martes, 28 de febrero de 2023

¿Está[n] la política [y toda nuestra Casta] plagada[s hoy aquí] por PSICÓPATAS ...?



"La palabra psicópata evoca al instante aterradores personajes literarios, y cinematográficos, como Hannibal Lecter, o famosos asesinos en serie como Charles Manson. Sin embargo, la inmensa mayoría de los psicópatas no mata: son individuos integrados en la sociedad, que suelen pasan desapercibidos. 

No acuden al psiquiatra, ni buscan terapia pues no sufren, ni sienten la necesidad de cambiar su conducta; muy al contrario, se sienten muy satisfechos con su forma de ser. Pero su comportamiento no resulta precisamente inocuo. No solo perjudican a sus allegados; también dañan a toda la comunidad porque muchos de ellos alcanzan puestos de especial relevancia política y social.

La psicopatía es un trastorno de la personalidad, que se manifiesta en diferentes grados o intensidades, con determinados rasgos que se combinan de forma distinta en cada individuo: una enorme autoconfianza e impulsividad, ausencia de empatía, rechazo a asumir responsabilidad y falta de remordimiento, por muy malvados que sean sus actos. Los sujetos carecen de afecto o emoción profunda hacia los demás, mostrando muchos de ellos un desorbitado egocentrismo y cierta tendencia al narcisismo; poseen una enorme facilidad para seducir y manipular con su encanto superficial, su irresistible atractivo y su formidable capacidad para mentir sin inmutarse.

Tras analizar la personalidad de múltiples personajes públicos, e históricos, algunos estudiosos comprobaron que los rasgos psicopáticos se van a encontrar presentes en la clase política con una frecuencia muy superior a la de la población general, algo que muchos ya sospechaban. En 'Would you vote for a psychopath?', Kevin Dutton, del departamento de psicología de Oxford, ofrece una clasificación de los presidentes de los Estados Unidos, y de otros personajes internacionales e históricos, atendiendo a los diversos rasgos psicopáticos. Aunque estos estudios no existen para España, no haría falta rebuscar demasiado para identificar casos que encajan en estos rasgos, especialmente en la alta política.

Atraídos irresistiblemente por la política

Los psicópatas se sienten tan atraídos por la política como las polillas por la luz. Son depredadores sociales con enorme apetito de poder, prestigio o riqueza, que perciben los puestos públicos como un territorio de caza propicio para parasitar a la sociedad. 

 

Conciben la política como un entorno de libre entrada, donde no hace falta valía o conocimiento ninguno que mostrar. Los psicópatas manifiestan todavía más interés por los cargos públicos en aquellos sistemas políticos con ineficaces controles, donde pueden ejercer el poder con muy pocas cortapisas, perpetrar fechorías con gran impunidad y recibir, a cambio de una gestión nefasta y perniciosa, tan solo la adulación y el halago de cierta corte de tiralevitas de la que intentarán rodearse. 

Su incontenible deseo de alcanzar los puestos más elevados de la política constituye una importante autoselección inicialy luego los mecanismos de partido proporcionan el impulso definitivo a los psicópatas pues los criterios para permanecer, y medrar, no son precisamente la excelencia, el mérito, el esfuerzo, la honradez, la generosidad, el altruismo, el patriotismo o los principios sólidos. 

Al contrario, la conducta oportunista, traicionera y conspiradora, propia de estos sujetos, constituye un atributo muy apropiado para salir airosos de las innobles disputas intestinas en los partidos y poder escalar hasta sus puestos más altos. Es frecuente que las personas honradas, cabales, altruistas y bien preparadas acaben abandonando, quedando el partido al albur de la corruptela, la pobreza intelectual y la indignidad.

Al llegar a los gobiernos, los psicópatas tenderán a ejercer el poder con total ausencia de principios, generosidad o visión de futuro, sirviéndose del cargo en lugar de servir al bien común. Sus egoístas fines justificarán siempre cualquier medio, por muy abominable que sea. Carentes de escrúpulos, no asumirán responsabilidad por sus actos y se aliarán con el mismísimo diablo para retener el poder, aunque hubieran jurado no hacerlo nunca.

Al creerse especiales, superiores, despreciarán los controles y contrapesos propios del sistema democrático e intentan soslayarlos cada vez que se presente la oportunidad, retorciendo las reglas del juego a su favor y antojo. Se inclinarán por políticas alejadas de la concordia, tendentes a generar enfrentamientos sociales, siempre que favorezcan sus objetivos electorales.



Y no dimitirán bajo ninguna circunstancia, ni aunque fueran chantajeados por una potencia extranjera con información sensible sobre su persona: mantenerse en el poder estará siempre por encima de la seguridad y el bienestar de la nación.

Aunque un gobierno de psicópatas resulta pernicioso para la sociedad, ciertos autores han intentado introducir matices, considerando que algunos de sus rasgos podrían otorgar determinadas fortalezas para ejercer el liderazgo: la carencia de sentimientos conferiría resistencia a la ansiedad y ausencia de temor a la hora de tomar decisiones difíciles, en situaciones tensas. 

Otros estudiosos discrepan: argumentan que los psicópatas no poseen en realidad estas cualidades, que fácilmente se confunde su naturaleza impulsiva con un carácter resolutivo, su denodado narcisismo con autoconfianza y extremada temeridad con una inexistente valentía. Un buen dirigente político debe ser osado, nunca pusilánime o cobarde; pero para ello no necesita ser psicópata.

La televisión y otros medios audiovisuales

Aunque los rasgos psicopáticos siempre estuvieron muy presentes en los gobiernos, su predominio parece haberse acentuado en las últimas décadas. El ya débil escrutinio que pudo existir en el pasado se ha ido difuminando, probablemente porque la televisión y los medios audiovisuales trajeron consigo una simplificación de la política, reduciéndola a imágenes y consignas, mientras anulaban los conceptos y la capacidad de abstracción del público. 

El foco de atención dejó de ser el carácter de los candidatos, o sus ideas, y se trasladó a la mera imagen, a los aspectos más superficiales de los aspirantes. Los psicópatas cobraron ventaja adicional por desenvolverse magistralmente ante las cámaras, por ser extremadamente capaces de fingir cercanía, carisma y simpatía. Son personajes que manipulan fácilmente la emoción, pero difícilmente resistirían un examen racional, profundo y desapasionado.

    


Uno de los hitos inaugurales de esta nueva era de predominio audiovisual fue el famoso debate de 1960 entre John F. Kennedy Richard Nixon para la presidencia de los Estados Unidos, el primero que se retransmitía masivamente por televisión. Quienes siguieron el debate por la radio dieron por ganador a Nixon; pero los televidentes, cautivados por los aspectos más superficiales de la imagen, se decantaron abrumadoramente por el apuesto y seductor Kennedy. La política había comenzado a cambiar… y no precisamente para bien. Otra señal, en este caso extrema y repugnante, del enorme tirón mediático que pueden alcanzar los psicópatas es la gran cantidad de fans, seguidores y admiradores que han tenido, y siguen teniendo, conocidos asesinos en serie.

James Madison, redactor de la Constitución de los Estados Unidos, señaló en 1788: “El objetivo de cualquier Constitución debe ser, en primer lugar, asegurar que lleguen al gobierno los hombres que posean la mayor sabiduría para discernir el bien común y la mejor virtud para perseguirlo y, en segundo lugar, tomar todas las precauciones posibles para que estos hombres mantengan la virtud tras asumir el cargo”. En los dos siglos transcurridos, los sistemas políticos han abordado, con más o menos éxito, el segundo requisito: la implantación de controles y límites para impedir que el poder se ejerza de manera abusiva, tiránica o despótica. 

Pero han desatendido completamente el primero de ellos: no existen filtros que pongan trabas a indeseables o psicópatas en su camino hacia el poder, ni barreras que dificulten su llegada a los cargos de enorme relevancia y responsabilidad. Resulta llamativo que se requiera un examen para conducir un automóvil… pero ninguna prueba para conducir una nación.

Las políticas incorrectas, erróneas o malintencionadas pueden implicar la ruina de muchas familias, un peligro para las libertades o, incluso, el sacrificio de toda una generación... 

Para las elecciones de este año en España, o en cualquier otro país, es menester reformular la pregunta que abría el artículo de Dutton: '¿Votaría usted a un psicópata?' Solo hay una respuesta correcta: no hacerlo nunca. O, al menos, no volver a hacerlo."

(J. M. Blanco: '¿Está la política plagada de psicópatas?', en vozpopuli.com)

   



domingo, 26 de febrero de 2023

Aquí hoy, 'el día que mató el INSS a mi madre'

 
   
(No se trata en esto ya de cuando cerraron a mis tíos en sus Residencias pero sin atención médica ni otra ninguna imposible por quienes andábamos aún fuera poco antes de confinarnos también para los -"inconstitucionales", según oficialmente se falló luego- Estados de Alarmas del Mando Único... hasta su cremación sin habeas corpus ni autopsias previas...

Ni tampoco hablamos de cuando a mi padre con ya hasta 100 años cumplidos lo llevaron -mientras andaba muy consciente- al Hospital para tenerlo incomunicado durante 36 horas y sin otra cosa que reiteradas pruebas constatando que "no tenía Covid"... hasta dejarnos ir a verlo una vez ya sin vida...) 

"Hoy os quiero hablar de Juani. Tiene 88 años, pero, a pesar de la edad, nadie le llama doña Juana. Todos los que la conocen, mucho o poco, le llaman Juanita o Juani, porque va mejor con su carácter jovial y cercano. A pesar de su débil apariencia, ya que hace unos años su columna dijo hasta aquí y se sometió a una complicada operación, por lo que siempre va desde entonces acompañada de dos muletas, es una mujer muy fuerte, aunque no físicamente.

No ha tenido una vida sencilla. A los 58 años tuvo que enterrar a un hijo. Por estas fechas, ya son dos hijos y su marido los que le faltan. Pero Juani no ha perdido las ganas de vivir, aunque cada vez le cuesta más hacerlo en un mundo que no piensa en ella. Tiene un teléfono móvil, pero, por más que lo ha intentado, no es capaz de usar WhatsApp o la cámara de fotos. Al final, resignada, pero con una sonrisa, te dice: “Si a mí con que me sirva para llamar y que me llamen, me vale”.

Una mañana, Juani fue a su centro médico. Necesitaba que le renovaran las recetas electrónicas para tener sus medicinas. Al llegar y entregar la tarjeta, pidiendo que le atendiera algún médico, la persona de administración le dijo: “No está usted en el sistema... Su ficha no consta aquí y no la podemos atender. ¡Siguiente!”.

Pero Juani no es de rendirse, así que volvió al día siguiente. Dio entonces con un chico muy amable que estuvo buscando y rebuscando en el ordenador, hasta que le dijo: “Es que aquí figura que usted ha fallecido, así que no le puedo pasar con ningún médico”. A Juani le empezaron a temblar las piernas, las muletas ya no eran suficientes para sostenerla. El muchacho, viendo su cara descompuesta, le dijo que volviera por la tarde, que intentaría al menos conseguirle las medicinas, gesto que se agradece mucho más que el de gritarte en la cara “¡Siguiente!”. Por la tarde, Juani regresó y le dieron algunas medicinas, aunque no todas. No doy más datos, solo las gracias, porque no sé si metería al muchacho en problemas.

Y en este punto de la historia, es donde yo entro. Juanita me llama aquella noche llorando:

-No te quiero molestar, que yo no quiero ser un incordio, pero no sé qué hacer, he llamado a muchos sitios, pero no consigo hablar con nadie y en el centro médico no me atienden porque dicen que estoy muerta.

-A ver, cálmate. ¿Qué es eso de que estás muerta? Será algún error del centro médico. Y que tú me llames para lo que sea, viva o muerta y desde el más allá, para lo que necesites, que no quiero que te andes dando palizas ni disgustos tontos. Si para mí no hay nada más importante que encargarme de quien más quiero en el mundo.

Sí, Juani es mi madre. No es un incordio ni cuando me incordia y mi manera de hacer que deje de llorar es hacerla reír. Cuando por fin consigo tranquilizarla, me pongo nerviosa yo. Miro en su cuenta del banco y veo que le han abonado el 30% de su pensión y una semana antes de lo que toca. Lo tengo claro: algún funcionario ha tocado el botón que no era y ha dado a mi madre por fallecida. No va a ser solo algo del centro médico. Le quitan también la pensión.
  
A la mañana siguiente, sin haber dormido, porque yo esto de los nervios no lo gestiono bien, empiezo a movilizarme y a llamar a todo el mundo. Gracias a un buen amigo, (aunque no diré cómo porque no quiero que ninguno de los dos acabemos en la cárcel), consigo confirmar mis sospechas: han dado de baja a mi madre en el Instituto Nacional de la Seguridad Social, por fallecimiento, el día 4 de enero. Comienzo entonces una maratón de búsquedas en Internet y llamadas, intentando conseguir hablar con alguien que me diga cómo arreglar esto: imposible.

Llamé insistentemente a casi una docena de números de teléfono de información del INSS, donde solo conseguí escuchar un contestador, que finalmente te corta la llamada o te dice que llames a otro número. Y así en bucle. En Internet te advierten: no se atiende a nadie sin cita previa. Pero el caso es que el servicio de cita no está operativo, así te lo indican: “no hay citas para toda la provincia”. Si no atienden sin cita y no dan citas, ¿a quién atienden? Tienen capado el sistema de citas y nadie te atiende en ningún teléfono. Ni en los de las oficinas. "¡Ayuso dimisión!" Ah, no, calla, que el INSS es responsabilidad estatal, no de la Comunidad.

Empiezo a pedir citas a diestro y siniestro, de lo que se me ocurre: con un asistente social, con un abogado, con el registro civil para pedir un certificado de fe y vida… Incluso consigo para una oficina del INSS una 'cita', pero en 20 días y a dos horas con coche, en Segovia... ¡Si el presi me dejara su Falcon ese día para llevar a mi madre...!

Y entonces empecé a pensar qué pasaría si mi madre no me tuviera a mí. Que pasará si esto se lo hacen a un anciano que esté solo: le dejan sin medicinas, sin médicos y sin dinero. Y no tiene dónde preguntar por qué. Luego nos llevamos las manos a la cabeza con noticias tipo: “se encontró el cuerpo de un anciano de 90 años en su domicilio, en descomposición…”.
  
Si hay algo que le da dignidad a una sociedad es cómo trata a sus mayores. En las civilizaciones antiguas, los ancianos eran los sabios, a los que se pedía consejo y a quienes se respetaba por encima de todo. Hoy parece que los apartamos a un lado de este mundo que quiere correr tanto, que los deja atrás. Para hacer cualquier gestión necesitas un correo electrónico o te topas con el “hágalo usted desde la aplicación o la web”. Mi madre no sabe ni encender un ordenador. Y tampoco creo que necesite aprender nada a estas alturas de su vida, cuando lo que toca es estar tranquila.

Tras estar sin dormir apenas dos horas desde el martes y viviendo a base de café, sin conseguir cita ni hablar con nadie del INSS, se me hinchan las narices y el viernes cojo a mi madre, el libro de familia, su DNI y nos presentamos en la oficina más cercana a su casa. Allí, una guardia de seguridad me repregunta si tengo cita, a lo que le contesto que no, que no solo es humanamente imposible conseguir una cita, sino que, además, como han dado por fallecida a mi madre, necesitaba que me dijeran ellos en persona si la ven muy muerta. 

Después de hablar con varias personas y muchas esperas, tuve suerte. Porque sí, amigos, esto es la suerte que tengas de con quién topes. Si me lee la señorita María Ángeles, de la oficina de la calle Maldonado 2 de Madrid, le agradezco con todo mi corazón, no solo las gestiones que hizo para solucionarlo todo el mismo día, sino su calidad humana. No es fácil encontrarse con alguien útil... que discuta con sus propios compañeros e incluso que le cueste lágrimas ayudarte, solo por querer hacer las cosas bien y cuanto antes.
 
  
También quiero mandar un afectuoso saludo a quienes estén detrás de la cuenta de Twitter de Atención a la ciudadanía de @inclusiongob, que se tomaron la molestia de interesarse por mi problema, cuando estaba diciendo que tienen las citas capadas y que no dan cita, para decirme que habían hablado con los técnicos del INSS y que "lo mejor que puedo hacer es pedir una cita". Muchísimas gracias. Son ustedes brillantes.

Y, por último, una recomendación al INSS: les sugiero que, con todas las opciones que dan en sus maravillosos contestadores automáticos, (que si llama para el ingreso mínimo vital marque tal, que si llama por prestaciones marque pascual…), agreguen una más: “si llama porque le hemos dado por muerto, pero está usted vivo, marque asterisco”. Porque he comprobado que el asesinato virtual de mi madre no es un caso aislado.

Me han sugerido que denuncie esto y que pida daños y perjuicios. Tras pensarlo mucho, no solo no quiero someter a mi madre a más nervios y desplazamientos, sino que, además, no soy capaz de ponerle precio a las lágrimas de mi madre. Incluso creo que me sentiría ofendida si alguien lo hiciera, fuera la cantidad que fuera. ¿Cuánto dinero vale ver esto... a tu madre llorando, rota y hundida, con casi 90 años? Yo solo quiero que viva tranquila los 237 años que le tienen que quedar por vivir. No me conformo con menos.

Me gustaría que este artículo sirviera no solo para retratar el nefasto funcionamiento de algunas de nuestras administraciones públicas y los abusos que nos están cometiendo con su obligatoriedad de 'la cita previa' en todas las instituciones desde la pandemia, sino también para remover conciencias sobre lo que les estamos haciendo a nuestros mayores: no es de recibo. Y todos, con suerte, seremos viejos algún día."


lunes, 23 de enero de 2023

Recordar al mártir E Lopez Alegría: 1º alcalde votado con el sufragio universal para Badajoz

 
(En este día, 2º 'cabo de año' para su querido sobrino 
carnal y ahijado Francisco González LÓPEZ *, el 
recuerdo en homenaje de ambos)
   

Fco. ELADIO Máximo LÓPEZ ALEGRÍA nació en Cáceres, el año 1881. Eladio López Rubio, su padre, fue abogado y fiscal aparte de un conocido periodista con procedencia por generaciones en la localidad cacereña Garrovillas de Alconétar (siendo a su vez hijo de Bernardo López Nacarino, quien ejerció a mediados del siglo XIX, primero de Secretario del Ayuntamiento y luego desde 1872 como Notario, hasta su jubilación; mientras que otro de sus hijos, el licenciado en derecho Manuel López Rubio, ejercía como Archivero del Ministerio de Justicia)

Su madre, Joaquina Alegría Vicente, procedía de una familia de universitarios libreros, editores, bibliotecarios e impresores en la capital salmantina; tuvo en total 7 hijos, quienes durante la posguerra fueron decisivos protectores del sobrino y periodista salmantino -represaliado, por ser de Izquierda Republicana con el carnet de afiliado nº 12- José Núñez Larraz)... 

En 1883 su padre tomó posesión de su cargo de notario en Badajoz. Eladio estudió derecho en la Universidad de Salamanca. Se casó con Leticia Álvarez, tuvieron 6 hijos aunque 2 de sus hijas murieron muy pequeñas. Uno de los hijos, Eladio, tras haber debido expatriarse para escapar de las depuraciones que acarreaba en posguerra su descendencia fue padre del astronauta hispano-estadounidense Michael (Miguel Eladio) López-Alegría...(quien participó en varios viajes espaciales de la NASA, entre 1995 y 2002, llegando a ser luego comandante de otra expedición a la Plataforma orbital internacional conjunta con Rusia el año 2007). 

López Alegría ejercía como fiscal de la Audiencia de Badajoz, y por los años 20 abandonó la fiscalía por motivos morales, ”mi conciencia: no me permito acusar con arreglo a las leyes injustas que tenemos”. Se dedicó al derecho mercantil y se hizo corredor de comercio. Tenía casi 50 años cuando entró en política activa. En las elecciones de Abril de 1931, concurrió con el Partido Republicano Radical Socialista, del que había sido miembro fundador. Los resultados fueron 10 concejales Republicanos, 10 Socialistas, y 13 monárquicos. Y fue, “por aclamación o unanimidad en votos de los Sres. Concejales", elegido Alcalde-presidente para la corporación municipal de Badajoz. 

Eladio López Alegría era proveniente de familias con larga tradición Republicana (de una saga católica mas ilustrada, con imprenta -'La Moderna'- para Salamanca, editora del periódico 'El Adelanto', por parte materna; e, incluso, desde los tiempos durante la Revolución Gloriosa de 1868, en la paterna), según afirmaba su discurso cuando tomó posesión sobre la Alcaldía de Badajoz: “soy Republicano de toda la vida, por tradición y convicción, y con esta idea moriré”. En Agosto dimitió, pero para seguir fungiendo de concejal hasta su asesinato en 1936. Continuaba compaginando actividades como abogado, corredor de comercio y secretario para la Cámara Urbana. Era Presidente de los Jurados Mixtos de Artes Blancas. Su compromiso con las reformas sociales Republicanas fue claro. Representó a la República que pretendía defender el bien público, utilizando la ley dar respuesta a las justas demandas de los campesinos y trabajadores.

En abril de 1933 fue nombrado presidente de la Junta para la Reforma Agraria en Badajoz, hasta septiembre, mes en que se formó el gobierno derechista. El año 1936, tras un triunfo electoral del Frente Popular, fue nombrado Presidente de los Jurados Mixtos Agrarios (antecedente de las Magistraturas de Trabajo); tal órgano buscaba resolver los conflictos laborales mediante aplicación de las Leyes que a los trabajadores y empresarios les reconocían sus derechos u obligaciones, favoreciendo el acuerdo vinculante entre partes, con garantía de los tribunales y la Ley.

Ni siquiera un mes tras haberse producido el golpe del 18 de Julio durante 1936, las bandas en armas sublevadas (con moros, legionarios, guardia civil más mercenarios africanistas al mando del teniente coronel Yagüe) asediaron y tomaron la ciudad de Badajoz el 14 de Agosto. Empezaba entonces una terrorífica represión, contra todos los Republicanos; muchos compañeros de López Alegría le aconsejaron que se marchara con ellos a un exilio temporal, que para algunos acabó resultando de muchos años, mientras otros murieron en el exilio.

Él no pensó ni por un momento en abandonar su tierra ni su país y, sobre todo, a su familia. Fue leal a sus valores y al compromiso público asumido. “Nada tengo que temer, pues punible nada he cometido”, fueron sus palabras. Y así permaneció en su casa, discretamente oculto por los bajos de la vivienda, donde había un sótano. El 15 de septiembre de 1936 marchó a su despacho de la Cámara Urbana, de donde fue secuestrado violentamente por elementos franquistas; asesinándolo al día siguiente contra la pared exterior del cementerio pacense de San Juan, tristemente famosa. Eladio era de una familia ilustrada, liberal, educada y Republicana; estuvo siempre al lado del pueblo y, por eso, le mataron e intentaron borrar su nombre de la historia.

Después de su inicuo fusilamiento (pese a Expediente oficial sobre incautación de bienes que terminó en fallar "coincidiendo tanto los testigos que han depuesto como los informes facilitados por autoridades y demás organismos preceptivamente obligados a facilitarlos, que no obstante el carácter izquierdista del inculpado, les pareció siempre un hombre digno, de una conducta intachable personalmente…”) fue, además, condenado a una multa de 3.000 pesetas que tuvieron que pagar los allegados "por la Ley de Responsabilidades Políticas" (¡No les era ya suficiente con haberlo asesinado!); y su familia pasó de una muy buena situación tanto económica como social a otro estado en severa precariedad, siéndoles confiscadas casas más cuentas corrientes. 

En 1937, Eladio era expulsado -post mortem- del Colegio de Abogados junto a un grupo de más colegiados: unos hechos presos, otros asesinados, y los demás en fuga (Tan sólo medio siglo después, por una junta general del Colegio de Abogados celebrada el año 1987, se les "rehabilitó" a esos abogados represaliados y expulsados del Colegio desde 1937).

Su nieto, Joaquín Mª Fdez. López-Alegría, relata cómo entre sus objetos personales legados figura un bastón con el lema “República Española. Constitución de 1869. Badajoz 5 de Agosto de 1883”. Pero se sigue olvidando y despreciando a los españoles que cayeron gloriosamente por la España Constitucional defendiendo a la República. Sigue hablándosenos, tan sólo, del 'olvidar y no abrir heridas'. Aunque siempre será el momento de recordar y reconocer a todos aquellos que dieron su vida... para ser después ignorados y difamados por el mismo franquismo que los exterminó.

("RecueRda RepúBlica, Memorial de las Víctimas del franquismo", 11.09.2022)

    Postdata.- 
Por fin en 2016, el Ayuntamiento de Badajoz aprobó dedicar una vía de la ciudad a "Francisco Eladio López Alegría, alcalde durante la II República y el primero elegido democráticamente, que fue asesinado tras el golpe de Estado de 1936".



Familia LÓPEZ ALEGRÍA [de izquierda a derecha]: arriba los hermanos Bernardo, ELADIO y Patrocinio; en medio: la madre, Victorina, con los hermanos Joaquina, Emilia y Joaquín; delante sobrinos Pepe Sena, de Emilia, y Manolo Conde, de Victorina.  

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     Compañeros de Joaquín López Alegría matados, Universidad de Salamanca [2-4.3.03]


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   Unamuno rector y estudiantes contra Dictadura de Primo de Rivera
 

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Joaquín y Bernardo López Alegría, en la Universidad de Berlín cuando comenzaba la 1ª Guerra Mundial [28.8/11.9-1914]

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* Francisco González López era hijo  de 9 -y 1º varón- tenido por Patro -hermana de Eladio- López Alegría con Francisco González Naharro, nacido en Salvatierra de los Barros, fiscal y magistrado del Tribunal Supremo: nació en Badajoz (1-1-1921), fue un ingeniero de Caminos, padre de seis hijos -y hasta bisabuelo- llegando a vivir en buenos estados más de un Siglo; pero finalizó sus días tras una sola última jornada confinado -aunque sin Covid 19...- en las ominosas condiciones hospitalarias debidas a la 'Nueva Normalidad post-pandémica' imposibilitadas de todo contacto exterior o despedidas aquel 23-1-2021; y otros 9 meses antes también acabó -entre aun más crueles 'protocolos': ni 'habeas corpus' para honra fúnebre tan siquiera- su hermano siguiente, único que con él sobrevivía entonces, el jurista José María González López... "SIT EIS TERRA LEVIS..."


domingo, 22 de enero de 2023

Extracto [sobre el recorrido histórico] en "L' HOMME REVOLTÉ", por Albert Camus (3º)

  [continúa tras de la 2ª parte]


III.1.- Los regicidas

Se mató a reyes mucho antes. Pero nunca imaginando que su trono pudiera quedar vacío, al ser derribado el principio de derecho divino. No yerra Michelet: el año 1789 se explica, en efecto, por una lucha entre la gracia y otra justicia. La monarquía del Antiguo Régimen, si bien no era siempre arbitraria con el modo de gobernar, lo era en su principio indiscutiblemente sin apelación por cuanto a la legitimidad: si bien sí se pudo apelar al rey, no cabía recurrir contra él; toda monarquía en su forma teocrática es un gobierno que quiere poner la gracia por encima de cualquier justicia, dejándole siempre últimas palabras. 

Desde cuando el pensamiento libertino puso a Dios en discusión, una justicia que se afirma de igualdad debe asestar un último golpe, directamente contra su representante para lo terrenal: el rey debe morir en nombre del contrato social (por más que Rousseau no lo hubiera querido; al comienzo de su Tratado, dijo «nada merece ser comprado aquí al precio de la sangre humana»).

III.1.1- El nuevo evangelio

El 'Contrato social' es en primer lugar una investigación sobre la legitimidad del poder, pero que llevó a sus límites lógicos la teoría del contrato ya formulada por Hobbes, dándole una mayor exposición dogmática y extensión a esa nueva religión cuyo dios es la razón -confundida con lo natural-; así como haciendo ser ya el representante para la tierra, en vez del rey, al pueblo considerado por su "voluntad general" (¡priorizada, incluso, frente a cualquier otra "voluntad -mayoritaria- de todos" plebiscitable!). Se dedicó a demostrar lo anterior del pacto de los ciudadanos estableciendo el pueblo, al otro entre éste y el rey que funda la realeza, cuando hasta entonces Dios había hecho aquellos reyes que a su vez hacían a los pueblos.  

Asistimos al nacimiento de una mística: «cada uno de nosotros —dice Rousseau— pone su persona en común con todo poder bajo suprema dirección de la voluntad general soberana e infalible [que ahora ocupa el anterior lugar de Dios] y recibimos por cuerpo cada miembro, como parte indivisible del todo». Por esta razón las palabras que se repiten más a menudo en 'El Contrato social' son los términos «absoluto», «sagrado», «inviolable».  

Estamos en los albores de una religión con sus mártires, ascetas y santos. Fauchet, ante los huesos exhumados en la Bastilla, exclamó: «ha llegado el día de la revelación… Los huesos se han levantado al llamado de la libertad (...) profetizan una regeneración de la naturaleza humana y en la vida de las naciones» [Idéntico idilio hay luego  en Rusia: 1905, cuando el Soviet de San Petersburgo desfila con pancartas pidiendo abolición para la pena de muerte, y en 1917]. Pero llega un momento en que la fe, si se hace dogmática, erige sus propios altares y exige adoración incondicional. Entonces reaparecen los cadalsos. La ejecución del rey sacerdote sancionará otra nueva edad, que aún dura.

III.1.2- La condena capital del rey 

Si un contrato, natural o civil, pudiera relacionar aún al rey con su pueblo, existiría obligación mutua; la voluntad del pueblo no podría ser erigida, en absoluto, para pronunciar sentencia. Saint-Just establece como axioma que todo rey sea rebelde o usurpador: «es el crimen», blasfemando, por su misma existencia, contra dicha voluntad omnipotente. No es «ciudadano», única manera de participar en la reciente divinidad. Pero ¿quién interpretará esta voluntad para un juicio? La Asamblea, pues posee su delegación por origen y participa de la siguiente, cual inspirado concilio fundador del nuevo absolutismo.
 
La teocracia fue atacada desde 1789 al principio, y muerta el año 1793 en su encarnación. Tuvo razón Brissot de Warville [líder sobre los girondinos] al decir «el monumento más sólido de nuestra revolución es la filosofía». Ya no hay, por lo tanto, sino una -tan sólo- apariencia de Dios [el de Kant, Fichte y Jacobi] relegado al cielo de los principios.

III.1.3- La religión de la virtud 

1789 no afirma aún divinidad para el hombre, sino del pueblo, en la medida que coincide con Razón y naturaleza [¡siendo también ésta otro principio abstracto!] su voluntad; la cual, si es libre, igualmente ha de ser infalible. Muerto el rey al desatarse las cadenas del viejo despotismo, el pueblo va a poder expresar lo que -desde todos los tiempos, en todo lugar- es, ha sido y será la verdad; es el oráculo al que hay que consultar para saber lo que nos exige un orden eterno del mundo: 'vox populi, vox naturae'; el Ser supremo al que vienen a adorar no es sino el antiguo dios, desencarnado, separado bruscamente de toda relación con la tierra y despedido como un globo al cielo vacío de los grandes principios. Privado de sus representantes, de todo intercesor, el dios de los filósofos o no tiene más valor que el de una demostración. Es muy débil, en verdad, y se comprende cómo para ese adorar por mucho tiempo un teorema, no basta con la fe; además, es necesaria policía
  
  
Después, el arte de gobernar no ha producido sino monstruos. «Nuestros objetivos estriban en crear un orden de cosas tal que sea establecida una inclinación universal hacia el bien (...) El pueblo hace la revolución, el legislador la república. Fuera de las leyes —dice Saint-Just— todo estéril es y muerto está». Como lo había visto Montesquieu, aquel bello edificio no podía prescindir de la virtud. La Revolución francesa, pretendiendo construir historia sobre un principio de absoluta pureza, presenta los tiempos modernos al mismo tiempo que otra era de la -"más fuerte que los tiranos"- moral formal.

Saint-Just clamaba: «¡o las virtudes o el Terror!». La virtud absoluta es imposible, y la república del perdón trae las guillotinas, por una lógica implacable (Montesquieu lo había denunciado ya: esas lógicas de la decadencia en las sociedades, dado que los abusos del poder son mayores cuando ninguna ley prevé tales posibilidades).

III.1.4- El terror 

Saint-Just, sin duda, es el anti Sade. Si la fórmula de su contemporáneo marqués podía ser: «Abrid las cárceles y demostrad vuestra virtud», la del convencional ["Arcángel del Terror"] sería: «Demostrad vuestra virtud o entrad en las prisiones». Ambos legitiman, sin embargo, terrorismos: individual en el libertino y estatal para el sacerdote de la virtud. El bien absoluto o el mal absurdo, si se les añade la lógica que hace falta, exigen un mismo furor. «Los principios deben ser moderados, las leyes implacables, la condena sin remisión». Es el estilo guillotina.  

Saint-Just soñó con la ciudad ideal...  y si las facciones viniesen a entorpecer este sueño, la pasión exageraría su lógica. Proclama entonces el gran principio de las tiranías del siglo XX: «un patriota es quien sostiene ostensiblemente la república en todo; cualquiera que la combata en detalle es un traidor». Quien critica, sospechoso es,  

«Me discuten -exclamó Marat- el título de filántropo: ¡Ah, qué injusticia! ¿Quién no ve cómo quiero cortar unas pocas cabezas para salvar a muchas más?». Pero, haciendo sus últimos cálculos, reclamaba... [273.000] doscientas setenta y tres mil (como delicado ejemplo de filantropía) pidiendo a gritos gritos: «cortadles los pulgares, rajadles la lengua».

Con el discurso en defensa de Robespierre, poco antes de su muerte, Saint-Just reafirma el gran principio de su acción que es el mismo que va a condenarlo: «Yo no soy de ninguna facción, las combatiría todas». Mas he aquí que desespera, sin embargo, puesto que duda del terror mismo. «La revolución está helada, todos los principios se han debilitado; no quedan más que gorros rojos llevados por la intriga. El ejercicio del terror ha embotado al crimen (...) en los tiempos de anarquía».  

Por fin, rechazando el mundo y la realidad ostensiblemente, confiesa que somete su vida a la decisión de los principios; la Asamblea lo condena y, con él, muere tal esperanza de una nueva religión. La bandera roja, símbolo de ley marcial, y por tanto del ejecutivo en el Antiguo Régimen, pasó a ser símbolo revolucionario el 10 de agosto de 1792; un traspaso significativo que se comentó así: «Nosotros, el pueblo, somos el derecho […] No somos rebeldes, la rebelión está en el Palacio de las Tullerías».   

Al desaparecer entonces el Antiguo Régimen en Francia definitivamente, fue aún preciso que se consolidara otro nuevo tras de 1848; y hasta 1914 la historia del siglo XIX lo fue de la restauración de las soberanías populares, contra las monarquías del régimen antiguo, así como del principio de las nacionalidades. Los jacobinos endurecieron los principios morales eternos en la medida misma que quisieron fundamentar la fraternidad sobre un derecho abstracto, sustituyendo los mandamientos divinos con la Ley de la Razón universal, por todos reconocible; pero, como la razón nunca se reconoce, su justificación se pierde: aquel día en que topa con la psicología su ideología, ya no hay poder legítimo. Saint-Just había previsto esta tiranía en nombre del pueblo silencioso. «El crimen diestro se nos erigirá en una especie de religión, y en el arca sagrada entrarán los bribones». Sade o la dictadura, terrorismo individual o el del Estado, ambos justificados por la misma carencia de justificación: es, desde los instantes en que la rebeldía quede escindida de sus raíces y se priva de toda moral concreta, una de las alternativas del siglo XX. 
 
    Arresto de Saint-Just y 'el Incorruptible' Robespierre, por la Comuna de Paris (1794)
  
En cuanto se pongan en duda los principios eternos al mismo tiempo que la virtud formal, estando todo desacreditado, la razón se pondrá en movimiento sin remitirse más que a sus éxitos. Querrá reinar, negando todo lo que ha sido, por afirmación de todo lo que será. Se volverá conquistadora. El comunismo ruso, con su crítica violenta de toda virtud formal, acaba la obra rebelde del siglo XIX negando todo principio superior. A esos regicidas del siglo XIX suceden los deicidas del XX, que van hasta el fin de la [nihilista] lógica rebelde y quieren hacer en la tierra el reino (histórico), donde será el hombre dios. Todo lo que perteneció a Dios, en adelante, será dado al César.
 
III.2.- Los deicidas

El pensamiento alemán del siglo XIX, y particularmente Hegel, quiso continuar la obra de la Revolución francesa -y de la Reforma luterana, "revolución de los alemanes" para el mismo autor- suprimiendo las causas de su fracaso. Observaron, por ejemplo, cómo el lapso de tiempo que pasa entre Augusto y Alejandro Severo (235 d.C.) es el del apogeo de la ciencia del derecho, pero también con la tiranía más implacable. Para superar esta contradicción habría que pretender, pues, una sociedad vivificada por algún principio que no fuese formal y en donde se conciliara la libertad con su necesidad sustituyéndose "razón universal" por "lo universal concreto".

Se puede decir, con seguridad, que Hegel racionalizó hasta lo irracional que se va encarnado en el devenir del mundo. Gran parte de la demostración hegeliana consistió en demostrar cuánto la conciencia moral que obedece a la justicia y a la verdad como si existieran reales fuera del mundo, precisamente, compromete el advenimiento de tales valores.  La acción no era ya más que por un cálculo en función de sus resultados, en vez de los principios. Todas las disciplinas, en el siglo XIX, se desviaron de la fijeza y clasificación que caracterizaban el pensamiento del XVIII. Así como Darwin sustituyó a Linneo, filósofos de lo dialéctico reemplazan a los armoniosos y estériles constructores de la razón. Con Hegel, como filósofo napoleónico, empiezan los tiempos de la eficacia

Toda su obra respira horror a la disidencia: quiso ser el espíritu de la reconciliación. Pero en la medida que -para él- lo real es racional, justifica todas las especulaciones del ideólogo sobre lo real. Su "pan-agonismo" es una justificación del estado de hecho, exaltando también la destrucción en sí misma. Todo se reconcilia y en la dialéctica, sin duda, no podrá establecerse un extremo sin que surja el otro.

Los revolucionarios del siglo XX han guardado de él la visión de una historia sin trascendencia, resumida en impugnación permanente por lucha entre las voluntades de poder. Y bajo su aspecto crítico, una denuncia violenta -tanto en partes fundadas, del comunismo moderno, como más frívolas del fascismo- sobre la hipocresía formal que preside una sociedad burguesa. "Nada es puro": ese grito convulsiona el siglo; y la historia, por tanto, se va a convertir en la regla. Entraremos en mentira o violencia, entonces, como se entra en religión y con el mismo movimiento patético.

Pero la primera crítica fundamental de la buena conciencia, con denuncia del "alma bella" y las actitudes ineficaces, se la debemos a Hegel; para quien aquellas "ideologías de la verdad o lo bello y el bien" son sólo "religiones" de quienes "no las tienen". Frente a Saint-Just, no sólo no le sorprende, antes afirma por el contrario que la facción está en la base del espíritu. Todo el mundo era virtuoso para el jacobino; el movimiento que parte de Hegel, y triunfa hoy en día, supone al contrario que nadie lo es pero todo el mundo lo será. La superación del Terror, por él emprendida, conduce tan sólo a un ensanchamiento del mismo; porque las ideologías contemporáneas, que modifican la faz del mundo, han aprendido de sus lecciones a pensar la historia.

Por más que Nietzsche y Hegel sirvieron de coartadas a los maestros de Dachau y Karaganda, ello no condena toda su filosofía. Pero la 'Fenomenología del espíritu' hegeliana describía una educación de las conciencias, caminando hacia la verdad absoluta. Es como el 'Emilio' rousseauniano, pero metafísico (...)  Esta pedagogía tiene, no obstante, el defecto de presuponer alumnos para su lectura superiores a ella; y se ha tomado al pie de la letra, cuando con ésta sólo quiso anunciárseles el espíritu. Aun cuando sea infinitamente más en Hegel que luego entre los hegelianos de izquierda, quienes finalmente le han vencido, su "dialéctica del señor y el siervo" proporciona la justificación decisiva del espíritu de poder en este siglo. El vencedor tiene siempre razón... (en lenguaje simple: 

      El hombre no es reconocido ni se reconocerá como tal mientras que se limite al subsistir animalmente. Al ser un impulso supremo para todo animal conservar su vida, la conciencia debe alzarse por encima de dicho instinto si quiere recibir el valor humano; siendo capaz de llegar hasta poner la vida en juego, arriesgándose a morir. Cualquier conciencia que, por conservar su vida tan sólo animal, haya renunciado a la independiente, es propia del siervo [esclavo]. Mientras aquella que, reconocida, obtiene su independencia es del señor [amo]. El dilema, pues, para esta fase ya no está entre ser libre o morir; sino en el matar o someterse.

      El señor es reconocido en su autonomía (tanto respecto al siervo cuanto del mundo natural que, con trabajos, aquél le transforma en objetos consumibles para gozo de su afirmación) por una conciencia que, a su vez, él no reconoce como autónoma: no puede, pues, estar satisfecho; y el dominio del señorío es un callejón sin salida. El destino eterno de los señores consiste, así, en vivir desdichados o que los maten. En cambio, el siervo no permanece atado a su condición, quiere cambiarla; puede reeducarse, pues, a diferencia del señor. Lo que se llama historia no representa sino la sucesión de sus largos esfuerzos para conseguir la libertad real: a través de luchas contra los amos y la naturaleza, nuestra historia se identifica, pues, con la del trabajo y su rebelión. 
      Con su descripción de la conciencia infeliz Hegel muestra cómo el siervo cristiano, queriendo negar aquello que lo está oprimiendo, se refugia en el más allá del mundo imponiéndose un nuevo Amo por la persona de Dios (...) también debe ser negado dialécticamente. Simplemente, saltando los escalones intermedios, baste con decir que la síntesis buscada superior -tras haberse ya encarnado antes en Iglesia y Razón...- terminará en el Estado absoluto erigido por soldados obreros: donde se reflejará por fin en sí mismo el espíritu del mundo, con reconocimiento mutuo de cada cual por todos, y la reconciliación de cuanto ha existido bajo el sol. 
      En ese momento, «en que coinciden los ojos del espíritu y los del cuerpo», nuestra ciudad humana coincidirá con la de Dios: la historia universal, el tribunal del mundo, dictará su sentencia en que bien y mal serán justificados; el Estado será Destino y la aprobación de toda realidad, proclamada bajo la claridad, «el día espiritual de la Presencia». El inmoralismo, el materialismo científico y el ateísmo sustituyendo definitivamente al anti-teísmo de los antiguos rebeldes, se han aglutinado bajo la influencia paradójica de Hegel; con un movimiento revolucionario que, hasta él, nunca se había separado realmente de sus orígenes morales evangélicos o idealistas...

Hegel -definitiva mente- destruye toda trascendencia vertical y, sobre todo, la de los principios; he aquí su originalidad indiscutible. Restaura, sin duda, en el devenir del mundo la inmanencia del espíritu. Pero ésta no es fija, ni tiene nada en común con el panteísmo antiguo. El espíritu está, pero no está, en el mundo: se hace, y estará, en él. Hay que obrar y vivir en función del futuro. La supresión de todo valor moral y de los principios, sustituidos por el hecho como rey (provisional, pero real), no ha podido conducir -según se ha visto perfectamente- más que al cinismo político (ya sea en los individuos o, mucho más grave aun, del Estado); con ostensibles abandonos de la virtud.

¿Cómo vivir entonces (...) hasta el fin de los tiempos? La única salida es crear otra regla, con las armas en la mano. Los que han leído a Hegel con su sola y terrible pasión no han retenido realmente más que un (primer) término del dilema: «¡matar o someter!»; es decir, de él han extraído una filosofía del desprecio y la desesperación, juzgándose sólo esclavos: atados por la muerte al Amo absoluto y a los amos terrestres con el látigo. Después de todo, decir que la negación era -en sí misma- un acto positivo justificaba de antemano el grito a proclamar por Bakunin y Netcháiev: «Nuestra misión es destruir, no construir».

Otra clase de tales herederos, leyendo más seriamente, elegirá el segundo término del dilema y pronunciará que un siervo sólo se libera sometiendo a su vez. Las doctrinas post-hegelianas les condujeron al ateísmo absoluto y a materialismos científicos: cuando haya muerto la miseria y se hayan solucionado ya las contradicciones históricas, «verdadero dios, un dios humano será el Estado»; el 'homo homini lupus' entonces se transforma en 'homo homini deus(¡por más que la básica crítica de Kierkegaard, aquí, vale: algo "eternamente histórico" es una contradicción en sus propios términos...!). Este pensamiento se halla en la base del mundo contemporáneo. Por fin, se asiste con Feuerbach (en 'La esencia del cristianismo') al nacimiento de un terrible optimismo que aún vemos obrar hoy día y parece hallarse por las antípodas de la desesperación nihilista. Pero sólo es una apariencia.

El cinismo, divinización de la historia y materia, el terror individual o el crimen de Estado; estas consecuencias desmesuradas van a nacer ahora, armadas de pies a cabeza, desde una equívoca concepción del mundo que remite a la historia sola el cuidado del producir los valores y la verdad. «Si la realidad es inconcebible -exclamaba Hegel- hemos de forjar conceptos inconcebibles (...) Ésta es la verdad que, sin embargo, nos parece el error; pero es verdadera, precisamente porque se da el caso de que es el error. En cuanto a la prueba no soy yo sino la historia, en su final, quien la procurará». Tal pretensión sólo puede acarrear nihilismo.

La 'Fenomenología', biblia que no habría profetizado sino el pasado, ponía un término a los tiempos. En 1807 creyó que, por Napoleón y su programa, la historia estaba terminada; con el nihilismo ya vencido, todos los pecados perdonados y las épocas caducadas. Pero la historia continuaba: los que han optado por matar y quienes lo hacían por someter van a ocupar sucesivamente lugares más preponderantes, en nombre de revueltas desviadas de su veracidad.
 
 

     Georg W. F. Hegel, 1807: "LA FENOMENOLOGÍA DEL ESPÍRITU"