Por desolador que pueda parecernos reconocer las cosas tal como se presentaron a la vista de tod@s, ningún consuelo verdadero mejor tendríamos cesando del querer afrontarlas con rigor desapasionado sin tapujos, ante cualquier subjetivo interés partidista o "fidelizable".
Pese a las [cada vez menos] excepciones, lo impuesto para tendencia única desde cierto Mercad[e]o hegemónico ahora sobre todas nuestras vidas van siendo "virales" voces clónicas -de supuesta "Información" dictada o/y aun decretada...- que se nos comunican cual "indudablemente correctas" mediante metástasis incontrolable de unas "aplicaciones", desarrolladas con inconfesos ánimos de lucros...
Inútil resultaría ya, pues, aquello clásico -recomendado- del "pararnos a distinguir las voces... de los ecos" [irreflexivos y por tanto menos auténticos aun cuando siempre muchísimo más consignables -muy fácil mente...- por quienes "campana oyen pero sin saber nunca bien" el cómo ni dónde]...
E inaplicables hoy también ya se creerían asimismo múltiples conceptos heredados de longeva tradición como suponerse al ser humano un "animal racional" con "inteligencia emocional sentiente" -o capaz del ejercitar "libre albedrío, consciente, personal"- para tomar sus decisiones "razonando mediante discernir lógico propio", es decir, "tanto responsab[ilizab]le... cuanto persuadible y educable" en la práctica dialógica social comunicativa...
A estas alturas en definitiva "lo más vendido" como relevante se define por esos "nichos, redes o cadenas" donde cada cual admite "una sumisión voluntaria" de sus identidades hasta el extremo del "orgullo" colectivizable.
Y estando así, ¿para -o/y por- qué seguir procurando pensar, como si fuera luego factible compartirlo intercambiando las opiniones con que pudiéremos llegar a unos mejores grados de convencimiento enriquecido tras del discutirse?
Quizás tan sólo nos quedase aquella pulsión antigua tan reiterada de quienes concluyeron sus argumentaciones contra vientos y mareas -o sea, "¡sin la esperanza, mas con el convencimiento!"- firmando indefectiblemente, por fin, al amparo del simple mantra "dixit et salvavit anima meam"...
O algo más prosaicamente: acaso seamos un tantico como El loco Mateo, insigne analfabeto gaditano del siglo XIX notorio por sus coplas flamencos, que se andaba en cantar "voy tirando piedras por la calle y a los que dé me perdonen, primo, que tengo la cabecita loca de tantas cavilaciones"... E igualmente [por si no hubiera quedado ya bien claro...]: "yo quisiera de momento volverme loco y no sentir pues el sentir causa penas, ¡tantas que no tienen fin!, y un loco vive sin ellas..."
Aunque la inmensa mayoría no suele problematizarse porque desea tener claro cómo "a lo loco, a loco, se vive mejor...". Esto es, las recetas infalibles que aplicar recomienda su 'gramática parda' coinciden unánimes con alguna misma dirección: "si discutes opiniones queda clara la mejor, sólo puede convencer lo que diga el director"; "si quieres vivir feliz como me dices, no analices nunca, no analices"; "en asunto de criterio no cabe la discusión, siempre lleva su razón quien está en el ministerio"...
Mas no se suponga que todo esto exclusivamente corresponde a espíritus poco avisados. En su célebre 'Alicia a través del espejo', Lewis Carroll lo ha sintetizado a la perfección: "—La cuestión -insistió Alicia- es si puede hacerse que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.—No; la cuestión -zanjó Humpty Dumpty- sólo es saber quién manda..., y eso es todo".








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