lunes, 15 de noviembre de 2010

"No hago nada sin alegría"

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Estamos de gran enhorabuena por -muy reciente publicación del 'Lo que quiero es comprender', con su- antología oportuna sobre la imprescindible librepensante Hannah Arendt, una memoria que siempre nos pone las pilas...
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Y podremos celebrarlo con palabras de no menos oportuno recordatorio -sobre las que ningún calificativo sería preciso añadir...- del, hoy hace 10 años asesinado, Ernest Lluch:
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"... No puedo resistirme a la tentación de evocar la personalidad de aquel político brillante e incómodo, cerebral y apasionado, culto y futbolero, melómano, astuto y erudito. La libertad de consciencia guió siempre su vida. Por su manera de ejercerla, unos fanáticos le quitaron la vida. Los que tuvimos la suerte de conocerle (sin duda muchos lectores de este diario le recordarán por sus artículos) sabemos que su vivencia de la libertad no era trágica o heroica, sino vitalista. Hizo suya la confesión de Montaigne: 'No hago nada sin alegría'.
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La libertad le conducía al compromiso, pero también a la discrepancia. Demócrata en clandestinidad, nunca obedeció a las corrientes izquierdistas dominantes. Vinculado al catalanismo cultural en la Valencia antifranquista, discrepó de las tesis de Joan Fuster. Protagonista del socialismo catalán, se enfrentó con sus compañeros por la Loapa y, acto seguido, el catalanismo le envió a la hoguera. Desarrolló como ministro la reforma que convirtió la sanidad pública en una de las escasas y verdaderas joyas de nuestra democracia, pero no se plegó al liderazgo de Felipe González (divino, más que humano, entonces como ahora, a tenor de lo que declara). Lo mataron mientras buscaba una tercera vía para el País Vasco y Catalunya: su última visión de España contenía una propuesta de federalismo asimétrico, basado en el austriacismo histórico, que elaboró con otro de los grandes discrepantes de la España contemporánea: el lúcido conservador Herrero de Miñón. Con Montaigne, Lluch podría también haber escrito: 'Nuestra vida es en parte locura y en parte prudencia'. En efecto, el carácter de Lluch, comprometido e indomable, sintetiza la catalanidad: seny i rauxa.
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Todas las virtudes que Ernest Lluch atesoraba me parecen envidiables. Como buen hijo de la menestralía catalana, era un trabajador empedernido. En su juventud compaginó el fervoroso compromiso antifranquista con un expediente universitario brillantísimo. Y en la edad adulta compaginó tantas actividades y con un nivel tan alto de ejecución que, para emularle, los tipos normales necesitaríamos una docena de vidas. Compaginó la militancia socialista con la investigación histórica y económica, con la escritura académica y divulgativa, con la docencia universitaria, con la gestión institucional, con el periodismo de opinión. Pero lo más sorprendente es que conseguía hacer compatible dicho activismo político e intelectual con una de las más bellas artes: el cultivo de la amistad. Conocía a todo el mundo, intercambiaba ironías, informaciones y chismorreos con tirios y troyanos; y se carteaba con muchísima gente. Poco después de su trágica muerte, algunos de sus corresponsales anónimos salieron a la luz. Me impresionó el testimonio de una viuda (cántabra, creo recordar), cuyo marido había sido asesinado por ETA: explicó que Lluch quiso conocerla y que le escribía regularmente para darle ánimos.
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Otra de sus pasiones era arraigar a fondo en los lugares en los que residió. El Maresme de su Vilassar natal. La Valencia de su juventud docente. Las comarcas de Girona, de las que fue diputado (en especial la zona de Maià de Montcal, entre el Empordà y la Garrotxa, donde tenía una casita, junto a la montaña del Mont, que Verdaguer describió como la joroba de un dromedario). La cornisa cantábrica que conoció como rector de la Menéndez Pelayo y la Donostia en la que, ejerciendo en Santander, se compró un pisito. En estos y otros muchos territorios, entabló amistades, estableció vínculos políticos y culturales, realizó estudios y acabó descubriendo historias que los más sabios del lugar desconocían. El amor de Lluch se expresaba en el conocimiento.

Trabajaba mucho y disfrutaba más. No disociaba gozo y trabajo. En la mejor tradición catalana, Lluch encontraba en el trabajo no solamente una forma de sustento, dignificación y promoción personal, sino una manera de entender la felicidad. Exceptuando el fútbol, que llevaba en la sangre, las numerosas distracciones obligatorias de la llamada sociedad del ocio le aburrían soberanamente. Tenía el vicio de la curiosidad.

Todo le interesaba. Con su característica mezcla de erudición más entusiasmo y sentido de la ironía... argumentaba sobre el Barça, sobre los tejemanejes de la política o sobre el sexo de los ángeles en la tertulia de Josep Cuní, cuyos oyentes tenían la impresión de que aquel tertuliano lo sabía absolutamente todo. La misma sensación daba cuando, en el foro académico más exigente, conferenciaba sobre los ilustrados catalanes siglo XVIII o cuando reflexionaba en foros cívicos o políticos sobre el catalanismo, la economía actual o la reforma sanitaria.
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Ernest tenía, también, 'vocación de ingeniero de puentes... de diálogo' y un puente le cayó encima. Le mataron las balas de ETA y conspicuos enemigos de ETA escupieron sobre su tumba. En estos tiempos [de 'Simplificaciones'...] en que el gregarismo partidista se mezcla con un individualismo alérgico a la cosa pública, tal ejemplo de Lluch nos es actualísimo. Nada de lo humano le fue ajeno. Nadie pudo encerrarle en el corral de los obedientes y resignados."
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[Antoni Puigverd, en 'La Vanguardia', de Barcelona]
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1 comentario:

  1. ¡También es digno para rememorarse ahora el recién fallecido Carlitos Edmundo de Ory, a quien ya citabais (no recuerdo bien si por julio fue, o en Agosto, era...) el año pasado aquí, como ya bien escribe hoy Fdez. Aceytuno! =
    www.republica.es/2010/11/15/el-dictado-de-las-sirenas/

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