar la mujer lo espanta... y el manotazo ha perturbado al ratón, que alarmado chilla, en un tono por el murciélago bien oído aun cuando demasiado alto para que lo perciba el elefante. Mientras, el paquidermo lanza profundo un ruido sordo como de trueno, demasiado grave para los oídos del ratón o del murciélago, pero por la serpiente de cascabel percibida gracias a su vientre sensible ante las vibraciones. Rebecca, que no se ha enterado ni del chillido ultrasónico del ratón ni del infrasónico bramido del elefante, sí escuchó al petirrojo que canta en frecuencias más adecuadas para sus oídos. Y sin embargo, estos son demasiado lentos para percibir toda la complejidad por el pájaro escondida en su melodía.
A Rebecca el pecho del ave le parece rojo, pero no así al elefante, cuyos ojos deben limitarse a los tonos azules y amarillos. El abejorro tampoco puede ver el rojo, pero sí es sensible a los tonos ultravioletas que se hallan en el opuesto lado del arcoíris. El girasol en donde aquél se ha posado tiene por su centro una diana ultravioleta que atrae atención tanto del ave como de la abeja. Para la mujer, que cree que la flor es simplemente amarilla, la diana es invisible. Su vista es la más aguda del gimnasio y, a diferencia del elefante o de la abeja, es capaz de ver la arañita que descansa en su tela... pero apenas ve nada cuando se apagan las luces.
Inmersa en la oscuridad, Rebecca avanza despacio, tanteando con sus brazos estirados en la esperanza de palpar los obstáculos que haya en su camino. El ratón hace tres cuartos de lo mismo, pero con los bigotes que tiene por el morro y que menea hacia delante y atrás varias veces al segundo рага сrеаr un mapa de su entorno. Cuando pasa correteando entre los pies de la mujer, sus pasos son demasiado tenues para que los oiga ella, pero le resultan claramente audibles al búho que se sitúa posado sobre sus cabezas. El disco de plumas rígidas de la cabeza del ave canaliza el sonido hacia sus sensibles oídos, uno de los cuales está un poco más alto que su par. Y gracias a tal asimetría, el búho es capaz de localizar con precisión el origen del correteo del ratón, tanto en un plano vertical como por el horizontal.
La rapaz se lanza hacia el ratón justo cuando el pobre roedor se pone a tiro de la serpiente de cascabel, que lo aguarda. Por medio de las dos fosas que tiene en el morro, la serpiente es capaz de percibir la radiación infrarroja que emana de los objetos calientes. A todos los efectos, «ve en calor», y el cuerpo del ratón brilla como un faro. La serpiente ataca... y choca con el búho.
Todo esto le pasa desapercibido a la araña, que apenas oye ni ve a todos los participantes de la escena. Su mundo se define casi por completo por las vibraciones que le llegan a través de su tela: una trampa artesanal que actúa como extensión de sus sentidos. Cuando el mosquito se choca con sedosas hebras, su acechante araña detecta las vibraciones delatoras de la presa que se debate y lanza el ataque mortal. Pero lo que no sabe es que justo en ese preciso momento unas ondas sonoras de alta frecuencia rebotan contra su cuerpo para regresar a la criatura que las emite, un murciélago: su sónar es exacto, tanto que no sólo es capaz de localizar a tal araña en la oscuridad, sino que la ubica con precisión suficiente como para poder ser arrancada por el quiróptero de su tela.
Mientras el murciélago se alimenta, el petirrojo nota una familiar atracción que la mayoría de los demás animales no percibe: los días empiezan a refrescar y ha llegado la hora de migrar al sur, donde más cálido es el tiempo. Incluso dentro de un gimnasio cerrado, el ave detecta los campos magnéticos de la tierra y guiado por su brújula interna, se dirige hacia el sur escapando por una ventana. Deja detrás un elefante, un murciélago, un abejorro, una serpiente de cascabel, un búho algo despeinado, un ratón con muchísima suerte y a Rebecca.
Estas siete criaturas comparten el mismo espacio, pero cada cual lo experimenta de una forma fascinante y tremendamente distinta. Eso mismo se puede aplicar a los millones de especies animales y los incontables individuos de las mismas: cada cual es capaz de percibir sólo una pequeña fracción de la realidad total. Cada uno de ellos está encerrado en su particular burbuja sensorial y no recibe más que una mínima porción de un mundo inmenso.
Existe una palabra maravillosa que nombra esta burbuja sensorial: Umwelt. Fue Jakob von Uexküll, el zoólogo bálticogermano, quien la definió y popularizó en 1909. Procede del término alemán que se usa para entorno, pero Uexküll no lo empleó para referirse a lo que rodea al animal: Umwelt es, más específicamente, la parte del entorno que cada ser animal es capaz de percibir y experimentar. Es el mundo que puede conocer. Al igual que los ocupantes de nuestra sala imaginaria, una multitud de criaturas podrían ocupar el mismo espacio físico y tener Umwelten diferentes por completo. A la caza de sangre del mamífero, unas garrapatas buscan olor a ácido butírico que de la piel emana, calor corporal y el tacto del pelaje. Estas tres cosas constituyen su propio Umwelt. Los verdes árboles, las rosas rojas, los cielos azules y las blancas nubes no son parte de su mundo maravilloso. No es que la garrapata los ignore a propósito, es que ni siquiera es capaz de percibirlos y no sabe que existen.
Uexküll comparaba el cuerpo de un animal con una casa. «Cada casa tiene un número de ventanas -escribió- que dan a un jardín: una ventana para la luz, otra para el sonido, otra olfativa, otra para el gusto y un gran número de ventanas táctiles. La perspectiva del jardín visto desde la casa cambia en función del cómo se haya construido cada una de tales ventanas, pero de ninguna manera parece una parte de un mundo más grande. No: es el único mundo que pertenece a la casa, es su Umwelt. El jardín que aparece ante nuestros ojos es fundamental-mente distinto del que se presenta para los habitantes de la casa». En aquella época, ésta era una idea radical... y todavía lo es en determinados círculos. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Uexküll planteó no ver los animales como meras máquinas, sino como entidades conscientes con mundos interiores que no sólo existían, sino eran dignos de ser explorados.
Tampoco encumbraba los mundos interiores de los seres humanos por encima de los de las demás especies. Al contrario: trataba el concepto de Umwelt como una fuerza que unificaba y unía. Aunque la casa humana sea más grande que la de la garrapata y tenga más ventanas con vistas a un jardín más amplio, seguimos atrapados dentro mirando hacia fuera. Nuestro Umwelt también es limitado, sólo que a nosotros no nos lo parece. Desde nuestra perspectiva lo abarca todo. No conocemos otra cosa y por eso nos resulta tan fácil caer en el error de pensar que no hay nada más por conocer. Pero se trata de una ilusión que compartimos todos los animales, además.
Incluso cuando los animales comparten los mismos sentidos que nosotros, sus Umwelten pueden ser muy distintos. Hay animales capaces de oír sonidos en lo que a nosotros nos parece un silencio total, de ver colores donde para los humanos tan sólo hay oscuridad, y sentir vibraciones en lo que percibimos como quietud absoluta. Existen animales con ojos en los genitales, oídos en las rodillas, narices en las extremidades y la piel cubierta de lenguas. Las estrellas de mar ven con la punta de los brazos, y los erizos de mar, con todo el cuerpo. El topo de nariz estrellada tantea el terreno con la nariz y el manatí hace lo mismo con los labios. Nosotros tampoco somos unos zoquetes sensoriales. Nuestro oído no está mal, desde luego es mucho mejor que el de los millones de insectos que son totalmente sordos. La agudeza de nuestros ojos, capaces de discernir dibujos en los cuerpos de otros animales que ellos mismos no ven, es infrecuente. Cada especie tiene sus propias restricciones y libertad; por ese motivo éste no es un libro de listas, como aquellos que ofrecen una clasificación infantil de los animales en función de sus agudezas en sentidos y los valoran sólo cuando sus capacidades superan las nuestras. Este libro no se centra en la superioridad, sino en la diversidad.
Este libro también trata como animales a los animales. A veces la ciencia estudia sentidos de otros animales con la intención de poder entendernos mejor a los humanos, utilizando criaturas excepcionales como los peces eléctricos, los murciélagos y los búhos cual «organismos modelo» para explorar el funcionamiento de nuestro propio sistema sensorial. En otras ocasiones se hace ingeniería inversa a partir de sentidos animales para crear nuevas tecnologías: las langostas han inspirado los telescopios espaciales, los oídos de una mosca parásita han influido en los audífonos y los sonares militares se han perfeccionado mediante trabajo con los delfines. Todas estas motivaciones son legítimas, pero a mi no me interesan. Los animales no son meros sustitutos de seres humanos ni combustible para 'tormentas de ideas': tienen su propio valor. Aquí exploraremos sus sentidos para entender mejor sus propias vidas. «Se mueven completos y acabados, dotados de ampliaciones sensoriales que nosotros jamás tuvimos o hemos perdido. Viven siguiendo voces que jamás escucharemos», escribió el naturalista estadounidense Henry Beston. «No son nuestros iguales ni nuestros inferiores: son otras naciones atrapadas con nosotros en la red de la vida y el tiempo, compañeros de la prisión ardua y esplendorosa de la Tierra.»
En nuestro viaje contaremos con algunos términos que nos servirán de baliza. Para percibir el mundo, los animales detectan estímulos (cantidades como luz, sonido o sustancias químicas) y los transforman en señales eléctricas que viajan hasta el cerebro por medio de las neuronas. Las células responsables del detectar esos estímulos se llaman receptores: los fotorreceptores detectan la luz, los quimiorreceptores moléculas y los mecanorreceptores la presión o el movimiento. Estas células suelen concentrarse en los órganos sensoriales, como los ojos, la nariz y las orejas o los oídos. Y los órganos sensoriales, junto con las neuronas que transmiten sus señales a las partes del cerebro que procesan esas señales, reciben el nombre colectivo de sistemas sensoriales. El sistema visual, por ejemplo, consta de los ojos, los fotorreceptores que contienen, el nervio óptico y el córtex visual del cerebro. Juntas, estas estructuras nos proporcionan a la mayoría de nosotros el sentido de la vista.
El párrafo anterior podría haberlo sacado de un libro de texto de secundaria. Pero tomémonos un momento para reflexionar sobre el milagro que describe. La luz no es más que radiación electromagnética. El sonido sólo es ondas de presión. Los olores están sólo compuestos de pequeñas moléculas. No es evidente que deberíamos ser capaces de detectar ninguna de todas esas cosas y mucho menos convertirlas en señales eléctricas ni derivar de ahí señales del espectáculo de un amanecer, el sonido de una voz o el aroma del pan recién horneado. Los sonidos transforman el flujo caótico del mundo en percepciones y experiencias, en cosas a las que podemos reaccionar y respecto de las cuales podemos actuar. Permiten que la biología domestique la física: transforman los estímulos en información. Extraen relevancia de la arbitrariedad y tejen un tapiz con sentido a partir de una mezcolanza de hilos. Conectan a los animales con su entorno y entre sí por medio de gestos, exhibiciones, llamadas, expresiones y corrientes.
Los sentidos constriñen las vidas animales, restringen lo que capaz es de hacer y detectar una especie pero también definen su futuro con las posibilidades evolutivas que tiene ante sí. Por ejemplo, hace unos 400 millones de años, unos peces empezaron a salir del agua y adaptarse a la vida en la tierra. A cielo abierto... aquellos pioneros, nuestros ancestros, podían ver a distancias mucho mayores que bajo el agua.
El neurocientífico Malcolm Maclver es de la opinión del que dicho cambio espoleó la evolución y avanzó varias capacidades mentales, como... la planificación y el pensamiento estratégicos. En lugar de limitarse a reaccionar a lo que tenían justo delante, podían ser proactivos. La posibilidad de ver a lo lejos les permitía pensar con tiempo. Al ampliarse sus Umwelten, también se expandieron sus mentes.
Sin embargo, el Umwelt no puede ampliarse de forma indefinida... Los sentidos se cobran siempre un precio. Los animales tienen que mantener las neuronas de sus sistemas sensoriales en perpetuo estado de alerta para que se puedan activar cuando sea necesario. Este es un trabajo agotador, como tensar un arco y mantenerlo así para estar dispuesto a disparar cuando se presente su momento. El sistema visual supone un monumental gasto de reservas incluso cuando tenemos los párpados cerrados. Y por eso ningún animal puede sentir todo bien.
Y tampoco es que fuesen a querer. El flujo de sus estímulos, al ser una mayoría de todos ellos irrelevantes, se les haría demasiado abrumador. Los sentidos, que han evolucionado en función de las necesidades de su propietario, filtran lo que les resulta superfluo entre una infinidad de otros estímulos y capturando las señales de alimentos, amenazas, aliados, parejas o refugio. Son como eficientes asistentes personales que sólo hacen llegar al cerebro la información más importante. Cuando escribía sobre la garrapata, Uexküll se dio cuenta del cómo el complejo mundo que nos rodea queda constreñido y transformado en una estrucтига empobrecida de tan solo tres estímulos. «Sin embargo, la pobreza de tal entorno es necesaria para garantizar acción certera, una certeza que resulta más importante que la complejidad». Nada es capaz de sentirlo todo y a nada le hace falta todo. Por eso existen los Umwelten. Y por eso también el acto de contemplar el Umwelt de cualquier otra criatura es tan esencialmente humano y de una profundidad absoluta. Nuestros sentidos filtran lo que necesitamos. Después, todo el resto lo aprendemos por elección.
Los sentidos de los animales han fascinado a los seres humanos durante milenios, pero aún quedan abundantes misterios. Muchos de los animales cuyos Umwelten difieren más de los nuestros viven en hábitats inaccesibles o impenetrables: ríos de aguas turbias, cuevas oscuras, aguas oceánicas abiertas, profundidades abisales y reinos subterráneos. Es difícil de observar su comportamiento natural; no digamos ya interpretarlo. A menudo, la ciencia se ve limitada al estudiar sólo criaturas que se pueden mantener en cautividad, con todas las anomalías que conlleva eso. Trabajar con animales es problemático incluso en el laboratorio. Diseñar experimentos que podrían desvelar cómo usan sus sentidos es difícil, sobre todo cuando son éstos drásticamente distintos de los nuestros.
Constantemente se descubren datos nuevos y, a veces, incluso sentidos que no se conocían. Las gigantescas ballenas tienen un sensor del tamaño de una pelota de vóley en la punta de la mandíbula inferior, que no se descubrió hasta 2012 y cuya función todavía no se ha determinado. Algunas de las historias que contienen estas páginas tienen décadas o siglos, otras se han conocido mientras las escribía. Y hay todavía muchísimas cosas que no sabemos explicar. «Mi padre, que es físico atómico, una vez me hizo un montón de preguntas' -me cuenta el biólogo Sonke Johnsen-. 'Y tras de unos cuantos "No lo se", me dijo: "Es que no tenéis ni idea de nada"...» En 2017, e inspirado por esta conversación, Johnsen publicó un artículo titulado "We Don't Really Know Anything. Do We? Open Questions in Sensory Biology (No tenemos ni idea de nada, ¿verdad? Preguntas abiertas en la biología sensorial)".
Analicemos la aparentemente sencilla pregunta: "¿Cuántos sentidos hay?" Hace unos 2.370 años, Aristóteles escribió ya que había sólo cinco, tanto en los seres humanos como en otros animales: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Y esa lista ha pervivido hasta hoy. Pero según la filósofa Hona Macpherson, h@y razones para ponerla muy en duda. Para empezar, a Aristóteles se le pasaron algunos de los sentidos humanos: la propiocepción (es decir, una percepción del propio cuerpo, que no supone lo mismo que el tacto) y la equilibriocepción (sentido del equilibrio, que se relaciona con tanto el tacto como la visión). Aunque ya sabemos que tampoco serían esos los únicos...
Otros animales tienen sentidos cuya categorización es incluso más difícil. Muchos Entre los vertebrados (es decir, dotados de columna vertebral) muchos animales tienen un segundo sistema sensorial redundante para detectar olores, regido por una estructura llamada órgano vomeronasal: ¿esto forma parte del sentido principal del olfato o es algo aparte? Las serpientes de cascabel son capaces de detectar el calor corporal de sus presas, pero sus sensores de calor están conectados al centro visual del cerebro: ¿su percepción de la temperatura es simplemente parte de su visión o algo diferente? El pico del ornitorrinco está lleno de sensores que detectan los campos eléctricos, y de otros que son sensibles a la presión: el cerebro de estos monotremas trata este lujo de información de manera distinta o tan solo tiene un único sentido del electrotacto...
Estos ejemplos nos demuestran que «los sentidos no pueden dividirse con claridad a un número limitado de tipos separados», escribió Mapherson en 'The Senses (Los sentidos)'. En lugar de intentar meter los sentidos animales a la fuerza en los cubos aristotélicos, deberíamos estudiarlos tal como son. Aunque he organizado este libro en capítulos que giran alrededor de los estímulos específicos, como la luz o el sonido, lo he hecho sobre todo por comodidad. Cada capítulo es una puerta de entrada a todo un abanico de cosas que hacen los animales con cada uno de estos estímulos. No nos preocuparemos de contabilizar sentidos ni de hablar sobre aquella tontería del "sexto sentido", sino que nos preguntaremos cómo emplean lo suyo los animales e intentaremos adentrarnos en sus Umwelten.
No será fácil. En su ya clásico artículo escrito el año 1974 titulado "¿Qué se siente al ser un murciélago", el filósofo estadounidense Thomas Nagel hablaba del cómo sí tienen otros animales experiencias conscientes también inherentemente subjetivas y difíciles de describir. Los murciélagos, por ejemplo, perciben el mundo a través del sonar y, dado que es un sentido del que carecen la mayoría de los seres humanos, "no hay motivo para suponer que sea subjetivamente como nada de lo que podamos experimentar o incluso imaginar", escribió Nagel. Podríamos imaginarnos con membranas en los brazos o la boca llena de insectos, pero no sería más que una caricatura mental de nosotros mismos como murciélagos. «Quiero saber qué siente un murciélago al ser un murciélago -continúa Nagel-. Pero cuando intento imaginarlo, me veo restringido por los recursos de mi propia mente, que no son adecuados para esa taгеa».
Al pensar en otros animales cargamos con el sesgo de nuestros propios sentidos, sobre todo del de la vista. Nuestra especie y nuestra cultura se basan en la visión hasta tal punto que incluso las personas ciegas de nacimiento describen el mundo mediante palabras y metáforas visuales. Cuando estamos de acuerdo con alguien vemos su punto de vista o compartimos su visión. Cuando no caemos en la cuenta de algo, tenernos un punto ciego. Los futuros auspiciosos son brillantes o resplandecientes, las distopías son oscuras y sombrías. Incluso cuando la ciencia describe sentidos de los que carecemos por completo, como la capacidad para detectar campos eléctricos, se habla de imágenes y sombras. Para nosotros, la lengua es al mismo tiempo una bendición y una carga: nos proporciona las herramientas para describir el Umwelt de otro animal al tiempo que insinúa nuestro propio mundo sensorial en esa misma descripción.
Los expertos en comportamiento animal suelen advertir contra los peligros del antropomorfismo, la tendencia del atribuir erróneamente emociones o capacidades mentales humanas a otros animales. Sin embargo, tal vez la manifestación más común y menos reconocida de antropomorfismo es la tendencia a olvidar los demás Umwelten, al enmarcar las vidas de los animales en función de nuestros sentidos, y no de los suyos. Este sesgo tiene consecuencias. Dañamos a los animales al llenar el mundo con estímulos que abruman o aturden sus sentidos, como las luces costeras, que atraen a las tortugas recién nacidas y las alejan del océano, los ruidos submarinos, que ahogan los cantos de las ballenas, y los paneles de cristal que parecen masas de agua en el sonar de los murciélagos. Malinterpretamos las necesidades de los animales que tenemos más cerca, por ejemplo, al no dejar a los perros, que se orientan por el olor, olisquear sus entornos, imponiéndoles el mundo visual de los humanos. También subestimarnos las capacidades de los animales para nuestro propio detrimento, perdiendo así la oportunidad de comprender la auténtica inmensidad y maravilla de la naturaleza, las delicias que, tal como escribió William Blake, "nos encierran en cinco sentidos".
A lo largo de este libro conoceremos capacidades animales que durante mucho tiempo se han considerado imposibles o absurdas. El zoólogo Donald Griffin, codescubridor del sonar en los murciélagos, escribió que a menudo la biología se ha visto influida por lo que denominó "el filtro de la simplicidad". Es decir, parecía haber cierta reticencia a considerar siquiera que los sentidos que se estudiaban podrían ser más complejos y refinados de lo que sugerían los datos recogidos, fueran cuales fuesen. Este lamento contradice "la navaja de Occam", el principio según el cual la explicación más sencilla suele ser la mejor. Sin embargo, este principio solo es aplicable cuando tienes todos los datos disponibles. Y lo que Griffin quería decir es que tal vez no los tengamos. Las explicaciones de una persona científica sobre otros animales vienen dictadas por los datos que ella misma recoge, que influidos están por las preguntas que se hace, que a su vez guían su imaginación, que delimitada está por sus sentidos: propias fronteras del Umwelt humano opacan los Umwelten ajenos.
Las palabras de Griffin no nos dan carta blanca para sacarnos de la manga explicaciones retorcidas o paranormales respecto a los comportamientos animales. Yo las veo, al igual que aquel artículo de Nagel, como una llamada para la humildad: nos recuerdan cuánto los demás animales son asimismo sofisticados y hasta qué punto, pese a nuestra cacareada inteligencia, nos cuesta un mundo comprender a otras criaturas o resistirnos a la tendencia del contemplar sus sentidos por medio de los nuestros. Podemos estudiar la física del entorno de un animal, observar a qué responde o qué ignora, y dibujar la red de neuronas que conecta sus órganos sensoriales con sus cerebros. Pero los hitos finales del entendimiento, el averiguar qué se siente al ser un murciélago o un elefante o una araña, siempre requerirán lo que la psicóloga Alexandra Horowitz Ilama «un salto imaginativo bien informado».
Muchos biólogos sensoriales tienen formación artística, lo que podría ayudarlos a ver más allá de los mundos de la percepción que automáticamente sus cerebros crean. Sonke Johnsen, por ejemplo, estudió pintura, escultura y danza moderna mucho antes de ponerse a estudiar la visión animal. Según él, para representar el mundo que nos rodea a través del arte es necesario forzar los límites de nuestro Umwelt y "mirar bajo el capó". Esa capacidad le ha ayudado a «pensar que los animales tienen mundos de percepción diferentes». También apunta que muchos biólogos sensoriales entran en la divergencia perceptiva. Sarah Zylinski, que estudia la visión de las sepias y otros cefalópodos, tiene prosopagnosia y no es capaz de reconocer las caras, ni siquiera las más conocidas, como la de su madre. Kentaro Arikawa, estudiando la visión del color en las mariposas, tiene daltonismo tricromático anómalo. Suzanne Amador Kane, quien estudia las señales visuales y vibratorias de los pavos reales, percibe el color de forma algo distinta con cada ojo: uno de ellos le ofrece un tono algo más rojizo. Johnsen sospecha que estas diferencias, que habrá quien califique de «trastornos», predisponen a sus portadores a salir de sus Umwelten y sumergirse por los de otras criaturas. Quizá sea posible que las personas cuya experiencia del mundo se considere atípica tengan tal vez percepción intuitiva sobre los límites de lo típico...
Todo el mundo puede hacerlo. He comenzado este libro pidiendo que imagináramos una estancia llena de animales hipotéticos; y los siguientes trece capítulos pediré esfuerzos de imaginación parecidos a éste. La tarea será difícil, como predijo Nagel, pero el esfuerzo trae consigo gloria y mérito. A lo largo del siguiente viaje por los Umwelten de la naturaleza, la intuición será nuestra mayor carga; y acaso la imaginación podría ser nuestro recurso principal.
A media mañana de un día de junio de 1998, Mike Ryan caminaba por una selva tropical panameña en busca de animales con su antiguo alumno Rex Cocroft. Normalmente, Ryan hubiera estado buscando ranas, pero Cocroft se había encariñado con unos animales llamados 'insectos espino' que se alimentan de savia, y tenía algo muy guay para enseñarle a su amigo. Al salir de su centro de investigación, la pareja abandonó el camino y echó andando a orillas de un río. Una vez que Cocroft localizó el tipo de arbusto que buscaba, le dio la vuelta a unas cuantas hojas y no tardó en encontrar una familia de pequeños 'insectos espino' de la especie Calloconophora pinguis. Habia encontrado una madre rodeada de crías, con sus dorsos negros coronados por una especie de cúpulas inclinadas hacia delante, semejantes al peinado de Elvis Presley.
Los 'insectos espino' se comunican enviando vibraciones a través de las plantas en donde se posaron. Estas vibraciones no son audibles, pero se pueden convertir en sonidos con facilidad. Cocroft fijó un micrófono sencillo a la planta, pasó auriculares a Ryan y le dijo que los escuchase. A continuación le dio la vuelta a su hoja: las crías echaron a correr de inmediato, produciendo vibraciones y contrayendo los músculos del abdomen. «Me imaginé que sonaría como una especie de correteo recuerda Ryan, pero lo que oí fue semejante a mugidos de vacas». Era un sonido profundo, resonante y en nada parecido a lo que se podría esperar de un insecto. A medida que las crías se tranquilizaban y volvían junto a su madre. su cacofonía de mugidos vibratorios se fue transformando en un coro sincronizado.
Sin dejar de mirarlos, Ryan se quitó los auriculares. A su alrededor, los pájaros cantaban, bramaban los monos aulladores y los insectos chirriaban. Los 'insectos espino' guardaban silencio. Volvió a ponerse los auriculares «y me transportaron a un mundo totalmente distinto», me explicó. Los sonidos de la jungla volvieron a desaparecer de su propio Umwelt y regresaron mugidos de los insectos. «Fue una experiencia alucinante, un viaje sensorial: estar en el mismo sitio, pero pudiendo saltar entre dos entornos geniales. Fue una demostración brutal de la idea de Uexküll».
El concepto del Umwelt puede parecer restrictivo porque implica que todas las criaturas estamos atrapadas en la casa de nuestros sentidos, pero para mi, sin embargo la idea es maravillosamente expansiva: lo que nos explica es que no todo es lo que parece, tan solo... y que todo lo que experimentamos no es más que una versión filtrada de todo lo que podríamos vivir. Nos recuerda que hay luz en la oscuridad, ruido en el silencio, riqueza en la nada. Señala los destellos de lo desconocido en lo que nos resulta familiar, de lo extraordinario en lo cotidiano, de la magnificencia en lo mundano. Nos enseña que fijar un micrófono a una planta puede ser un intrépido acto de exploración. Saltar de cierto Umwelt a otro, o al menos intentarlo, es como poner el pie en un planeta alienígena. Uexküll llegó incluso a calificar su trabajo como «viajálogo».
Cuando nos fijamos, con otros animales, nuestro propio mundo se expande o hace más profundo. Al escuchar a los 'insectos espino' nos damos cuenta de que en las plantas resuenan silenciosas canciones vibratorias. Al observar un perro durante un paseo nos damos cuenta de que las ciudades están surcadas por entramados de olores que transmiten las biografías e historias de sus residentes. Al contemplar una foca nadando se entiende cómo el agua está llena de caminos y senderos. «Cuando se observa el comportamiento de un animal a través de la propia lente del mismo, de pronto aparece un montón de información extra que te perderías de no hacerlo -me explica Colleen Reichmuth, una bióloga sensorial que trabaja con focas y leones marino-. Contar con ese conocimiento es como tener una lupa mágica».
Malcolm Maciver sostiene que el aumento del ámbito de visión que obtuvieron los animales al salir del agua para la tierra espoleó la evolución de la planificación y la percepción avanzada: sus Umwelten se ampliaron, al igual que sus mentes. Del mismo modo, el acto de adentrarse en otros Umwelten nos permite desarrollar una visión y un pensamiento más profundos. Esto me recuerda la súplica de Hamlet a Horacio «[...] que en el cielo y la tierra hay más de lo que soñar puedes con tus filosofías»... La cita suele interpretarse como una invitación al aceptar lo sobrenatural, pero yo la veo más bien como una llamada para entender mejor lo natural. Los sentidos que se nos antojan paranormales lo parecen sólo porque nos hallamos muy limitados y, además, dolorosamente ajenos a nuestras limitaciones. Durante mucho tiempo, los filósofos han compadecido a la carpa dorada confinada en su peсerа, desconocedora de lo que hay más allá de ella. Pero nuestros sentidos también crean unas peceras a nuestro alrededor... y no solemos ser capaces de salir de ellas. Pero podemos intentarlo. El género de la ciencia ficción gusta de imaginar universos paralelos y realidades alternativas, donde las cosas se parecen a las de éste, pero son un poco distintas. ¡Eso existe!
Los visitaremos uno por uno, empezando por los sentidos más antiguos y universales: los químicos, como el olfato y el gusto. A partir de ahí, siguiendo una ruta inesperada, visitaremos el reino de la visión: sentido dominante del Umwelt para la mayoría de las personas, pero que todavía nos reserva un sinfín de sorpresas. Nos detendremos a saborear el delicioso mundo del color antes de seguir encaminados hacia los territorios más áridos del dolor y el calor. Navegaremos sin contratiempos por los distintos sentidos mecánicos, como el tacto, la vibración, el oído y el uso más impresionante de la audición: la ecolocación. A continuación, como experimentados viajeros sensoriales cuyas potentes capacidades imaginativas ya están más que preparadas, nos aventuraremos a dar los saltos imaginativos más difíciles hasta el momento mediante otros extraños sentidos que usan los animales -para detectar campos magnéticas y eléctricos- a nosotros vedados. Por último, al final del viaje, veremos de qué modo los animales unifican la información que reciben de sus sentidos; cómo los seres humanos estamos contaminando y distorsionando esa información; y en qué punto están ahora mismo nuestras responsabilidades hacia la naturaleza.
Como dijo el escritor Marcel Proust: «El único viaje auténtico no sería visitar tierras extrañas, sino poseer otros ojos [...] ver los cientos de universos que ve cada uno de ellos». Empecemos.









