Pasadas ya 6 décadas desde aquello resulta difícil encontrar algún relato fidedigno que cuente bien cómo pasábamos los años de nuestro estar entonces por el madrileño colegio del Pilar, sin deslizarse hacia fáciles tópicos o/y leyendas urbanas.
Falta la historia objetiva de aquel tiempo tan distinto mientras que sobran memorias -parciales- que lo reescriben a hechuras más del gusto subjetivo -dizque "correcta mente..."- posterior.
Seguramente nunca sería tarea sencilla pretender reflejar individualmente -¡más de medio siglo después!- cualquier experiencia colectiva que se compartió prolongada durante alrededor de 2 lustros. Y menos factible aun parecerá cuando se trata de un periodo desde finales de los años 1950 hasta primavera/verano en "el 68"...
[En aquel crucial año del 1968 toda una eclosión global con inédita rebeldía, acumulándonos convulsiones de carácter sociopolítico más o menos "revolucionario", fue sacudiendo al planeta, y "el Mayo... en París..." ha emblematizado dicha efervescencia; mas también participaron a la misma vez otros episodios diferentes tales como los de Berkeley, Memphis (Tennessee), México, Roma, Praga, Berlín, Varsovia o Tokyo, mientras que China padecía cierta "Revolución Cultural", la Guerra de Vietnam entraba en su momento crítico y hasta en nuestra España tardo-franquista iba tomando cuerpo alguna definitiva contestación contra su larga dictadura. El mundo surgido tras de la II Guerra Mundial había podido manifestar una gran estabilidad, que se vio alterada muy súbitamente...]
Debido a ello, y buscando alguna mayor veracidad factible, seguidamente se recoge cierto 'collage' o mosaico a modo de palimpsesto formado por citas fragmentarias entresacadas de un centón con testificaciones directas -titulado "100 pilaristas hablan de El Pilar", compuesto en 2007 por su Asociación de Antiguos Alumnos- cuyos rasgos de confesionario hecho ante otros condiscípulos {mientras compartían los mismos patios y aulas escolares...} prácticamente garantiza que la falsedad impostada no podría tener apenas cabida significativa en él...
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
* Vivíamos épocas donde a tope funcionaba el nacional-catolicismo en los marcos de un sistema dictatorial, primero represivo y después ligeramente más tolerante. Sorprendía en consecuencia positivamente que los religiosos marianistas no fuesen de sotana sino con un traje de chaqueta y corbata negros que se dulcificarían al más claro del "ojo de perdiz" por la influencia del Concilio Vaticano II. Tampoco era obligatorio ir a Misa todos los días, como en la práctica totalidad de los colegios religiosos de los años 1960. Solamente una vez a la semana. Y las confesiones eran voluntarias, podías ir a reconciliarte o no; aunque verdad es que todos íbamos prolongando lo más posible nuestra estancia en la Capilla para evitar así una tediosa clase de Latín o Matemáticas...
Por supuesto, estábamos lejos de ser un colegio mixto, en una época en donde las monjas no te permitían ingresar en los colegios de chicas para no pecar de pensamiento contra el 6°, aunque fuera con la inocente excusa de "vengo a ver a una prima mía". Sorprendía por ello también que se permitiera ingresar a hermanas y amigas de "los mayores" en las tómbolas que organizaba el Colegio...
No se utilizaba la fuerza en contra del alumno ni se permitían favoritismos que tuviesen algún tipo de contenido político. La famosa asignatura de "Formación del Espíritu Nacional" producía sonrojo a los marianistas que la obviaban todo lo que podían sin que contase en el fondo ni en la forma como materia que impidiese pasar al siguiente curso. El Colegio, por tanto, me inculcó, en comparación con otros del mismo género, un ambiente liberal para el que lo importante no era ningún hábito sino el monje...
[Yago Pico de Coaña, promoción 1960]
* ¿Anécdotas, recuerdos? Son tantos que no pararía de escribir, más hoy en que algunos entre todos ellos vienen como dulces paisajes obsoletos: el traje de cruzado, las lecturas semanales de las notas ¡y con esos colores fatídicos que iban del oro al negro! Nunca olvidaré un primer suspenso en conducta y el terrible color marrón enmarcándolo, los increíbles partidos de fútbol con una pelota de goma que se guardaba en la papelera, o los motes (algunos ciertamente magníficos, como "Don Pinocho", el profesor de Dibujo)...
Pacientemente he ido adquiriendo en librerías de viejo y en las ferias del libro antiguo, los del Colegio, esos textos de Geografía con sus mapas coloreados, los de Historia Sagrada, y el más difícil de conseguir: "Madre Patria" con dibujos de D. José María Lacruz -o sea, "D. Pinocho"-. Verlos lleva lejos a otro tiempo, transportándonos hasta las grandes pizarras donde las tizas trazaban números, ríos, latines (el padre Cayo, tremendo, siempre con Cicerón o Julio César en las manos, y el riesgo de sufrirlas en la cabeza, a poco que estuvieras en Babia)...
11 años dan para tanto... Desde Parvulitos a Preu, quizás el año más feliz de todos, cuando dirigí la revista del Colegio, con no pocos sobresaltos para D. Prudencio (el "levita" supervisor); como aquella portada que la censura nos birló -¡qué cosas!, pienso ahora: total, una portada con unos chicos escalando el monte de las notas rodeados de una bandada de "cuervos"...-. Allí en la revista hice mis primeros pinitos literarios con otros compañeros, Javier de Pablo, Fernando Méndez-Leite, a quien le di el relevo en la Dirección... Poco a poco se desvanecía el Colegio y aparecía la Universidad, que fue prolongación en parte de aquél; pues los pilaristas, como es natural, seguimos agrupados en las facultades...
¿Qué ha supuesto El Pilar en la sociedad madrileña y española? Una forma fácil de comprobarlo es ver largas listas de personalidades, en todos los campos, antiguos alumnos; qué duda cabe que por diferentes puestos, profesiones y labores han dejado su rastro pilarista. Y lo han dejado ya o siguen dejándolo con la impronta de su buen hacer, de su idea de la libertad –“la verdad os hará libres"-, de su visión humana de la vida -aun los agnósticos, estoy seguro, guardan su deuda con El Pilar, porque allí nunca se forzó a nadie-...
Siempre se cuidó la personalidad completa de los alumnos; es más: las simbologías propias de otras épocas, aunque obligadas, a decir verdad pasaban bastante desapercibidas. Recuerdo incluso cuando aquel profesor de Formación del Espíritu Nacional (una “maría", que diríamos) tuvo que tirar su toalla ante la falta de interés que demostramos ¡y estábamos por 4º de Bachillerato! En una palabra, el espíritu pilarista fue siempre abierto y tolerante, sencillo, sin arrogancias ni sentimientos de superioridad: sano y fértil...
[Fco. Javier Mexía, promoción 1961]
* Hubo profesores a los que recuerdo con gratitud por su entrega profesional, por su capacidad pedagógica, por la seriedad con la cual en diversos estilos me abrieron las puertas a los conocimientos de las materias que tan bien dominaban. De ellos, debo citar especialmente a Don Martín Valmaseda, que se ocupaba de los Cruzados y nos llevaba los domingos de barrio en barrio, de cine en cine, representado un pequeño entremés...
O a los profesores de Francés -Don Jenaro Linaza en 2º, Don Claudio Pardo en 4º y 5º, y Don Rafael, el catalán, en Preu-, de Literatura -Don Augusto Barinaga en 5º y Don Celestino García en 6º, todo un tipo con un sistema pedagógico impecable que el día de su santo nos contaba ¡la guerra! y que parecía sacado de las páginas en una novela de Pérez Galdós-; de Historia del Arte -Don Antonio- y de Latín -el hermético Don Juan José Aranzábal en 5º más el inolvidable Padre Cayo Fernández-Gamboa en 6° y Preu, que en esos dos cursos no perdió un segundo en ningún tipo de frivolidad dedicado como estaba a enseñarnos a traducir a Tito Livio de carrerilla...
Convocada por su recuerdo, aparece ante mis ojos la pizarra de clase con su bonita letra. Ocupada de un lado a otro y de arriba abajo por las palabras latinas que debíamos traducir un par de veces por semana, centraba nuestra mirada durante aquella hora de intenso trabajo bajo la vigilancia siempre atenta del Padre Cayo, cuyas sonrisas guardaba celosamente para algún encuentro en el patio,.. preferentemente al terminar el curso. Y el silencioso profesor de Ciencias, Don José Ramón "el Apache", o el temible Don Antonio de la Torre, "el Vinti", que una vez me puso un 1,7 en Matemáticas, mi primer suspenso...
El más viejo recuerdo que guardo del Colegio es la figura rechoncha y el gesto afable de Aniceto, veterano portero que ya era una institución, pero al que luego traté poco. Más claras tengo en la memoria mis relaciones con Juan y Julio, los bedeles jóvenes, o con Refugio, la telefonista...
Y hablando de motes, casi todos los profesores tenían el suyo, algunos ofensivos, mas ingeniosos otros: Don Miguel, "el Pupilas"; Don Antonio, "el Buho"; Don Carlos, "el Gordo"; Don José, "la Pepa"; Don José el librero, "el Higo"; Don Juan Antonio, "el Marchito"; Don Juan José Arenaza y Don Juan José Aranzábal, respectivamente "el Huevazos" y "el Huevines"; Don Diego, profesor de Formación del Espíritu Nacional, "el Camarada Pimentov"; Don Antonio, "el Mary Tere"; el simpático Don Jesús Hernando, “el Chirimoya"; Don Serafín, "el Sepio"; Don José María Santamaría, "el Führer"; los profesores de Dibujo, "el Pinocho" y "el Bigoteras" y ¡vaya usted a saber cuántos más!...
En 6º organicé cineclub con mis compañeros congregantes en un piso de Don Ramón de la Cruz donde recuerdo que comentamos "Yo acuso", aquella película de José Ferrer sobre el affaire Dreyfuss. Y entré a la redacción del "Soy Pilarista", que aquel año dirigía Javier Mexía...
El curso de Preu fue estupendo. Nuestro prefecto era Don Prudencio Acilu, un hombre excepcional que nos daba Griego y Sociología. Las materias eran monográficas -"Las fuentes de Energía", "El Villano en su rincón", "Doctrina social de la Iglesia"-, éramos los mayores del Colegio y teníamos un pie en la Universidad. Don César me había encargado la dirección de "Soy Pilarista", con Miguel Ángel Fdez. Ordóñez de Redactor Jefe; y con Isasi, Félix Lobo, Miguel Muñagorri, Rafa Berdún y Fernando Fdez. Savater -encargado de Medianos- sacamos mal que bien adelante la revista que habían dirigido antes Javier Rupérez, Rodrigo Uría, Juan Luis Cebrián y Mexía...
En El Pilar sufrí las inclemencias de la clase de Gimnasia con Don Eleuterio de Orte, que tenía frenillo y gritaba "¡adelante, atlás!", y en castigo a mi resistencia, mi madre me apuntó a clases de Gimnasia médica que se impartían en los recreos. Recuerdo con horror el potro y las espalderas, pero guardo una imagen cariñosa de Don Patricio, el dueño del gimnasio...
[Fernando Méndez-Leite, promoción 1962]
* Recuerdo los patos de los azulejos del salón de actos donde echaban las películas, y las vidrieras de la escalera, en la que los pilaristas muertos en guerra ofrecían a la Virgen del Pilar la palma de su martirio, con los ángeles de piedra apostados como chambelanes alados al pie de las escaleras de la entrada; y la placa dedicada a don Luis Heintz, más aquella máxima de San Juan coronando el acceso a una fábrica neogótica que parecía imaginada por Tim Burton: sólo 'La verdad os hará libres'. Aunque yo, tan irresponsable entonces, pensaba que lo que verdaderamente te hacía libre era no tener colegio y perderte por el Retiro. Horizonte feliz que cambiaba por el penoso deber de ser pilarista, o sea, 'español, hidalgo y valiente', como cantábamos hasta desgañitarnos en la misa del 12 de octubre...
Recuerdo una lápida con ex-pilaristas combatientes que colgaban por los pasillos, junto a las orlas de finales de cursos. Recuerdo las leyendas que corrían sobre las interminables galerías subterráneas que cruzaban el subsuelo del colegio. Recuerdo que los misterios iban del sótano a las azoteas, zona vedada donde moraban los 'levitas', y que sólo visitaban las palomas, los vencejos o el clásico aventurero farfollas que teníamos en clase para iniciarnos en todo lo prohibido. Recuerdo la fascinación, un puntito tenebroso y trágico que aquellos muros de piedra en Castelló 56 encerraban...
Recuerdo a los profesores que despabilaron esos escolares grises y tímidos que fuimos. Recuerdo a Don Juan Antonio, que guardaba el museo, una estancia grande dando al patio norte donde se exhibían esqueletos, lagartos en formol, insectos en cajas de cristal, minerales y un cuerpo humano diseccionado en escayola estucada con vivos colores invitando al hacerse vegetariano allí mismo. Aquello respiraba la atmósfera del laboratorio de los Dres. Jekyll o Frankenstein y siempre que se entraba daba cierto canguelo, pero afortunadamente don Juan Antonio no era sabio loco ni nada despiadado, sino un profesor con inquietud por la ciencia y de muy buen carácter. Recuerdo en el Bachillerato superior, a Don Augusto Barinaga y a Don Celestino, enamorados de nuestra literatura; o a Don Antonio Gómez Frías, que hubiera querido nacer en el Renacimiento de tan exquisito como era...
Recuerdo cómo nos enseñaban a amar a Dios y a la Virgen, mayormente la del Pilar. Y a rezar por el Padre Chaminade, que a pesar de su hoja de servicios y de las rogativas acumuladas con varias generaciones de pilaristas, no fue beatificado hasta que yo peinaba canas. En honor a los padres marianistas, hay que decir que nos enseñaban a ser buenos cristianos, "ma non fanáticos"...
Recuerdo el carrito de polos -a 2 reales los de hielo, a peseta los de leche- y a Catalina, la pipera, con lengua de peón caminero, y al vendedor de palolú; o al que algún día de primavera se apostaba en la puerta de Castelló 56 llevando su jaula de jilgueros. Recuerdo al guardia urbano de uniforme azul marino y casco blanco que regulaba el tropel de coches que acudían en la hora de la salida para recoger a los alumnos de familia más acomodada, ¡que envidia, yo, que pasé mis 11 años de Pilarismo viajando sólo en el coche de S. Fernando! Recuerdo los partidos de fútbol del Solar -ay de ti si te caías, porque te desollabas el codo o el muslo...- y aquellos letales pelotazos a la oreja en una gélida mañana de invierno, o el mercadeo de los cromos con el sonido por las bolsas de canicas entre los compañeros más ricos, y el protocolo de las chapas cuando llegaba la temporada: 'pica por fuera es dentro, pica por dentro es fuera, y rodón se repite'...
Recuerdo jugar a pídola, la envidia que me daba la merienda de los mediopensionistas a mitad de la tarde (barrita de chocolate y torta de aceite Inés Rosales) y la clase de canto con don Ángel Pompey (un músico ilustre al que veía más bien como pianista de un salón del Oeste); qué personaje don Ángel, con su bombín de castizo, su cuello duro y su sempiterna colilla entre los labios...
Recuerdo a mis ídolos deportivos: entre los mayores, Zabala o Velilla (gran portero); y sobre todos, Emilio Jiménez, Yimmi...
Recuerdo un servicio de Biblioteca, con muchos ejemplares de la editorial Escélicer y de la preciosa colección Araluce desde los que prendió mi afición a la literatura... Recuerdo "Capitanes intrépidos", "Pimpinela escarlata", "Operación Cicerón" -películas inolvidables-; y miles de cortos con Charlot, Jaimito, y el Gordo y el Flaco por los que descubrí el cine los domingos en el salón de actos...
¿Dónde se adivinan hoy esas rancias postales del recuerdo? La vida pinta con nosotros algún paisaje o retrato que nos hace diferentes. Creo que frente al academicismo y al empaque de tantos cuadros de pilaristas ejemplares, el mío es de trazo suelto y ligero, como un lienzo impresionista en el cual una nota de color es tan importante como ese trozo de tela que a veces queda sin cubrir y, no obstante, respira en la estética final. En ese fondo de nuestra biografía, quizás poco perceptible a primera vista, está la educación que recibimos: la que nos enseñaron nuestros padres y, por supuesto, la que nos dio El Pilar. No soy un entusiasta de la nostalgia, ni he idealizado nunca el Colegio; pero es inútil negar que, aunque no sepa cómo, forma parte de mi cuadro...
[Luis Figuerola-Ferretti, promoción 1963]
* Los psicólogos aseguran que casi todo lo que aprendemos, más del 90%, es en la infancia; lo demás es pulir eso ya sabido. Y también que casi todo lo importante que aprendemos en la infancia, o al menos mucho, lo hacemos de los compañeros, "el grupo de edad", tanto o más que de las familias y escuelas. En los colegios aprendemos de maestros y profesores. Cierto, ellos nos enseñan latín, geografía o matemáticas y muchas otras cosas. Pero qué es el honor o la dignidad, qué el valor o el coraje, cómo respetar la palabra dada, qué es la amistad, cuándo debe uno combatir o ser generoso, todo eso y muchísimo más -en definitiva, el cómo vivir- lo aprendemos entre nuestros compañeros mejor que de los adultos...
Mi infancia son recuerdos de un patio... del Colegio, por donde corro bullicioso explorando la vida, en compañía de otros chicos...
[Emilio Lamo de Espinosa, promoción 1963]
* Ahora, cuando pasamos por General Mola, aunque haya cambiado de nombre, seguimos recordando aquellos 10 años que pasamos encerrados en el edificio de Castelló y oímos la nueva algarabía de sus patios, que no es muy diferente a la de nuestros recreos. Pero ya no hay una caseta del Ingreso -donde tardábamos un año entero en pasar desde "pequeños" a "medianos"- ni un solar con dos campos de fútbol, en los que medio tiempo se jugaba cuesta arriba y cuesta abajo el otro medio. Hoy no tiene ya sentido lo que para nosotros fue tan natural...
¿Os acordáis de aquel famoso "el primero y el último"? Ya no creo que vayan en fila ni en silencio, se perderán la emoción del no poder ser ni primero ni último en al aula entrar. El primero entraba sin querer porque los demás le empujaban, y enseguida todo el resto tratando de al mismo tiempo entrar para no ser el último. Y por si alguien no sabe qué era lo que les pasaba a los dos pobres que no podían evitar ser el primero o el último, os lo diré: no les pasaba nada, sólo que la frase completa era: "¡el primero y el último nenas!"...
Allí me enseñaron, entre tanta otra cosa más importante, la puntualidad. Hasta el punto de hacerme sufrir mucho, no porque me moleste llegar a todas mis citas con 2 ó 3 minutos de anticipación, sino porque no todo el mundo ha tenido la suerte del tenerse que presentar en el despacho de Don Doroteo para dar explicaciones ante cualquier retraso por pequeño que fuera éste...
De otras cosas, las más importantes, sería menos fácil hablar: seguramente porque se nos transmitieron en silencio, a través de la aplicación de un código de conducta no escrito. Así aprendimos el compañerismo que nos afeaba delatar al culpable, a pesar del castigo colectivo; al auto-inculparnos, a veces incluso falsamente, para liberar a la clase; al soportar la injusticia de aquel "levita" que sabía cómo chantajear al grupo pero a quien se notaba orgulloso de su clase, cuando ésta se le enfrentaba con un pacto de silencio, y que hubiera sido capaz del estigmatizar por chivato al delator cuya colaboración pedía. Así jugábamos a vivir y así aprendíamos...
El silencioso lema de una inscripción, extraordinariamente locuaz, bajo la que pasábamos cada día -"La verdad os hará libres"- y la pasión por nuestra libertad encerrada dentro de los cuatro muros de ladrillo en Castelló se preparaban para después, moldeados al estilo de cada uno, ser exigibles allí donde nos hayan hecho falta. Lo que tenemos en común, como colectivo, es que cada uno de nosotros sea diferente; o dicho más confuso: somos iguales en el ser distintos...
[Eduardo Normand, promoción 1963]
* Del Pilar tengo recuerdos malos y buenos, por este orden. No es nada original, supongo que a la inmensa mayoría de quienes han pasado por sus aulas (o por las de cualquier otro centro escolar, si vamos al caso) les pasará tres cuartos de lo mismo. En mi caso, lo malo vino primero y lo bueno después: ¡ojalá el resto de la vida sucediera igual! Los peores momentos los pasé al llegar e incorporarme con 12 años a un curso en el que todo el mundo se conocía ya de antes y yo era un bicho raro. Para empezar, tenía por lo visto un fuerte acento vasco, conseguido en mi larga y feliz infancia donostiarra. Además hacía gestos extraños con la cabeza, bizqueaba y no me gustaba el fútbol ni ningún otro deporte de los que se jugaban en el solar que hacía de campo de recreo...
Enseguida fui objetivo prioritario y sufrí con cierta intensidad eso que luego ha venido a llamarse "acoso escolar". Aunque había hecho alguna tímida amistad en clase, para esos casos no suelen encontrarse defensores. De modo que lo pasé bastante mal; sin dramatismos, pero mal. Afortunadamente el peor de mis hostigadores además de bruto era un imbécil rematado, de modo que al año y medio lo expulsaron del Colegio, con indisimulada alegría por mi parte...
A partir de entonces, las cosas fueron mucho mejor. Para ganarse a la gente hay que demostrar algún tipo de habilidad y como yo no tenía ninguna en el terreno deportivo ni tampoco era un empollón (siempre me mantuve entre unos doce primeros de la clase en las notas semanales, pero más por el 12° que hacia el número 1), lo tuve que compensar todo a base de redacciones y recitar poesías o discursitos
en las fiestas señaladas que se me daban muy bien, lo cual no tenía mucho mérito porque me pasaba el día leyendo, como es la única forma segura de aprender a escribir. Mi ideal más a mano era Don Antonio Gómez Frías -por mal nombre "el Mari Tere"- de cuyo estilo ingenioso y cultivado me hice devoto en sus clases de Literatura y de Historia del Arte. Así pasaron los años y me fui encontrando cada vez más a gusto. La culminación de esa vocación literaria, por el Preuniversitario, fue la dirección del "Soy Pilarista" en colaboración con mi compinche y ahora médico de cabecera Luis Audibert...
Al Colegio del Pilar propiamente nunca he vuelto: no nací para ser antiguo alumno y ni hago ya teatro. Pero sigo pasando por delante de la puerta, una y otra vez, casi todos los días. Ahora hay chicas también, gran mejora, y no creo que se siga utilizando el trato del usted entre profesores y alumnos, que yo conocí cuando entonces, aunque algunos traten hoy de reimplantarlo. No sé si eso estará bien o mal, pero espero que siga guardando el Colegio la mejor de sus características: un cuasi-liberalismo razonable que para otros centros de la época no existía...
[Fernando Fdez.-Savater, promoción 1964].
* Procedo de familia pilarista, pues tanto mi padre como mis tíos pasaron por el Cole ya. Empecé en 1955 y entre los primeros recuerdos estaba el estrenar zapatos en la tienda de Don Ramón de la Cruz, que ahora con lavado de imagen regenta el hijo de su anterior dueño. Luego venía la compra de los libros a la tienda del Colegio en la que tras un ventanuco, estaba "el Higo", y empezamos con los motes. Le llamábamos así por su cara apergaminada. Retornar a la infancia sin recordarlos, parecería no tener referencias...
En Parvulitos con Don Pablo todos teníamos cara de no haber roto un plato. Y llevábamos los cuellos de las camisas levantados, pues pasamos del almidón a las ballenas, artilugios de pasta que hacían que el cuello no se levantase. Recuerdo los pupitres de madera de dos en dos con tinteros de porcelana, pues entonces escribíamos con plumilla y de tanto apretar, uno no ganaba para tinta. Después vendrían otros tinteros y así evitamos los churretes...
Para Director de Pequeños enseguida vendría don Vicente, que fue una institución como el responsable sobre los menores. La Primera Comunión sí la hicimos chicos con chicas, pues existían las hermanas y colegios mixtos entonces no había. En la foto destacaban los trajes de marinero y algún que otro almirante, pues los demás éramos de tropa. Las 5 niñas estaban monísimas con tanto velo. Ese año empezaron a inculcarnos el amor a la Virgen del Pilar... Había 3 capillas: una en la planta baja; otra de la 1ª planta, a la que llamaban de Primera Enseñanza, en la que la Virgen estaba entre dos ángeles más un demonio a los pies con luz roja que causaba pavor; y por último, para las grandes ocasiones, estaba la Capilla Gótica...
Pasando a temas más profanos, las notas eran cuartillas de colores. Las había desde el dorado hasta el negro, pasando por el rojo, azul y verde. Nos las leía el director en alto para toda la clase, y algunos no sabían dónde esconderse. A la hora del recreo se jugaba en los patios, todos eran de tierra y en el antiguo solar, justo enfrente de la entrada de Castelló; algunos jugábamos al frontón, en el que Don Jenaro, de grato recuerdo, ensanchaba la mano y supongo que diese alguna torta. También recuerdo la sala de Ciencias Naturales con museo propio y antigüedades del pasado, pues todos los animales nos imponían de niños. Figuras pintorescas en esos tiempos eran el guardia urbano a la salida del Colegio y una pipera con sus bolsas de regaliz, pipas, chicles o alguna sucursal de gusanos de seda que molaban entonces mucho por su evolución a mariposa en las hojas de morera...
Y repasando imágenes en el recuerdo llegamos a 5°: tuvimos un profesor apodado "el Biscúter", pues estaba mal hecho y andaba... También había otro apodado "Atocha no sé qué número", porque allí había unos Almacenes llamados "Bobo y Pequeño". Empezamos a volvernos mayorcitos; y también los primeros guateques en casa de los amigos, desde donde nos recogían por turno de llamada telefónica para que nadie se desmandara dándose a la fuga. En 6° tuvimos de profesor a un marianista, Don Pedro Glez. Blasco [a. "el Peón", por "andar adelante y comer de lado"], quien hoy día está en la Editorial SM que editaba la mayoría de nuestros libros escolares. Otros motes de profesores fueron "el búho", "el Maritere", "el palmeras", "el apache" o también "el bigoteras" por la posición de su bigote [y un bajito Don Isidoro Pérez soportaba como alias el de "hijo del Altísimo"]...
[José de Roda, promoción 1965].
* El año 2000 mi primogénito ingresó al Colegio y su Director de Primaria era Don Eliseo, el mismo que había sido mi primer profesor cuando en octubre de 1957 ingresábamos en la clase de Párvulos "C" del Pilar. 43 años después, en aquella primera reunión con padres y madres, Don Eliseo centró de nuevo su exposición sólo en dos aspectos fundamentales -o sea: 'In columna fortis stabo' y 'María duce Religione et Patriae'- que definen aún las esencias del Colegio: su ideario católico más el proyecto educativo basado en exigencias de calidad, transmitiendo conocimientos y valores...
No existía entonces aún el maremágnum localista del Conocimiento del Medio y, en consecuencia, se aprendían de verdad la Historia, la Geografía y las Ciencias Naturales. ¿Cómo olvidar aquellas clases en las que Don Antonio González Frías (al que naturalmente no llamábamos así) nos transmitía su pasión por la historia, la literatura y el arte con un sentido del humor y una capacidad didáctica excepcionales? ¿Quién no se acuerda de lo mucho que aprendimos al elaborar cada uno nuestro Cuaderno de Historia del Arte?...
Al repasar mis notas de Bachillerato (el de entonces, de 7 años) he comprobado que las de Conducta eran a veces bastante mejorables. Sin compartir por fuerza los criterios del profesor que así me calificaba, yo llevaba este asunto con la máxima deportividad, considerando que por cada vez que me cazaban en un renuncio había otros lances de los que salía indemne. Y, por supuesto, recurrir a mis padres en arbitraje sólo hubiese agravado mi situación. O sea, que había un valor entendido del que uno era responsable de sus actos y debía ir asumiendo consecuencias de los mismos...
El Colegio era un sitio donde sentía estar bien y al margen de las clases, se hacían cosas interesantes: canicas en otoño, carreras de coches de juguete después de comer, pistolas de agua (que nos eran sistemáticamente prohibidas a los 3 días de comprarlas en la Juanina, incansable con su microempresa de cromos y chucherías), libros de Salgari o Enid Blyton en la biblioteca-puente, el cine de los sábados por la tarde, partidos de fútbol hasta que, a las 9 de la noche, nos echaban; y también los primeros ligues en la fiesta del Loreto... Lo que ahora se llaman actividades extraescolares, pero menos dirigidas y más autogestionadas con los amigos...
Y el equipo de atletismo: una verdadera empresa colectiva que, bajo dirección entusiasta de D. Enrique Zabala, nos hizo superarnos a nosotros mismos, compensar nuestras debilidades y llegar más lejos que otros colegios con mejores atletas individuales...
Quiero tener un recuerdo, lleno de agradecimiento, hacia todos mis profesores y especial para los que fueron prefectos de la "C" a lo largo de aquellos 10 años (D. Eliseo, D. Antonio, D. Constantino, D. Francisco, D. Jenaro, D. José María, D. Víctor, D. José Ramón y D. José Luis), para los Directores (el inolvidable D. Vicente, D. Adolfo, D. Doroteo, D. José Barrena) y para nuestros delegados de clase...
[Luis Peral, promoción 1966]
* Entré en el número 56 de la madrileña calle Castelló el curso 57-58 del siglo pasado, ingresando a la clase de Párvulos C, que tenía como profesor a Don Eliseo, un señor encantador que se parecía mucho a Balduino de Bélgica. También tengo vivo recuerdo de otros profesores del Colegio: del de Elemental el seglar Don Antonio Fernández, conocido más tarde en toda España por haber fundado el premio "Heliodoro"-, del de Ingreso -Don Constantino- y del de 2º en Bachillerato -el nunca bien ponderado Don Jenaro-...
Pero otros rostros bullen en la película de mi memoria con igual fuerza que los citados, como Don José María, el profesor de Dibujo de nariz espigada; o Don Antonio, un señor que nos enseñaba Historia Universal e Historia del Arte y dio una conferencia sobre Shakespeare plagiada de Víctor Hugo; o Don Francisco, un seglar muy simpático que me dio Literatura en 4º de Bachillerato; o Don Daniel, otro seglar, profesor mío de Literatura en 6º y máximo responsable del que pudiese trasladarme a Letras desde Ciencias -o sea, desde la C a la E- para el Preuniversitario, pues él fue quien me dio clases particulares de Latín y Griego en verano del 1966, preparándome para el salto; o Don Celestino, un señor calvo y entrañable con quien traducíamos a Homero; y tantos otros...
No advertí nunca en el Colegio del Pilar posiciones intransigentes ni totalitarias. Mi Colegio era un lugar tranquilo, con las habituales pasiones humanas hirviendo en su interior, cómo no, pero sin actitudes abusivas ni arbitrariedades notorias por parte de los profesores, lo que temperaba los traumas y mitigaba efecto de las heridas habituales en un niño que ingresaba en la institución a los 6 años, cuando el mundo era un mazo de cromos multicolores, y salía de allí a los 16, cuando la muerte ya empezaba queriendo asomar su horrible cabeza desde detrás de un mazo de estampillas en blanco y negro...
Guardo agradabilísima memoria de una función de teatro que hicimos con el gran Carlos L. Aladro en 6º curso de Bachiller. Ni más ni menos que Macbeth, de William Shakespeare... El Colegio del Pilar ha sido para mi -como muchos- una escuela de convivencia, de curiosidades satisfechas, de feraces descubrimientos...
[Luis Alberto de Cuenca, promoción 1967]
* Durante 11 años que, además, son decisivos en la forja del carácter, de la personalidad y, en definitiva, de mi manera de ser, fui alumno del Pilar: pese a nacer en un tiempo sombrío, el de una España, en los años 50 del pasado siglo, exhausta, aislada del mundo y atrapada entre los resentimientos, mi experiencia escolar no está marcada, en líneas generales, ni por el adoctrinamiento ni por ningún fundamentalismo...
Nuestro mejor Premio Nóbel, don Santiago Ramón y Cajal, realizó un magnífico discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias en 1897, que tituló "Los tónicos de la voluntad". Para conseguir excelencia, reclamaba, luchar contra las enfermedades de la pereza: abulia, modorra, diletantismo... Y en mi opinión, es una característica del "pilarismo" usar la voluntad, no resignarse a las situaciones adversas, luchar por lo que se cree, nunca rendirse...
En líneas generales, el respeto a los demás, al pluralismo en su diversidad que cada individuo encarna -con algunas excepciones, no merecedoras de la pena recordándolas- fueron las pautas o valores que orientaron la educación recibida desde mi familia y que, afortunadamente, tuvo en El Pilar una continuidad docente y de calidades pedagógicas. De alguna manera, los responsables del Colegio tuvieron el mérito del evitar que sus alumnos fuesen troquelados por un mismo molde, preparándonos así para el afrontar las vidas adulta y profesional con recursos, habilidades, valores...
Vista en perspectiva esta etapa, la impresión que tengo es que no era El Pilar un colegio al uso respecto de la pauta intolerante que dominó aquella la época... Esos 11 años han sido positivos para mi vida en el sentido de aprender a pensar, razonar, compartir y también discrepar con argumentos de las opiniones contrarias...
En general, los profesores de mi época como alumno tuvieron un mérito añadido, que hasta ahora no había tenido la oportunidad de agradecerles: supieron despertar, en tiempos que no eran propicios para ello, la curiosidad y el placer intelectual de niños y adolescentes por aprender cosas nuevas, descubrir perspectiva diferente o encontrar innovadoras respuestas ante viejas preguntas. Enseñaron. en suma, al afrontar la vida y a relacionarse con los demás desde una mente abierta sin prejuicios; aunque hay de todo, como nos enseñaron, en la "viña del Señor"...
[Jaime Lisszavetsky, promoción 1968]
* Cuando llegué al Pilar junto con Ramón tras venir de Badajoz, empezando en 5º, nuestro hermano mayor ya estaba dentro. El primer recuerdo que tengo del Colegio es el saludo al profesor. Entrábamos por Castelló dirigiéndonos al pabellón, que se inauguraba en aquel año, y pasando a clase le decíamos al profesor "¡Buenos días!", pero el resto de nuestros compañeros se nos reían muchísimo. Y nosotros no entendíamos nada del por qué. Nos pasó lo mismo los dos días siguientes. Yo decía: "aquí pasa algo raro"... Al tercer día, decidimos llegar media hora antes a clase y vimos cómo iban llegando todos los demás dándole la mano al profesor, uno por uno. Ya entendimos todo y nunca más tuvieron que reírse a causa de nuestro saludo...
Recuerdo que no podíamos ir al colegio en vaqueros ni llevar el pelo largo. Pero viviendo, de verdad, un ambiente realmente bueno. Los dos hermanos estábamos al principio en la "C" -antes del separárseme a mí luego para la "D"- y nos acogieron muy bien. El deporte ayudó mucho abriendo puertas para integrarnos todavía mejor. Yo alternaba el fútbol (en aquella época jugábamos 11), que entrenábamos en el colegio de Sta. María, y balonmano en el patio Sur. También hacíamos atletismo, pero sólo durante campeonatos escolares, entrenando en Vallehermoso. Además, había otros Regional y Provincial; más luego los mejores en esas competiciones podían seguir hasta las Nacionales. Recuerdo que cuando jugábamos en casa nuestro campo era el del Sta. María; antes habíamos jugado en el de Sta. Ana y San Rafael, hasta que las obras de la calle O'Donnell hicieron desaparecer su campo...
No había un recreo en el que no jugáramos al fútbol. Y después de las clases, nos cruzábamos hasta el Loreto para coquetear con las chicas. ¿Dónde y cuándo estudiábamos? Supongo que uno aprende al administrarse muy bien el tiempo, cuando tiene tantas cosas que hacer y no quiere perderse ninguna, porque siempre nos daba tiempo a todo...
Nosotros ya dábamos todas las clases en el pabellón de Mayores; entonces teníamos un aula fija y eran los profesores los que se movían de clases. Recuerdo que nuestro horario fue de 9 a 13 y de 15 a 18 pero el jueves por la tarde lo dejábamos libre; eso sí, los sábados por la mañana también había Colegio...
En el Pilar teníamos la CEMI (Congregación Estado de María Inmaculada) y la CEJ (Congregación Estado Juvenil) reuniéndonos por un piso de la calle Francisco Silvela. Nosotros íbamos luego a catequesis en el Pozo del Tío Raimundo porque, la verdad, la formación religiosa en el Colegio siempre fue muy importante...
A pesar de los tiempos que corrían, no recuerdo escuchar ni un solo comentario político en clase ni en boca de ningún profesor...
[Ignacio Quereda, promoción 1968]
* El Prefecto de Elemental "D" era Don Macrino, un viejito entrañable. Mandaba tener un solo cuaderno, llamado de clase, para todo tipo de tareas "Geografía del día tal o Aritmética del día cual", en vez de uno por cada asignatura. Ponía por deberes para el día siguiente una página de cada materia; premiaba con papel secante marca Pelikan, que tenía unos dibujos de enanitos muy graciosos. El día que no había faltado nadie ni nadie había llegado con retraso, rifaba un lápiz bicolor rojo y azul marino. Tuvo un detalle conmigo: por enfermedad mi familia decidió irse cuanto antes a El Escorial y Don Macrino me preparó los cuadernos de vacaciones preceptivos de cumplimentar por el verano en un paquete para llevármelos...
Don Virilo, que creo era de un pueblo en Segovia, nos dio clase de Ingreso. Preguntaba a todos los alumnos, todas las materias, todos los días y si hacía falta, decía en alta voz "¡que se callen!". Recuerdo cómo nos enseñó la ortografía. Teníamos un libro de texto "ad hoc". La letra difícil había que ponerla en rojo para destacarla: antes de "b" y "p", se pone "m", por ejemplo "también, tampoco"; "n" antes de "r", por ejemplo "Enrique, enrolarse". Era seglar, comía en el Colegio y estudió Derecho. Años más tarde, lo encontré en la Biblioteca Nacional cuando buscábamos documentación para los trabajos que cada cual haciendo estábamos. Otra vez nos vimos en colas de acceso al teatro Español, y por fin en el Ateneo de Madrid del cual era socio...
Y el responsable de Medianos fue Don Víctor Mata, que venía del Colegio de Tetuán... Hubiera sido mi profesor de Historia en 4º de Bachiller, pero le hicieron Director. Lo conocí paseando por el patio central. Se acercó y me llamó "peripatético" y me explicó: "Eso significa que piensas mientras caminas". Recuerdo una frase del prólogo a un libro sobre Historia, dirigido a profesores, en la editorial S.M. Les recomendaba que no atizaran en mentes inmaduras los conflictos del pasado y deseaba que ojalá el futuro nos diere más acontecimientos artísticos y culturales que bélicos. Creo que fue Platón quien decía cómo educar consiste en dar al cuerpo y al alma todo el desarrollo y la perfección posibles; eso es la 'paideia', el arte de acompañar al que se está formando y cuidar que no se deforme...
El Prefecto de 5º E, año 1966, era Don Ángel Pueyo Gómez, excelente profesor de Francés y amante de la cultura y civilización galas. Introdujo en el Colegio un Laboratorio de Idiomas y nos hizo estudiar la historia de la literatura francesa. Don Luis Blas Aritio, magnífico profesor de Ciencias Naturales, ilustraba sus clases con láminas-esquemas y nos llevó hasta Barcelona para ver allí el Zoo. Creo que bastante afición por los temas ecológicos y medio-ambientales se la debemos a él. También nos daba Religión (Moral)...
El Padre Rafael Ganzábal impartió Griego en 5º y Doctrina Social de la Iglesia en Preu. El Prefecto del curso de 6º "E" fue don Celestino García García, cuya necrológica me publicó "Siempre Pilaristas". La titulé "Recuerdo a don Celestino o MO, EFI, CON, GRA, OR", regla mnemotécnica que nos enseñó para recordar las vías de Sto. Tomás de Aquino demostrando la existencia de Dios: "MO" (Movimiento), "EFI" (Causas Eficientes), "CON" (Seres Contingentes), "GRA" (Grados de Perfección), "OR" (Orden del Mundo). Nos enseñó Filosofía en 6º y Preu más Griego también ese último curso. Mandaba escribir sobre algún tema en clase y, como nunca daba tiempo a terminar, lo firmaba en la ultima línea para concluirlo en casa. Era para saber si había, o no, continuidad e identidad entre lo de arriba y abajo...
Y nos advertía del que para pasar el examen de Preu con seguridad había que obtener en el Colegio una nota mínima de 7, porque la experiencia le enseñaba que los nervios y la dureza de la calificación en la Universidad hacían descender luego la nota 2 puntos... Así que lo primero fue someternos a exámenes del Griego de Preu, consistentes en traducir. Nos obligó a pasar hasta dos exámenes semanales corrigiendo escrupulosamente todas nuestras traducciones y haciéndonos llevar un cuaderno resumen con los capítulos trabajados a Homero...
Aún debo reconocer mi deuda con Don Celestino, gran maestro y amigo. No tenía hijos, pero sí lo éramos un poco todos nosotros. Nos distinguía siempre cómo una cosa es ser profesor de Filosofía y otra filósofo...
[Luis Fariñas, promoción 1969]
* En lo personal y profesional, mi paso por El Pilar me ha resultado de gran utilidad. En lo académico, el aprendizaje del latín, griego, cultura clásica, historia y literatura, que era lo que estudiábamos los de letras, me ha supuesto una formación sólida. En lo deportivo, cómo no, mi paso por los equipos de alevines, infantiles y juveniles de balonmano, y también en los infantiles de fútbol, sirvió para que tomara conciencia de lo saludable que es el deporte y de lo bien que sienta intelectual y físicamente...
Algunos años después de dejarlo todavía guardo como buenos recuerdos en mi mente los patios de arena del Colegio, el solar de la calle Castelló, cómo jugábamos en el recreo cuesta arriba y cuesta abajo, el patio, las porterías verdes y esa gran obra, que no fue otra que poner cemento en los patios...
[José Mª Aznar, promoción 1970]
* Cuando llegué por primera vez al Colegio del Pilar tenía ya 11 años y debo confesar que me impactó mucho el lema que en grandes caracteres adorna sus escaleras de acceso: 'La verdad os hará libres'...
[José Antonio Campoy, promoción 1971]
* Entré al Colegio, en Parvulitos B, con 6 años y un poco asustado porque no sabía lo que me iba a tocar. De todas formas, en mi familia ya había algunos alumnos de Vitoria, y ya había tenido una entrevista previa con D. Vicente Hernando, que me preguntó cuántas ruedas tenía una carretilla, cómo cruzaría el río y, entre otras cosas, cómo oiría las campanas de una iglesia...
En el curso siguiente, Párvulos, encontramos a D. Carlos Aladro, que nos enseñó a conocer y amar el teatro: fue toda una década de colaboración con la compañía "El ratón del alba", donde fui actor y luego además escritor. Ensayábamos y representábamos en el Salón de Actos pero también fuimos a TVE, los escenarios del María Guerrero, el Español, Bellas Artes, Infanta Beatriz, al Pozo, etc. Era "nuestra compañía", que consiguió el Premio Nacional de Teatro del año 1970. Y también, por supuesto, destaca el recuerdo del Club deportivo Pilaristas...
De aquellos años en Primera Enseñanza, cómo se llamaba, guardo muy buenos recuerdos. Fuimos la última promoción en habitar la "caseta de Ingreso". Al pasar a Medianos, desapareció el patio Sur como yo lo conocí, lo asfaltaron y eliminaron la caseta de Ingreso, así como la de Cuarto que estaba en el patio Norte, al ampliar también el pabellón de Mayores. Quizás esos años fueron los que recuerdo con más agrado. Nos íbamos haciendo más maduros, intentábamos (sólo eso) tontear con las niñas del Loreto, Jesús María y las vecinas del Santa Cristina, íbamos a la bolera del Carlos III, al Retiro y hacíamos deporte o teatro...
Al pasar a la sección de Mayores, o sea, 5º, 6º y COU (nos tocó el primero, ya que quienes nos precedían debieron hacer el Preu) ya la cosa cambió algo. Nos afeitábamos, comenzaron los primeros cigarrillos, los billares, Casa Pedro, y nos sentíamos un poco "machotes"... Algunos profesores nos tomaban el pelo con razón. Recuerdo a Don Diego Tolsada, "el palmeras", al "apache", a D. Gregorio Olmo, a Don Santos, al Padre Agapito, a D. Antonio Gómez Frías "el maritere", a D. Luis Hernández "el Gimnasta" ya otros como Don José Barrena y cía...
[Sabino Arriaga. promoción 1972]
* Mis recuerdos de aquella época son fundamentalmente los recreos, los patios con tierra, el solar de Castelló, el Cuartel de la Montaña y la Chopera del Retiro. ¡Ese era mi Colegio y donde conseguía hacer lo que realmente me gustaba, mi actividad deportiva! Creo recordar que además, entre todos esos espacios dedicados al juego y los deportes, teníamos clases de Geografía, Matemáticas, FEN, etcétera, etc... pero no podría hoy asegurarlo al 100%...
[Nacho Medina, promoción 1972]
* Desde luego, nadie pondría en duda la cualificación académica de nuestros enseñantes en cuanto tal, o sea, como profesionales de la educación. Aquí me quiero referir más bien a su humanidad. Mirándolo retrospectivamente, es asombroso cómo conseguían reducir el foso que inevitable se alza siempre entre alumnado y profesores, estableciendo una comunicación, o una empatía especial, desconocida en otros centros. No me refiero a esas muestras de campechanías y amiguismo, siempre sospechosas, que se prodigaban por otros institutos escolares con más ínfulas de falsa modernidad; sino a ciertas actitudes, de cierto saber estar que apreciábamos, inconscientemente casi, en pequeños detalles o anécdotas, teniendo esa virtud del acortar distancias y hacer más cercanos a nuestros maestros...
Recuerdo, por ejemplo, a un profesor que, sin abdicar de la más exquisita corrección, afectaba en clase una seriedad y formalidad extremas. Un día se desenmascaró, cuando descubrimos en una de aquellas correrías por los pasillos del Colegio que los parvulitos le conocían como "el Abuelo", tanto por la simpatía y el buen humor que derrochaba con ellos, como debido a los caramelos que les repartía siempre que podía. Pronto se difundió esta anécdota, y sus alumnos pudimos apreciar su verdadera personalidad afable bajo tantas apariencias de severidad...
Ese ambiente cordial y distendido se difundía por arriba y abajo. Una vez planeamos una "escapada" fugaz a las barcas del Retiro, aprovechando el largo recreo después de comer. Inocentemente, proclamamos esa intención en la puerta, justo cuando pasaba nada menos que nuestro Director. Como no podía fingir que no había oído nada, nos recordó cuánto "estaba prohibido salir del Colegio hasta el final de las clases" y, sonriendo, se dio la vuelta sin volver a mirar atrás, mientras nosotros nos escabullíamos con más discreción...
¿Y cómo poder olvidar a Julito, el ordenanza que reinaba por el vestíbulo principal? Mantenía el orden y la disciplina en sus dominios sin necesidad de acudir a gritos ni amenazas. Por el contrario, repartía sus chascarrillos al igual entre todos, y hacía gala de una excelente memoria, tanto para los rostros como para las situaciones. Él era el que nos despedía al finalizar, entregándonos el último certificado que había que presentar en la Universidad, y entonces era capaz de hacernos a cada uno un resumen de todo lo que nos había ocurrido durante nuestro paso por el Colegio...
Pues bien, una tal cercanía y asequibilidad entre profesores y alumnos, plasmada en ese trato especialmente considerado recibido por todas partes, ha forjado, a mi juicio, otro aspecto muy especial de nuestro carácter. Me refiero a la tolerancia. Creo que puedo afirmar que el paso por el Colegio deja una impronta de respeto y de atención hacia los que nos rodean, que ayuda a evitar maximalismos de todo tipo y a fomentar la convivencia en el ambiente de cada cual. Eso explica también el amplio y variado espectro en el que los antiguos alumnos nos movemos, como resulta evidente...
[Ignacio Maldonado, promoción 1973]
* Es muy difícil intentar resumir esos primeros 11 años que te modelan sustancialmente bajo cuatro frases hechas. Los primeros años en "Pequeños" representan la jerarquía, la sumisión, un tiempo lento de rutina y descubrimientos... Básicamente, se nos va manifestando todo a través de los sentidos. El edificio se nos desvela como un mundo independiente y lleno de olores, sonidos, sabores o colores en diferentes tonalidades: Penetrantes aromas a comida de los pasillos cercanos al comedor, a los cuadernos de tapa azul recién comprados en la papelería del Colegio, al intenso y diferente olor (cada letra tenía su "olor de tribu") de las clases al final del día, de sus capillas y del salón de actos, de sus patios. Son las gotas de lluvia tras los cristales de las eternas tardes machadianas...
La transición a "Medianos" evoca unos tiempos coincidentes con adolescencias convulsas, que reclaman su identidad, empezando a rebelarse ante algún poder, identificando aliados y adversarios entre los profesores, y buscando sus grupos de amigos... Del sur de España surgen profesores marianistas jóvenes que interpelan algunos dogmas del sistema. Una brisa de modernidad sopla por los pasillos del Colegio; viene trayendo anticipos de los años 70...
Y por fin llega la época de "Mayores", su apertura mental, el espíritu crítico pilarista que la caracteriza. El tiempo de la Lectura espiritual en primera hora de la tarde se convertirá en breves tribunas de pensamiento y debate, junto con otras muchas iniciativas en torno a las asociaciones o actividades dentro del Colegio: cine-fórum, conciertos de rock en el salón de actos... Posiblemente una entre las notas distintivas explicando la diversidad del pensamiento de las promociones en esa época, maduradas desde debatir respetuoso frente a la opinión diferente...
Me acuerdo de que, siendo delegado de curso en 6º de Bachillerato, se organizó una huelga espontánea que consistía en el "no entrar al Colegio" a primera hora de la tarde, por causas que nadie recuerda ya, pero que tras de una concentración en la calle Castelló y "negociaciones" con autoridad competente sobre no recuerdo qué, fue sofocada en el acto a través de algunas "expulsiones" (finalmente sólo temporales).
También recuerdo, como director de "Soy Pilarista", un fotomontaje a doble página, en el cual a un cuerpo semidesnudo de culturista en posición de concurso, se le añadía la cabeza de D. Celestino García, profesor de Filosofía, ejemplo de hombre recto, y maestro de buena ciudadanía para sus alumnos, quien, con gran sentido del humor y elegancia personal, prestó su autorización para publicarlo en la revista. Fue obviamente ese Pilar de mi última época el que marcó una diferencia en la educación para muchos de nosotros...
No tengo duda de que si por algo se distinguieron las generaciones del Pilar en aquellos momentos fue por el ambiente respirado y propicio a ciertos valores predemocráticos o liberales (en el contexto de su época) estimulando la formación de independencia del criterio y pensamiento propios, alejados de consignas oficiales para esos tiempos. Los que vivimos entonces la educación del Colegio, siempre insatisfechos por grados de libertad concedida, sólo fuimos posteriormente conscientes de su tono liberal, cuando años después pudimos compararla con la impartida en otros colegios, más proclives a preservar sus ideologías oficiales...
A lo largo de muchos años hemos visto asociar El Pilar a una imagen del elitismo social y económico durante las últimas décadas. Es posible; pero, lejos del calor del establo, lo que explica que fuera cantera de influencia social, política y económica, se debió más a la calidad de la educación en ese tiempo, por la que, junto con los conocimientos adquiridos, se educó hacia una sociedad de ciudadanos autónomos, honrados y responsables. "La verdad os hará libres" ha sido siempre un buen referente del pensamiento...
El Pilar de la época representaba nuevamente una constatación del cuánto conjugarse libertad y educación hace que las sociedades progresen, como recordaba recientemente Juan Goytisolo: "prefiero equivocarme por mi cuenta a tener razón siguiendo consigna"...
[Tomás Pereda, promoción 1974]
* Pensar en mi Colegio es hacerlo sobre todo en su Grupo de Scouts, pero también en la Comunidad de San Mateo y en La Macro. Estos ingredientes, mis padres y mis hermanos, forjaron la persona que se ha desenvuelto en mi vida. Confieso con cierta vergüenza que muchos de los ideales que tenía se fueron disolviendo como un azucarillo. Pero también sé que otras tantas de las decisiones que ya he tomado o de las actitudes que mantengo hunden sus raíces en esos años, desde la educación que vivimos por el entorno del Colegio...
Declararme objetor de conciencia en momentos inciertos, que me proporcionó algún susto; gritar "No a la guerra" por esa de Irak que, después de "terminada", sigue poniéndonos sobre la mesa tantos muertos cada día; tener claro que el planeta no es nuestro, que no podemos hacer lo que queramos, que ya no basta conservarlo, que hay que restaurar cuanto ya hemos destruido; creer que la estrategia de confrontación jamás produce resultados a largo plazo y que con la cooperación podemos llegar más, mucho más lejos o mejor; ser consciente de que los aciertos se deben a una colaboración de muchos y a la suerte; creer que la vida de las personas está por encima de todo; y la alegría, la solidaridad, el compromiso, el trabajo, el sentido crítico...
La mayor parte de los rasgos de mis comportamientos por los que me siento más cómodo surgen desde valores que se grabaron de forma indeleble en el Colegio y especialmente con sus scouts...
Sé que no es posible volver a vivir lo que ya vivimos, que el tiempo que nos tocó en el Colegio es irrepetible. No puedo hablar de lo que vivisteis otros. No sé qué pasó 10 años antes ni después. Pero sí puedo decir que yo he vivido en el Colegio la tolerancia, el respeto a las ideas y a las opiniones de los demás, el poder manifestar mi desacuerdo cuando, fuera de ese ámbito, no se podía expresar nada que no coincidiera con lo establecido...
[Carlos Mª Suso, promoción 1975]
* Quienes terminamos el colegio en 1976 somos una generación de la Transición, en más de un sentido. Nuestros hermanos mayores vivieron los ecos de mayo del 1968 ("Queda prohibido prohibir", "Drugs, sex and rock'n'roll") y, luego, protagonizaron la transición a la democracia ("Libertad, amnistía y estatutos de autonomía"). Nuestros hermanos pequeños hicieron "la movida" en los años 80 rompiendo todos los tabúes sociales que quedaban, como atestiguan las películas de Almodóvar, y sumándose con naturalidad a la globalización promovida por Internet. En medio, quedamos los nacidos en 1959: el año del plan de estabilización en España, de la creación de ETA, del primer cohete que alcanzó la Luna, de la muerte del general estadista Marshall, de la toma del poder por Castro en Cuba y la elección de De Gaulle como Presidente en Francia, de la creación del Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo...
Pasamos muchas horas en los patios, grandes extensiones (a nuestros ojos) que habían sido asfaltadas sin compasión pocos años antes de nuestra llegada para dejar sitio a campos de fútbol, baloncesto y hockey sobre patines. En ellos jugamos interminables partidas de chapas o canicas, peligrosas carreras de cochecitos con riesgo de precipitarlos escaleras abajo; intenso comercio de cromos con bocadillos; y apasionados partidos de fútbol o de balón prisionero, previo reparto del equipo mediante complejas fórmulas como el "monta y cabe". Nos peleamos mucho, nos perseguimos (las ristras de prisioneros podían abarcar la longitud del patio sur, enlazados con chaquetas y jerséis multicolores descoyuntados) y nos aventuramos en zonas prohibidas: los linderos de la capilla, vallados para evitar el riesgo de cascotes y para permitir la floración de la madreselva; las oscuras profundidades de los sótanos, donde todos sabíamos que se encontraban despojos humanos de la Guerra o, quizás, algún tesoro; y, más adelante, atracción irresistible de la calle, con aromas de regaliz o bollería, el ruido de los bolines y, aún más tarde, el embrujo del Loreto...
El Pilar era un Colegio de niños: qué lejos queda eso, el año en que se aprobó ya una ley de Igualdad efectiva entre mujeres y hombres. Las pandillas se hacían y deshacían en función de distintos bandos: germanófilos o aliadófilos, empollones o última fila, futboleros y jugadores de canicas, rojos y fachas, pijos o progres, desgreñados y atildados, cristianos de base y ateos, vecinos o aves de paso... Lo que nunca cabía poner en duda era la masculinidad de nadie: las niñas eran otro mundo, lejano y misterioso y, en los últimos años, cada vez más fascinante...
Tendríamos 12 años de edad cuando se extendió por clase el rumor de que los bebés nacían de contactos con el otro sexo: recuerdo aún la cara seria y preocupada de nuestro tutor, el bueno de Don Joaquín, cuando se sintió obligado al afrontar la inquietud incrédula que serpenteaba entre nosotros dedicando una de sus clases de Ciencias Naturales a tratar sobre las fenomenologías de la reproducción en los mamíferos superiores. No sacamos en claro gran cosa de aquella sesión, salvo una convicción intima y sobrecogedora: ¡era verdad! Pero todo aquel capítulo formaba parte del reino prohibido, de los secretos cuchicheados, del pecado y la penitencia. Nuestras clases estaban dedicadas a la luz de la inteligencia, daba igual que fuera en materias de Lengua, Matemáticas, Física, Arte o Historia...
Fueron conocimientos engastados con un patrón sólido de valores morales (fe, verdad y justicia) que, en gran medida, sobreentendidos venían sin requerirse de más explicación ni debate...
[Ignacio Borrajo, promoción 1976]
* ¿Cómo no va a influir en tu vida un período de 11 años? 132 meses realizando el mismo trayecto diario, 4 veces al día. Y, sin embargo, la sensación que queda es la de un período con estabilidad, de plenitud y felicidad. Pues el recuerdo de lo vivido en aquella manzana durante tantos años es el de haber completado una etapa en tu vida de forma natural...
Del legado formativo del Colegio me quedo con la necesidad de trabajo diario como base para todo éxito académico y profesional. Las capacidades del aprendizaje dependen de la responsabilidad individual en realizar unas tareas diarias que son las que, en definitiva, van a llevar al desarrollo personal. Probablemente el seguimiento diario de los alumnos [¡en clases de 45!], realizado por el profesorado, era la base para el triunfo del sistema...
La relación interpersonal fue tan intensa esos años que la amistad con compañeros de clase se hace luego extensiva en el tiempo. Con algunos mantienes una relación directa, otros están en tu vida de forma puntual y con encuentros esporádicos; pero a pesar de la distancia sabes que siempre tienes, en algún lugar cerca o lejos del planeta, personas que pueden ayudar para un momento de dificultad y que no van a preguntar nada: sencillamente te van a echar una mano, sin dudarlo...
En aquellos días preparábamos intervenciones públicas, estudiando con cierta profundidad algún tema de libre elección para defenderlo con una charla abierta a preguntas de los compañeros y profesores. Recuerdo por su especial significación la preparación de una conferencia sobre la muerte y las "modernas tendencias alternativas al enterramiento", en la que repasaba las diferencias culturales afrontando un fallecimiento de familiares. Hubo una encendida polémica tras recordarse la Incineración y cómo un poeta (no recuerdo quién) solicitaba que fuera leído algún poema en particular mientras sus cenizas fuesen esparcidas por la cima de una montaña...
Recuerdo con cariño especial actividades realizadas al aire libre. La influencia de las salidas a la naturaleza ha sido decisiva en el desarrollo de toda mi vida personal. Por eso es tan importante un conocimiento de distintas realidades en los años de formación, que luego podrán dar pie a elecciones en la forma de vida. El contacto con la naturaleza, la relación directa con los compañeros, la sensación de la necesidad de los otros para poder conseguir objetivos del grupo, marcan de forma directa nuestras decisiones futuras...
Cierto es que las instalaciones deportivas eran muy limitadas en aquella época, pero se sustituía la precariedad con otras actividades: ¡si los sábados por la mañana ya estábamos liados jugando al fútbol hasta el último año del Colegio (e incluso después de haber terminado nuestro periodo escolar)!...
Un lunar en este periodo, que mucho he lamentado con el paso del tiempo, es la deficiente formación musical que recibimos. Y tampoco puedo terminar esto sin comentar cómo, lamentablemente, nuestro sistema formativo del momento hacía muy difícil la educación integral sin diferencias por sexos. Creo firmemente que de otra manera el periodo escolar habría sido distinto. Mas estoy seguro de que los valores, la entrega incondicional del profesorado, las relaciones personales, la capacidad de transmisión de conocimientos y el concepto de responsabilidad brindados durante tantos años hacen de mi paso por el Colegio una etapa fundamental en la vida...
En fin, sobre todo, el legado que queda de aquel paso es el de la posibilidad del pensar; el del poder hacerlo en formas distintas según tus opiniones e ideas, y con posibilidades para expresarlas sin limitaciones. Lo que, en definitiva, es la base de la libertad, o la Libertad en si misma...

No hay comentarios:
Publicar un comentario