martes, 26 de mayo de 2026

Venezuela no será otro Panamá; pero Trump sí soñaba ser Putin y ni recordó Bahía Cochinos...

 
Lo que imaginaron una 'Crimea, pero al revés', resultaría les termina con otra frustración como la del desembarco [anti-revolucionario] fracasado ya 65 años atrás en Cuba...
 
 
  "El año nuevo comenzó con lo que en un principio parecía ser un golpe fatal para el chavismo, movimiento que lleva un cuarto de siglo gobernando Venezuela y desafiando la supremacía estadounidense en América Latina. El 3 de enero, fuerzas especiales estadounidenses realizaron una incursión relámpago en Caracas, en la que capturaron a Nicolás Maduro, presidente desde 2013, junto con su esposa, y los trasladaron a una cárcel en Brooklyn para enfrentar cargos de tráfico de drogas y otros delitos. Un mensaje de audio, aparentemente grabado pocos días después por Delcy Rodríguez, quien fuera la vicepresidenta de Maduro y quien es ahora la presidenta interina de Venezuela, no tardó en circular entre las bases políticas del chavismo. En él, Rodríguez advertía que se avecinaban decisiones difíciles y que los partidarios “debían actuar con paciencia y prudencia estratégica” para garantizar la supervivencia del movimiento. También afirmaba que, para lograr la liberación de Maduro y la primera dama, preservar la paz y mantener el control de Venezuela, el chavismo tendría que adaptarse.

Desde la adaptación en aquel momento se ha pasado a lo que parece haber sido una serie de cambios devastadores para el movimiento: de posturas abiertamente socialistas, antiimperialistas y orgullosamente soberanas, siempre respaldadas por aliados como China, Rusia e Irán, a la sumisión ante los dictados de Washington.

Para intentar mantener la calma, varios funcionarios han recurrido a las palabras de Vladimir Lenin: Salvo el poder, todo es ilusión. El chavismo, creen, puede sobrevivir incluso si tienen que hacer concesiones sobre los que fuesen los pilares de su credo, entre ellos la propiedad estatal de los recursos naturales, la independencia soberana y un Estado orientado hacia las necesidades de los pobres, sobre todo porque estos principios ya se han visto erosionados durante años de duros conflictos políticos y colapso económico. Pero el consenso dentro del movimiento es que hay un objetivo supera a todos los demás: el imperativo de mantener el control del poder, o de no ser así, la importancia del determinar el ritmo y demás condiciones bajo las cuales éste podría cederse.  

Chavismo después de Chávez.- Según sus partidarios, el movimiento chavista siempre ha sido una especie de camaleón ideológico. Nacido en los cuarteles militares como un movimiento nacionalista y populista, era lo suficientemente flexible como para reunir a sectores tanto de derecha como de izquierda en torno a su fundador, el difunto presidente Hugo Chávez. Pero su naturaleza inclusiva duró poco, ya que el movimiento dio un giro hacia la izquierda radical cuando entró en conflicto con las élites empresariales respaldadas por Washington, especialmente tras del fallido golpe de Estado anti-chavista en 2002. Sin embargo ha adoptado posiciones dispares a lo largo del tiempo, pasando de fe en la elaboración democrática de una constitución a un fervor autoritario que, en su peor momento, resultó en la detención de miles de presos políticos. Por ello, el chavismo se permitía participar en redes de corrupción para beneficiar a aliados empresariales y ciertas potencias extranjeras, mientras que al mismo tiempo se presentaba como defensor de los pobres; también podía diseñar políticas públicas para supuestamente empoderárseles a las comunidades locales, mientras impulsaba un régimen hipercentralista que intentaba cooptar a las bases.
 
  
Aun así, muchos de los seguidores de Chávez creen que, tras su muerte por cáncer en 2013, sus sucesores han ido despojando lenta pero sistemáticamente varios de los principios básicos del movimiento. Los líderes venezolanos argumentaron que los cambios eran necesarios para que el movimiento sobreviviera a conspiraciones internas y externas destinadas a derrocar al gobierno, así como a la “guerra económica” librada por Washington y otros (las primeras sanciones económicas estadounidenses contra Venezuela se impusieron en 2017). Maduro, el sucesor elegido a dedo por Chávez, así como sus aliados cercanos, entre ellos los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, el líder chavista y actual ministro del Interior, Diosdado Cabello, y el ex-ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, demostraron su disposición a un pragmatismo extremo en diversos frentes. De la mano con la creciente persecución a sus críticos, a la que apelaron con más intensidad, esta flexibilidad ideológica les permitió mantener el control político y sofocar el creciente desafío de la oposición. 

Poco después de que Maduro asumiera la presidencia, se desató una oleada de protestas respaldadas por un frente de oposición notablemente fortalecido. A principios de 2014, tras un mes en el que el país se vio sumido en manifestaciones masivas por parte de ambos bandos políticos, Maduro respondió con un uso desmedido de la fuerza estatal, algo poco común hasta ese momento. Las fuerzas de seguridad detuvieron a líderes opositores y asesinaron a manifestantes en una magnitud que superó todo lo visto bajo su predecesor, a pesar de que Chávez nunca dudo en reprimir la disidencia, en especial dentro de las filas militares. Cuando la oposición política ganó el control de la Asamblea Nacional en 2015, en medio de un profundo malestar económico, Maduro debilitó los poderes de la legislatura. Y eventualmente marginó completamente al Congreso mediante la posterior creación de una nueva Asamblea Constituyente totalmente chavista.

Con cada año que pasaba, el aparato represivo de Maduro fue erosionando aún más los derechos humanos, el debido proceso y las garantías legales consagradas en la Constitución de 1999, un texto que fue producto de un proceso controlado minuciosamente por Chávez y dirigido por sus partidarios. La democracia fue otra víctima de la represión. Chávez, sin duda, tenía reservas respecto a la democracia representativa y el sistema de pesos y contrapesos al poder ejecutivo, y en 2006 impulsó una reforma constitucional radical que pretendía crear lo que él denominó democracia participativa y comunitaria (la cual fue rechazada en un plebiscito). Eventualmente, consiguió la aprobación popular de la reelección indefinida a cargos políticos mediante un referéndum en 2009, con que se despejó camino hacia el mandato 3º. En realidad, el difunto presidente prosperó gracias a su carisma, popularidad y reiteradas victorias en las urnas. En contraste, desde el éxito de la oposición en las elecciones legislativas de 2015, Maduro tuvo que inclinar cada vez más la balanza electoral a favor del gobierno, llegando al extremo, en julio de 2024, de proclamarse vencedor a pesar de la abundante evidencia de una derrota del chavismo por contundente mayoría.

Ante el desplome de la economía del país, el gobierno de Maduro derribó las ortodoxas doctrinas fiscales y monetarias chavistas. A partir de 2018, tras alcanzar un pico de hiperinflación, Maduro impulsó una dolarización de facto, eliminó los controles de precios, liberalizó la economía y abrió sectores a la inversión privada, aunque los vínculos entre los organismos estatales y las empresas tendían a ser turbios. Conforme disminuía la intervención estatal, también se redujo el gasto social dirigido a los pobres drásticamente, eliminando una importante fuente de lealtad entre la base social tradicional del chavismo. Ante el colapso económico y la falta de apoyo estatal, algunos de los antiguos bastiones urbanos del movimiento rompieron decisivamente con el chavismo en época electoral, aunque ante la escasez y el hambre se vieron obligados a realizar ocasionales muestras de su lealtad política para obtener los productos básicos, como raciones de alimentos, y evitar la atención de grupos parapoliciales leales, conocidos como “colectivos”. Mientras tanto, las denuncias del gobierno contra el neoliberalismo y la codicia de los ricos dieron paso a la glorificación del espíritu emprendedor y la iniciativa privada por parte de ciertos destacados funcionarios chavistas.
  
 
La captura de Maduro asestó el golpe definitivo a cualquier pretensión de coherencia ideológica. La presidenta interina Rodríguez ha abandonado en la práctica el último principio fundamental que le quedaba al movimiento, al aceptar sin mucha resistencia una relación de subordinación con Washington, dejando de lado así toda apariencia de antiimperialismo. Su cesión del control de recursos naturales del país a EE.UU. es el giro más radical del chavismo quizás, deshaciendo no solo la obra de Chávez, sino también la nacionalización de la industria petrolera venezolana de 1976, que precedió en más de 20 años su llegada al poder.

Informantes chavistas sugieren que los más pragmáticos dentro del régimen han aprovechado la presión externa para realizar cambios que llevaban tiempo contemplando, con la esperanza de impulsar la inversión extranjera en Venezuela y facilitar su reincorporación a los mercados crediticios internacionales. En conversaciones con Washington, el propio Maduro aparentemente había insinuado la posibilidad de abrir contratos petroleros a empresas e inversionistas estadounidenses. Aparentemente también estaba contemplando una reforma de la legislación laboral similar a la propuesta por Rodríguez, e incluso había explorado la idea de una reforma constitucional destinada a diversificar la economía venezolana. Sin embargo, antes de la intervención estadounidense, estas ideas encontraron resistencia interna por parte de facciones aferradas a los vestigios de las políticas estatistas. Es posible que algunos observadores extranjeros se hayan sorprendido por la facilidad con la que el círculo íntimo de Maduro acató los dictados estadounidenses, pero altos funcionarios, entre los que destacan los hermanos Rodríguez, parecen haber aprovechado la oportunidad para deshacerse de dogmas que deseaban dejar atrás hace tiempo. Su objetivo no ha sido solo evitar una separación traumática del poder, sino también obtener el máximo beneficio. Aunque la incursión estadounidense pareciese haber socavado al pilar chavista, pueden haberse abierto puertas a cambio que quizá resulte revitalizador del movimiento.

Mitología del cambio.- La pregunta de si hubo alguna negociación con Washington para entregar a Maduro antes del 3 de enero, o si alguna respuesta armada más activa al ataque estadounidense hubiera sido posible, es prácticamente un tabú en los círculos chavistas. Por otro lado, los partidarios del gobierno parecen dispuestos a ofrecer sus explicaciones sobre lo sucedido tras la incursión, y en particular a justificar los cambios de los últimos meses. 

Un argumento es el de la coacción extranjera. Rodríguez, dicen, negocia con una pistola apuntándole a la cabeza y, por ahora, no tiene más opción que acatar órdenes. La propia presidenta interina ha dicho que solo le dieron minutos para decidir si se alineaba con la Casa Blanca o se enfrentaba a un destino similar al de Maduro. Intentar resistirse, según esta teoría, habría sido a la fija un suicidio político dadas las abismales asimetrías de fuerza entre Venezuela y los ahora tan belicosos EE.UU
 
  
Otros ven a Rodríguez como una astuta negociadora, que logró realinearse hábilmente con las corrientes geopolíticas para mantener al movimiento en el poder. Según algunos defensores de esta teoría, el chavismo tenía preparada una respuesta para este tipo de situación, y Rodríguez simplemente la está ejecutando hábilmente. Se habría evitado un cambio de régimen al tiempo del haberse conseguido gradualmente suspensión o levantamiento de sanciones estadounidenses. “¿Tú no te das cuenta que se trata de un plan?”, dice algún funcionario gubernamental: “Estamos venciendo el plan de la derecha y el de los gringos sin que se den cuenta”. Quienes defienden esta postura creen que "Rodríguez pretende esperar a que termine el mandato del presidente Donald Trump y luego negociar con quien le suceda, presumiblemente en unas condiciones más favorables".

Una tercera justificación se basa en el prolongado estancamiento económico de Venezuela, que, a pesar de uno que otro repunte de crecimiento, parecía en gran medida irremediable bajo Maduro. Este argumento es, en esencia, al que apelan los chavistas más pragmáticos mencionados anteriormente. Ceder el control de los recursos naturales, según esta versión de los hechos, era esencial para que el país retomara el camino de la expansión. Rodríguez podría estar esperando que, con un impulso económico suficiente gracias al control estadounidense sobre las exportaciones de petróleo y otras inversiones, ella pueda ganar unas elecciones competitivas. Chavistas ponen China como ejemplo del país que se ha abierto económicamente y ha cosechado frutos de la inversión extranjera sin dejar de ser aún el Estado unipartidista. Al defender la reforma de la industria petrolera, Jorge Rodríguez recurrió a una famosa frase de Deng Xiaoping que utilizó para justificar las reformas capitalistas: “No importa qué color tenga el gato, siempre que cace ratones”. Aunque cabe añadir cómo Rodríguez atribuyó el refrán a su abuela... 

Equilibrio interno.- En lo que coinciden todas estas narrativas es en la importancia de mantener al chavismo al frente del Estado. El movimiento político que gobierna Venezuela ha demostrado ser experto en prolongar su permanencia en el poder. Parte de esta longevidad ha sido producto de denigrar, dividir y, cuando es necesario, intimidar a sus oponentes. Pero el chavismo también se ha esforzado por mantener un equilibrio interno, lo cual ha sido crucial para su cohesión en momentos de crisis. Rodríguez también parece dominar estas artes, logrando complacer a Trump, presentando a su gobierno como un socio dócil con el que es fácil trabajar, mientras apacigua a importantes figuras del ala más radical del gobierno que podrían oponerse a la cooperación con Washington.

Sin embargo, este delicado equilibrio de poder dentro del movimiento no debe darse por sentado. La familia Rodríguez era solo una de las corrientes rivales, pero el ascenso de Delcy y sus maniobras para asegurarse la lealtad del gabinete han encendido desde entonces los celos y reavivado los rencores. Delcy ha destituido a varios de los más cercanos a Maduro, mientras que ha mantenido a otras figuras consolidadas en puestos de poder, posiblemente por temor a que de otro modo se pudiera generar desestabilidad. Y rumor de purgas, reasignaciones o más destituciones sumarias se propaga sin control por los pasillos oficiales... ya que se han producido cambios importantes, incluido un descabalgamiento del hasta entonces ministro de Defensa, Padrino, quien fue sustituido por Gustavo González López (otro aliado cercano de la presidenta interina como ex-jefe de los servicios de inteligencia y contrainteligencia militar). El poderoso ministro del Interior, Cabello, sigue siendo un posible factor desestabilizador, pero hasta ahora parece haber ligado su destino a la suerte de Delcy; él mantiene un control férreo sobre las partes más críticas del aparato de seguridad, lo que posiblemente llevó a la Presidenta en funciones al concluir que su destitución podía resultar demasiado riesgosa. 
 
 
Una rebelión interna sigue siendo poco probable. La fragmentación del poder y el clientelismo que la acompañó bajo Maduro se traducen en que ninguna de las facciones del chavismo cuentan con el suficiente poder político, las capacidades de movilización ni deseo de competir con la influencia de las demás. Cuando aquellos cercanos al poder han caído en desgracia, la respuesta más común ha sido guardar silencio y rezar por que haya clemencia. Ésta fue la reacción típica entre quienes fueron apartados de sus puestos tras la caída de Tareck El Aissami, quien llegó a controlar la economía y el negocio del petróleo hasta ser destituido de su cargo en marzo de 2023 y arrestado un año después. Un silencio similar ha reinado luego de que Padrino, la figura de más alto perfil reasignada a un cargo de menor importancia durante el mandato de Delcy Rodríguez, perdiera su trabajo.


Pero mientras las figuras emblemáticas y los altos funcionarios del movimiento están ocupados justificando el repentino cambio de doctrina, los partidarios más fieles del chavismo y de su ideología original se encuentran mucho más decepcionados con el tutelaje estadounidense. Sin embargo, su margen de maniobra es limitado: por diseño, no cuentan con un mecanismo para canalizar su descontento hacia una resistencia organizada. Un debate honesto es imposible en las asambleas locales o del partido, por ejemplo. Los activistas chavistas que lo cuentan oscilan entre incredulidad, dudar abiertamente sobre todo lo que hace el gobierno y descontento absoluto porque falta una explicación apropiada de lo ocurrido el 3 de enero con la sumisión ante las órdenes de EE.UU. desde entonces.


En los círculos chavistas, ha podido constatarse que medidas como la liberación de presos políticos, la declaración de una amnistía y permitir más manifestaciones no han sido recibidos como avances positivos, sino signos de debilidad. (Esas mismas decisiones han sido usadas por EE.UU. como prueba de que se avecinan "cambios reales" en Venezuela). Las bases chavistas, que incluyen a algunos de los defensores más acérrimos del movimiento, desconfían de la disposición en el gobierno acatando las exigencias de Washington: el conocido presentador de un programa de entrevistas oficialista, Mario Silva, es uno de los más fuertes críticos. “Pretenden que aceptemos calladitos que el imperialismo destruya 27 años de revolución, como si nada pasase”... Pero si el chavismo decide retomar una postura más beligerante, concentrando sus iras en algún "Enemigo..." exterior o interno que identifique como una amenaza existencial, podría llegar a movilizar a las bases en favor del gobierno.


Líneas rojas.-
Aunque las fronteras ideológicas del chavismo han demostrado ser fluidas desde hace tiempo, sus miembros, en todos los niveles del movimiento, trazan una línea roja clara ante cualquier amenaza a su cohesión interna y a su control del poder. Como ya se ha explicado anteriormente, los altos mandos chavistas aluden a las amenazas muy reales de ser judicializados y perseguidos políticamente en caso de perder el poder como una razón para no ceder ante la oposición. Aun así, el hecho es que el gobierno de Maduro nunca mostró interés alguno en negociar los términos de una hipotética salida (ni el propio Maduro estuvo siquiera cerca de considerar la supuesta oferta estadounidense de un exilio de oro). En definitiva, aferrarse al poder parece haberse convertido en el único objetivo.
   
 

Con la supervivencia como máxima prioridad, funcionarios gubernamentales dicen que su mayor riesgo para el chavismo no es alinearse con EE.UU., y menos bajo la presidencia de Trump, sino el papel que pudiera llegar a desempeñar la líder opositora y premio Nobel María Corina Machado; quien sigue siendo la política más popular de Venezuela según las encuestas, ha dejado claro en repetidas ocasiones su deseo de expulsar al chavismo del poder de manera definitiva. “Lo de EE.UU. se va a resolver. Lo más seguro es que Trump no dure mucho en el poder, o que tenga una derrota en las elecciones de medio término”, se dice, sugiriendo que el gobierno estadounidense eventualmente perderá interés en mantener un control férreo sobre Caracas. “El verdadero problema es María Corina, por ser la candidata de Washington [y continuaría con las políticas de Trump más allá de su mandato]; con Corina sí se terminaría de consumar una subordinación colonial [de Venezuela]”. Según esta línea, la estrategia en el corto plazo del chavismo será evitar convocar nuevas elecciones y, si resulta inevitable, hacer todo lo posible para asegurar su victoria en las urnas, incluso si eso implica prohibir nuevamente la participación de Machado.


Hasta el momento, la ausencia de Maduro ha resultado ser una justificación política y jurídica útil para no celebrar nuevas elecciones. Tan solo unos días después de su captura, el Tribunal Supremo de Venezuela, controlado por el gobierno, determinó que la separación de Maduro representaba una “ausencia forzosa” del cargo y, por lo tanto, no daba lugar a una nueva elección, como habría sido el caso si hubiera fallecido o dimitido. Según esta interpretación, Rodríguez está habilitada para completar el mandato de Maduro, que finaliza en 2030, antes de someterse a unos nuevos comicios. Por ahora, el plan en tres fases para Venezuela del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, también parece destinado a evitar detalles concretos, al citarse únicamente una hipotética fase futura de “transición”.


Los partidarios del chavismo han reiterado que no puede haber elecciones hasta que Maduro sea liberado, y algunos parecen dispuestos a adoptar el modelo chino de liberalización económica sin un cambio político como vía para evitar las urnas. Por ahora, le apuestan a que, mientras EE.UU. se conforme con reformas económicas favorables a la inversión, fácil acceso a los recursos naturales venezolanos y algunas señales de que Caracas está limitando el uso de su aparato represivo, Washington no presiona para que se celebren elecciones. En un movimiento plagado de profundas diferencias internas, el único punto en el que todas las facciones coinciden es la necesidad de mantenerse en el poder. El riesgo de perderlo podría desencadenar conflictos difíciles de contener.


Una transición política negociada que incluya a líderes gubernamentales y simpatizantes podría llevar al movimiento a redefinirse como un partido político similar a otros en América Latina, inspirados en el legado de líderes individuales, como el peronismo en Argentina. Sin embargo, si el régimen es derrocado a la fuerza, el chavismo podría terminar desapareciendo o, por el contrario, retomar su bandera ideológica original de la lucha por la dignidad de los más pobres.

  
  

Conscientes de tal amenaza existencial, Delcy Rodríguez y otros miembros del régimen sortean la tormenta. Caracas sigue dispuesta a ofrecer concesiones para EE.UU. considerando que así pueden apaciguar las facciones de la Casa Blanca inclinadas al presionar por un cambio de régimen. En última instancia, el gobierno espera que permanecer en el poder hasta 2030 le permita obtener una victoria electoral limpia. Pero si estas concesiones amenazan su permanencia en el poder o ponen en peligro a amplios sectores del movimiento chavista, podrían aflorar una infinidad de conflictos internos. Los dogmas del pasado han sido descartados sin mucha consideración. Pero si la supervivencia del movimiento o de sus componentes se ve amenazada, la tentación de tomar medidas drásticas y poner a prueba las líneas rojas de Washington podría intensificarse."


(International Crisis Group, 25-05-2026)

 

  "En el caso venezolano, EEUU ha invocado tres motivos: la droga, la falta de libertades y el petróleo.

El primero, aunque ha servido como coartada jurídica para 'extraer' a Maduro, tendría muy escasos vuelos... De Venezuela procede apenas en torno al 1% de cocaína que a EEUU llega. Y el llamado Cártel de los Soles, según una acusación revisada del Departamento de Justicia que acaba de recoger el NYT , no es 'cártel' real, sino una etiqueta políticamente funcional que, a lo sumo, designa un sistema de corrupción estatal. Útil para la batalla política, pero nada más.

La "defensa de la democracia", que no mencionaron ni Trump ni los tribunales, resulta menos creíble aún. Las vaporosas palabras de Rubio de hace pocos días cumplen todos los requisitos de la racionalización decorativa 'a posteriori'. Mampostería cosmética. La elocuencia de la política exterior es suficiente. Arabia Saudita es el mejor experimento natural para comprobar la arbitrariedad moral –esto es, la amoralidad– que rigen estas invocaciones: no manipula elecciones porque, sencillamente, no existen; el año pasado ejecutó a 345 personas; y su historial en materia de derechos de las mujeres es conocido. Y tan amigos.

Ante estas inconsistencias, algunos concluyen que el verdadero motivo es el petróleo. Hay algo de verdad, pero no toda: el problema no es el petróleo en sí, sino CÓMO SE PAGA. Durante décadas, la facturación del petróleo en dólares garantizó una demanda estable de la divisa. Al tratarse del producto más necesario e insustituible de los que engrasan las sociedades modernas, todos los países –salvo EEUU– necesitaban dólares para mantener su economía; los exportadores de crudo, a su vez, acumulaban esos excedentes y los reciclaban en deuda pública estadounidense. El resultado fue un circuito de retroalimentación tan simple como eficaz: el resto del mundo financiaba el gasto y los déficits norteamericanos mientras aseguraba su propio acceso a la energía. Ese engranaje permitió a EEUU sostener una hegemonía sin competidores posibles y la maravilla de convertir el endeudamiento externo en una fuente de poder antes que de vulnerabilidad. Ante cualquier desequilibrio bastaba con darle a la maquinita, con la tranquilidad de que siempre alguien querría los papelitos verdes. No se trataba de un privilegio posturero, sino de la arquitectura del sistema monetario y geopolítico internacional, apuntalada además por la capacidad de imponer sanciones financieras y por acuerdos de seguridad que blindaban el orden petrolero. Un chollo sin precedentes.
 
  
Ese orden, el nuestro hasta hace poco, tiene un origen preciso. En 1974, tras el colapso de Bretton Woods, EEUU y Arabia Saudita sellaron un acuerdo –impulsado por Kissinger– por el cual el crudo saudí se cotizaría SÓLO en petrodólares a cambio de protección militar y respaldo político. El esquema se extendió después al conjunto de la OPEP. El dólar dejó de estar respaldado por el oro, pero pasó a estarlo por la mercancía estratégica por excelencia: la energía.

Ese mundo ha empezado a cambiar. A medida que grandes economías buscan comerciar energía y materias primas en otras monedas o por sistemas alternativos para su compensación, se erosiona gradualmente el mecanismo que garantizaba la demanda global de dólares. La estrategia de los BRICS apunta en esa dirección: transacciones en monedas locales. No estamos ante un sustituto inmediato del dólar, pero sí ante una fragmentación progresiva que limita su centralidad. Lo que ni se concebía se contempla como posible. Y aquí, ya ven lo que son las cosas, asoma la guerra de Ucrania y del uso masivo de sanciones financieras contra Rusia, que actuaron como una señal de alarma para muchos países: lo que hoy se aplica a un adversario, mañana puede aplicarse a cualquiera. Las barbas del vecino.

El dato verdaderamente inquietante para EEUU es que este proceso ya no afecta solo a países aislados o sancionados: incluso, Arabia Saudita, uno de los pilares históricos del "petrodólar", ha empezado a mover ficha. Fue invitada a los BRICS en 2023 y participa en algunas de sus actividades, aunque su adhesión plena permanece en evaluación; un gesto políticamente significativo. El objetivo de Riad es claro: diversificar alianzas, ganar margen de maniobra internacional y proteger sus principales mercados energéticos, hoy situados en Asia, sobre todo, en China e India. En ese contexto, Saudi Aramco –la empresa estatal que controla la producción y exportación de petróleo saudí– ha comenzado a aceptar pagos en yuanes en algunas ventas a China, algo impensable hace pocos años. Al mismo tiempo, el reino participa en sistemas de pago alternativos como 'mBridge', pensados para realizar transferencias internacionales sin pasar por SWIFT, la red bancaria dominada por EEUU y Europa. No es solo un cambio de moneda, sino la CREACIÓN DE VÍAS FINANCIERAS PARALELAS que reducen la capacidad de Washington para vigilar, bloquear o sancionar el comercio internacional. Por ahora, el uso del yuan funciona como un 'circuito cerrado': sirve para liquidar comercio bilateral con China, mientras el dólar sigue siendo la principal moneda de reserva saudí. Pero el precedente inquieta.

El mayor exportador mundial de petróleo muestra, por primera vez desde 1974, apertura a otra moneda para el comercio energético de forma sostenida; aunque, de momento, minoritaria. La regla de oro del petrodólar contempla excepciones. Más allá de la retórica política, se trata de una apuesta explícita, aunque gradual, por la desdolarización en el sector que históricamente fue el sostén del orden monetario estadounidense. El temor que suscita este proceso no es el colapso inmediato del dólar, sino algo más prosaico y más grave: la erosión lenta de las condiciones excepcionales que permitían a EEUU financiar gratis sus déficits crónicos.
  
 
Y es en este contexto por donde adquiere Venezuela relevancias. No por la droga –cuyo peso real es marginal– ni por un súbito escrúpulo democrático de Washington, que convive sin mayores remilgos con regímenes bastante menos presentables (y alguno de ellos, dicho sea de paso, anfitrión de finales futbolísticas españolas). La clave es otra. Venezuela importa porque posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y... porque desde 2017 ha intentado ya VENDER CRUDO EN YUANES, EUROS Y RUBLOS, esquivando tanto sanciones estadounidenses como el sistema SWIFT. Al mismo tiempo, ha solicitado su incorporación a los BRICS y ha profundizado acuerdos energéticos con China y Rusia, que participan directamente en su producción petrolera.

El 'problema Venezuela' no es moral ni policial; es, en sentido literal, energético y geopolítico. Cuando el petróleo deja de exigir dólares de manera automática –y hasta Arabia Saudita explora alternativas–, el llamado «privilegio exorbitante» deja de parecer natural y comienza a revelarse como lo que siempre fue: un equilibrio político-económico contingente. El mundo del petrodólar ya no es un destino inexorable. Eso es, ¡y para nada las tribulaciones internas de Venezuela, que sólo importan a quienes afectan!, lo que realmente está en juego.

A otros que tuvieron ocurrencias parecidas ya les avisaron en su día. Vaya si les avisaron: a IRAK, cuando en 2000 decidió facturar su petróleo en euros y recibió la visita educativa de 2003; LIBIA, que entre 2009 y 2011 soñaba con un dinar de oro panafricano respaldado en sus reservas auríferas, también tuvo su propia lección de realismo político en 2011. Avisados estamos. Fuerte y claro. Con Trump no hacen falta finos hermeneutas. Ha hablado sin rodeos: 'oil, oil, oil'...

(Félix Ovejero: DE QUÉ HABLAMOS CUANDO SE TRATA DE VENEZUELA
 
  "Con su operación en Venezuela, Trump invitó abiertamente a la República Popular de China al invadir Taiwán, a la vez que justifica la invasión de Ucrania por parte de Rusia. También ha sentado las bases para más acciones militares ilegales de Estados Unidos en América Latina y otras partes. Si el mundo quiere evitar el amanecer de una nueva era hobbesiana en las relaciones internacionales, las condenas no serán suficientes. Las grandes potencias emergentes -como Alemania, India y Japón- deberían trabajar juntas para afirmar y hacer cumplir las normas de conducta..."

(Shlomo Ben Ami, ex-embajador y ex-ministro de Israel para Exteriores)

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