La vida en su conjunto, quiero decir, la experiencia propia y plena, es la que más acusa este embate tan obvio como, en apariencia, inocuo. Pero no es inocuo, porque no lo es la imagen, que como dominio se extiende colonizadora, hasta hacer que la vida comience a ausentarse: puede convenirse que la vida cada vez más está siendo excluida mediante una operación perversa en su naturaleza, pues está siendo diferida en directo.
Y esto tiene sus efectos. Piénsese si no -y este es un ejemplo rápido- en esos grupos de jóvenes japoneses que deciden encerrarse en las habitaciones de las casas de sus padres, a los que obligan a construirse una cocina; pues se apropian de la familiar para, de ese modo, aislarse por completo de cualquier contacto físico con la existencia entregados a sus psicopatías telemáticas.
No cabe duda de que comportamientos semejantes representan el principio de eficacia de la cultura de la imagen por la imagen, lo que no puede dejar de considerarse en su relación con las tecnologías generadoras de tal agente de enajenación. En esto, toda la cibernética se coloca a la cabeza de esta transformación mundial que afecta al ser humano en toda su integridad. Esta generalidad se justifica si tenemos en cuenta a sus usuarios, que no solamente son los llamados profesionales de la imagen, tan negativamente determinantes en este punto: publicistas, <creativos>, diseñadores, logotipistas, etc.; también está el colectivo de artistas de la fotografía de última generación, que contribuyen de manera acrítica y crédula a hacer de la vida mero plasma, sola sustancia espectral de un mundo desmaterializado.
Copla tradicional en fachada exterior, junto a Catedral
La gran mayoría de los autodenominados artistas de la fotografía, por ser la suya la disciplina más practicada en la última generación, rinden pleitesía a los prerrequisitos de la epidemia de la imagen; una epidemia que corroe el inconsciente humano. Y digo fotógrafos con la boca chica, a sabiendas de que las posibilidades que ofrecen las últimas tecnologías no convierten al usuario de una cámara fotográfica en fotógrafo (o para usar la definición que más les gustaría a ellos emplear, artista, a secas; o en su gusto pueril por el esnobismo, <artista multidisciplinar>).


Lo cierto es que, tanto el uso indiscriminado de esta herramienta, como su aceptación y potenciación en el marco de la llamada «creación artística», ayudan a la fundación de nuevos valores políticos, morales, económicos, sociales, culturales que se imponen sobre el hombre en el mundo casi insensiblemente; en el sentido de que tomando un cariz «distraídamente» dogmático se presentan como modelo civilizador, pero de una civilización que quisiera excluir de sí la cultura de los sentidos. Todo ello, en beneficio de un cerebrismo mecánico que tan bien entra en sintonía con una jerarquía tecnócrata, propia de la civilización de la máquina y de las tecnologías de última generación (que no terminan nunca de ser de última generación).
Hago esta primera incidencia para preguntarme sobre cuál es la conciencia política del fotógrafo -en el sentido emancipador del término- con respecto a su hacer. Porque cuando alguien decide poner su atención en un objeto, en tal o cual cosa o en un ser y lo exhibe no deja de establecer con ello una relación que -por su inmediatez- excede el simple propósito artístico y lo pone en relación con el mundo. Quiero decir que una experiencia real se está produciendo en esos momentos, la cual antecede al artificio de la creación estética o de su exposición y forma parte de un hecho de vida. Me parece relevante significar este hecho de vida pues en él se inscribe un principio emancipador de la imagen que, como se adivinará, no reside en la imagen convertida en objeto artístico; sino en la mirada que la ha dado a luz.
Aquí empezamos a tomar ya el otro camino anunciado pues es la mirada la que, en efecto, importa; la que, por anticipación, auxilia a la imagen y la advierte de su posibilidad de fugarse del dominio de las imágenes. ¿Por qué? Pues porque mirar pertenece al orden de la vida antes que al del arte. Hablo -para intentar hacerme entender- del mirar como acto de liberación en sí mismo, del que es subsidiario el acto de creación, lo cual tiene su predominancia; ya que por una parte mirar antecede al hecho de fotografiar y por otra es ejercicio de visión que determina la elección de una imagen fotográfica, esté por hacer o esté ya hecha [me extenderé sobre este punto con el ejemplo de Javier Gálvez].
Piénsese, en todo caso, que mirar es una acción real que construye realidad, y no necesariamente dependiente. Me asalta aquí una pregunta que considero pertinente: ¿es preciso tener un sentido inspirado de la mirada para que ésta no se enmarañe en la costumbre y pueda quedar esterilizada? No me cabe duda de que esto es importante. Y bastaría poner una gran atención en las cosas para que algo advenga con su carácter inédito y promisorio.
La bodega Guzmán, un templo para las Tertulias
También sería importante tomarse conciencia, en apoyo de esta presunción, del cómo el acto de mirar es un acto poético primordial que puede conferir a una vida el sentimiento de ser una vida inspirada: la verdad de ser una vida vivida.
Esto es absolutamente legítimo en la medida en que, por oposición, se enfrenta a una vida desmoralizada. Una vida inspirada digo, y todo lo parcial que se quiera pero que le corresponde a quien la experimenta por sí mismo, en cuanto descontento con la que le es predeterminada.
Este principio de libertad es básico para alcanzar aquélla. Y si hemos de pensar en que un documento fotográfico ha de testimoniar tal experiencia, pues muy bien, que así sea. Lo que sucede es que ese documento no tiene por qué medirse según la tabla de valores de lo estético y aún menos según valores estéticos «cultos», eruditos, especializados; porque éstos -como se ha demostrado y se seguirá demostrando- no logran acceder a la profunda irreductibilidad de unos documentos que se erigen en afirmaciones de una experiencia real intransferible como es -insisto una y otra vez- la del mirar.


No es posible dejar de tener en cuenta que, de ese modo, al construir una realidad propia e inspirada, se hace efectiva una experiencia de lo real; pues el hallazgo en unos casos, o el encuentro en otros, lo propicia. Por lo tanto, lo que confiere -aquí sí- un valor de inspiración a este hecho es la inspiración que pone en juego la subjetividad de cada cual, en el sentido de que la satisface mediante una acción que (como la consumación del amor) colma el objeto del deseo.
Cordobita sólo respira, siempre, con sus Letras y Músicas...
Y desear es crear; es el impulso que, con intensidad gradual según lo imprevisto de su desencadenamiento, confiere a una vida su grado de autenticidad: su verdad.
Plaza 'del descabezao' Séneca: "el vino lava nuestras iniquidades, nos enjuga el Alma -hasta lo más profundo...- y entre otras Virtudes
asegura curación de la tristeza", con Taberna de la Sdad. de Plateros
Al respecto, no es mi intención establecer una jerarquía de valores. De lo que se trata es de mostrar que ese grado de inspiración se juzga, como acabo de sugerir, por las intensidades que libera y su encuentro con las que la interioridad de uno solicita; así como por su relación con una visión -un mirar- en la que adivino un estadio de la imagen en el que ésta alcanza un grado importante de emancipación, que se asocia a la mirada de quien las ha generado. ¿Por qué? Con toda la inocencia que mi afirmación pueda contener, diré que es debido a su naturaleza visionaria; esto es, porque desplazan un sentimiento de lo desconocido, un sentimiento de surrealidad (como lo nombraron, con gran acierto, los surrealistas)...