¿Y qué puede China aportarnos en este asunto; acaso los chinos no van, más o menos igual mente, deprisa?
Sí, los chinos están, al igual que todos nosotros, inmersos en un presente frenético, y no es que vayan deprisa, van “a toda mecha”. Pero tienen, en virtud de su peculiar ADN cultural, una relación especial con el tiempo, una herencia cultural que les facilita una mayor complicidad con el dios Cronos y les permite fluir en la vorágine de una forma bastante más flexible y menos lesiva que en Occidente, (eso es, al menos, un parecer compartido de los que tenemos desde hace tiempo un contacto estrecho con chinos).
No haber vivido una ilustración de corte racionalista como lo hizo Europa en el siglo XVIII, les dejó a los chinos la dolorosa experiencia de engancharse mucho más tarde al tren de la Modernidad y de la Revolución Industrial. Pero, en contrapartida, no se perdieron en China los pulsos sabios del tiempo antiguo, que el Racionalismo borró de un plumazo en Occidente. Como en tantas otras cosas, China es el espejo en que se refleja nuestro anverso, a veces desconcertante y otras clarificador, pero siempre una referencia valiosa. Indagar sobre cómo el pensamiento chino ha concebido el tiempo es un viaje que quizás nos pueda ayudar a todos (chinos incluidos) ¿quien sabe? a vivir mejor.
Los clásicos chinos nunca teorizaron mucho sobre el tiempo en sí: a los sabios chinos no les interesaban las disquisiciones teóricas sobre qué es el tiempo, sino saber cómo funciona; sus aspectos ontológicos estaban totalmente subordinados en favor de una perspectiva del mismo como proceso. Los chinos antiguos identificaron el tiempo no como un flujo continuo y uniforme, sino como una gran variedad de ciclos o secuencias de mayor o menor duración, en las que los cambios se desarrollan de forma cíclica y estable. Por decirlo de otra forma, los chinos percibieron el tiempo como un conjunto de tempos no uniformes y perfectamente síncronos.
Reloj de sol en la Ciudad Prohibida de Beijing.
Consecuentemente, en China los modos de medición del tiempo no se ajustaron a un tiempo único. Tales medidas han estado siempre ligadas a procesos vinculados a la naturaleza, procesos de diferente índole y que se desarrollan a diferentes velocidades.
.Una breve exposición de algunos de los tempos chinos debe comenzar con el más básico: el tempo binario, según sea la fase Yin o la fase Yang. Hay que entender que los tempos no son igual a “duración”, pueden ser interpretados de forma fractal, es decir un ciclo de tempo yinyang, puede darse en veinticuatro horas (la alternancia entre el día y la noche), o a lo largo del año solar (la alternancia entre las estaciones cálidas: primavera-verano, y las estaciones frías: otoño invierno), o a lo largo de la vida de una persona (el paso de la infancia y juventud hacia la madurez y vejez), o incluso ciclos cósmicos de auge y declive de miles de años de duración.
Igualmente ocurre con los tempos quinarios, por ejemplo, el tempo en la secuencia conocida como los “cinco elementos” o las cinco fases asociadas a los elementos: madera, fuego, tierra, metal y agua. Una secuencia que se puede interpretar como el transcurso de las estaciones desde la primavera hasta el invierno, pero también tiene, de manera independiente al momento del año, implicaciones muy concretas en medicina china a la hora de establecer un diagnóstico, o señalar el momento propicio para un determinado tratamiento o la ingesta de un fármaco.
Otro tempo muy importante en la vida de los chinos es el de los veinticuatro términos solares, que marca el grado de inclinación del sol y divide el año en veinticuatro periodos de quince días que indican las acciones propicias en la agricultura.
Podríamos extraer muchos más ejemplos, pero con esta selección de “tempos chinos” basta para percibir una característica muy singular del tiempo chino, que es su extraordinaria plasticidad. El tiempo en China se concibe según el proceso, y a más de ser un reloj, deviene una brújula que señala no solo el tiempo físico, sino el momento más oportuno, eficaz o idóneo para una acción, ya sea agrícola, de negocios, o fijar la fecha de una boda. Como menciona Christine Cayol, en China, no hay una “mala” decisión, sino una decisión en un momento que no es el “apropiado”.
La mera consciencia del cómo existen varios tempos de forma síncrona permite gestionarlos en formas diferentes, no es lo mismo el tempo de hacer negocios, que el de recuperarse de una enfermedad o el de ver madurar a tu hijo. La aceleración de un tempo no impide que otro se desarrolle con más parsimonia.
.El tiempo racional nos permite medir y planificar muchos aspectos de la vida, y es muy útil, siempre y cuando no se imponga como la única medida del tiempo en detrimento de otros tempos, tempos que no son identificables desde la racionalidad, sino desde la propia vida. La trampa de la “racionalidad” del tiempo llega cuando nos impele a identificarlo como algo uniforme en todos los procesos e independiente de ellos, y a pensar que todo en la vida es medible por el mismo rasero. Es entonces cuando el ritmo de procesos tremendamente acelerados en la Modernidad como la producción y el consumo “contagian” su aceleración al resto de las esferas de nuestra vida.
Y de ahí es de donde surge la ansiedad y la frustración, porque olvidamos la enorme sabiduría que encierra el dicho popular “cada cosa en su debido tiempo”. Hay procesos que requieren de una larga maduración que desemboca en una brusca transformación, y por el contrario hay otros que, tras múltiples transformaciones, entran en un periodo de hibernación.
En definitiva, le hemos privado al tiempo de su “espacio”.
Reloj de incienso chino (香钟, Xiāng zhōng, “reloj fragante”). Un quemador de incienso que iba cortando unos hilos de los que pendían pesos metálicos, que al caer hacían sonar un platillo metálico. (Royal Museums)
Reconocer la variedad de tempos que existen, (y que ahora evocamos mirando a China, pero podríamos también encontrarlos en nuestra propia tradición), nos permite entender mejor que no se trata de asir el tiempo, sino de sumergirse en cada ola del tiempo y cooperar con ella en lugar de intentar domarla.
Puede que todo el entramado del formalismo confuciano con sus rituales de cortesía, sus normas y sus tiempos de espera, responda también a un deseo, probablemente inconsciente, de concederle al tiempo el espacio necesario para anclarse en cada situación, y con ello proporcionar más lucidez. Probablemente China no tenga todas las respuestas acerca del tiempo, pero contemplarla nos recuerda, como dice Cayol, que reducirlo a un solo parámetro es empobrecerlo.
.La palabra china de cosmos (yuzhou) está formada por la combinación de dos caracteres, el primero referido al espacio y el segundo al tiempo, toda la cosmología y la ciencia china se construye sobre la pareja Yin (referida a la materia, al espacio) o Yang (referido al espíritu, al tiempo). El espacio-tiempo de Einstein, concepto rompedor que ha sacudido los pilares de la física moderna, y que probablemente pueda explicar gran parte del desbarajuste actual, se intuyó hace ya milenios en la China antigua.
Albert Einstein y su esposa Elsa en Shanghai, 1922, en casa del pintor calígrafo Yang Witing (Leo Baeck Institute)
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En los últimos 75 años de historia, China, un país subyugado por la pobreza, las guerras y el hambre, ha pasado a ser la 2ª potencia económica mundial, y sus gobernantes, antaño revolucionarios, son hoy en día los artífices de esta prosperidad.
ResponderEliminarHace ya tiempo que China desmontó la tesis weberiana que afirmaba que culturas de base confuciana eran incompatibles con el capitalismo. También lo ha hecho con las teorías de evolución política según las cuales la aparición de la burguesía en China forzosamente implicaría un cambio hacia la democracia, o las más recientes, que confiaban el potencial de Internet como dinamizador de un cambio político. China vuelve a romper esquemas desmontando todas las profecías que, desde Occidente, se habían hecho acerca de su futuro.
¿No será, acaso, que Occidente tiene un problema de percepción hacia China?
Desde el siglo XVI hasta la actualidad, la visión de China en Occidente se ha debatido entre la admiración hacia una cultura milenaria y la reprobación de su sistema de gobierno. Voltaire, el ilustrado más entusiasta de China, vio en Confucio la “racionalización de la divinidad”, y consideró el sistema político imperial chino como el más avanzado del orbe. Pero la Revolución Francesa puso fin a la ola de admiración por China que había cautivado a los filósofos ilustrados e inició una nueva narrativa que iba a dejar a China fuera del motor de la civilización: la narrativa del progreso.
Diderot calificó a China como civilización “contraria a la ley del progreso natural”, Kant concluyó que “carecía de filosofía” y Hegel tildó al confucianismo de “moral vulgar”. Hasta el mismísimo Karl Marx, venerado en China desde hace un siglo, tuvo que enunciar el “modo de producción asiático” (un estadio al margen del progreso) para encajar a China en la historia de la humanidad. Ni siquiera el movimiento romántico, con su mirada benévola y orientalista, sería capaz de elevar la percepción de China tras el envite de los profetas del progreso. Aún más lacerante para China fue el impacto que las teorías evolucionistas y su corolario, el racismo científico, tuvieron en las ciencias sociales del siglo XX.
El final de la guerra fría y la oleada de democratización que vivió el globo hizo pensar a Occidente que también había llegado la hora de China, la hora de su homologación en el tren de la modernidad y de su redención política en forma de una vía democrática. El desde entonces inminente colapso del sistema de partido único en China no ha tenido lugar. ¿Qué ha fallado en las previsiones de tantos analistas políticos occidentales? ¿Hemos estado percibiendo una realidad que no es tal?
Hemos articulado la percepción de China a lo largo de los siglos sobre parámetros mentales muy occidentales y que, inconscientemente, distorsionan su esencia. Voltaire ensalzaba China porque veía en ella la inspiración de un modelo político, el despotismo ilustrado, que acabara con los privilegios de la Iglesia y la aristocracia; las teorías sobre la inferioridad moral y biológica de la raza asiática que elaboró la academia decimonónica sirvieron para justificar el imperialismo, y el modelo de democracia liberal sigue necesitando reafirmarse aun cuando ya está extinto el modelo soviético.
. . . . . . . . . [continuará]
[continúa] . . .
EliminarContemplar la historia nos permite ver cómo a lo largo de los 3 siglos últimos ha tenido lugar el choque de 2 concepciones bien distintas del devenir del tiempo: la concepción lineal, y volcada hacia el futuro de la Europa moderna, y la cíclica o circular de la historia en China, volcada no en la consecución de un fin, sino en restablecer el equilibrio perdido. La historia de la modernidad occidental es una marcha lineal hacia la libertad. La historia de China es la sucesión en espiral de dinastías, que, aun siendo hijas de su tiempo (no eran lo mismo los Tang que los Ming o los Qing), consolidaron a lo largo de los siglos la misma estructura de poder, otorgando al mundo una imagen casi mítica de inmutabilidad. Despotismo, sí, pero con sus propios mecanismos de regulación; el abuso y mal gobierno de monarcas y mandarines culminaba inexorablemente con una revolución campesina que derrocaba la dinastía y entronizaba una nueva. La última de estas revueltas tuvo lugar en 1949 y acaba de conmemorar los 70 años de supervivencia de su linaje.
Con el empuje modernizador de los 2 últimos siglos, Occidente aceleró todavía más esa linealidad, haciéndola soberbiamente excluyente en el siglo XX. Y, ciegos, no alcanzamos a ver lo que realmente estaba ocurriendo en China. China estaba inmersa en el ajuste de su ultima espiral, en la remontada del último declive, cuando Puyi, el emperador que inmortalizó Bertolucci, abandonó la ciudad prohibida. Un ajuste complejo que le ha llevado a China algo más de un siglo.
Occidente es impaciente, y China tiene sus tempos…
Durante todo el siglo XX, China ha estado contemplando a Occidente, los cañones de las guerras del Opio produjeron tanta desconfianza como admiración, y muchas de las recetas de modernización con las que ha experimentado a lo largo de este siglo (republicanismo, marxismo-leninismo y liberalismo económico) son recetas occidentales. China incluso ha estado subyugada intelectualmente por Occidente; ese afán por superar una fase histórica en la que se le dijo que estaba al margen del progreso le llevó a despreciar su propio pasado confuciano por “feudal”, y a abrazar la nueva fe del comunismo. Pero la inercia histórica es muy fuerte, y el Gobierno de hoy en China es ante todo culturalmente chino, heredero de una larga y sofisticada tradición de despotismo letrado.
China vuelve a ser ella misma...
(MARIOLA MONCADA, 'El Pais', 6/11/2019)
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Abraza el viaje y prueba cosas nuevas, o cómo aprovechar la antigua sabiduría del taoísmo: el 'Zhuangzi', un texto del siglo IV a. C. en China, fue escrito en una época en la que la vida era precaria; reconoce cómo las circunstancias están cambiando siempre y nos anima para que aceptemos lo traído por estos cambios. Es un texto maravilloso, lleno de historias fascinantes que a veces utilizan animales parlantes para cuestionar nuestros valores y proyectos. Se burla de la forma en que otros enfoques o tradiciones pueden tomar la vida demasiado en serio, por ejemplo, cuando imponen prácticas y expectativas rígidas a todo el mundo. Desafía las visiones confucianas de la época, en algunas historias que retratan a Confucio como alguien inflexiblemente centrado en una forma específica de vivir. En un escenario se lo describe como alguien encadenado, atado por sus propios valores. A través de esta imagen, el Zhuangzi enfatiza la importancia de permitirnos vagar fuera de nuestra zona de confort.
ResponderEliminarTambién cuenta la historia de una rana que feliz es en el pozo donde vive. Disfruta de los salientes en las paredes, del agua y el barro, y considera que su vida es superior a la de los renacuajos y cangrejos que también viven en el pozo. La rana conoce después a una tortuga gigante que le habla de la inmensidad del océano. Sólo entonces se da cuenta de su estrecha y limitada comprensión de la vida.
Nos cuenta ese relato por advertirnos de cómo no debemos vivir vidas aisladas. ¿Qué significa esto para nosotros? No deberíamos movernos sólo en círculos con los que nos sintamos cómodos, leer sólo autores que compartan nuestras opiniones y emprender únicamente tareas que no nos planteen desafíos significativos. La vida es multifacética y diversa, según el 'Zhuangzi'. En lugar de levantar barreras artificiales a nuestro alrededor, deberíamos disfrutar de lo nuevo y lo interesante...
- Busca oportunidades para nuevas experiencias. Permítete probar cosas diferentes. Acepta que no todo será estimulante y positivo, y que una experiencia negativa podría brindarte una valiosa lección. Mantén la mente abierta para no perderte lo que la nueva situación te ofrece.
- No te dejes frenar por tus expectativas. A veces no nos involucramos plenamente en una situación porque le imponemos ideas y expectativas preconcebidas. Interpretamos los escenarios de manera predecible, basándonos en el pensamiento rutinario, en lugar de intentar verlos con nuevos ojos. No nos damos la oportunidad de sentir cómo nos va, sino que seguimos estando acorralados por nuestras visiones del mundo. Independientemente de que una situación nos resulte más o menos familiar, es útil abordarla con una mente abierta. Necesitamos observar con atención para poder ver qué oportunidades están disponibles y entender qué limitaciones puede haber.
- Actúa de manera responsable. A menudo escuchamos que la filosofía taoísta nos aconseja “dejarnos llevar por la corriente”, pero eso no es del todo correcto. El Zhuangzi nos anima a actuar de manera responsable en lugar de simplemente rendirnos. Cuando te enfrentes a una situación desconocida, no olvides preguntarte: ¿qué hay de nuevo aquí? ¿Qué aporto yo? Date la oportunidad de responder bien.
- Abraza el viaje. Los nuevos desafíos pueden traer nuevas habilidades. Quién sabe, tal vez encuentres un nuevo pasatiempo o te dediques a un trabajo diferente. Involucrarte más plenamente con el mundo enriquece nuestras vidas, nos permite evaluar nuestras opiniones, profundiza nuestra comprensión y nos ayuda a cultivar nuevas habilidades. Desde la perspectiva de Zhuangzi, pensar en cómo nos relacionamos con el mundo es algo que siempre deberíamos hacer.
El 'Zhuangzi' rechaza ingeniosamente las perspectivas de quienes sugieren que debemos quedarnos “en nuestro carril”. La vida es demasiado importante para hacer eso. Al abrazar el viaje, incorporamos creatividad y espontaneidad a nuestras vidas.