miércoles, 20 de diciembre de 2017

Ángela Figuera, poeta: un siglo de Honestidad paciente por el escribir. Indómit@ con Belleza

   

 PALABRAS… [editado en revista ‘Universidad de México’ por León Felipe, junio del 1958, dirigido a ella como prólogo para su poemario ‘Belleza cruel’ y luego reproducido desde varios diarios -cual ‘ABC’- con fechas consecutivas al inmediato 18 de julio...]
“Con estas palabras quiero arrepentirme y desdecirme, Ángela Figuera Áymerich... de cosas que uno ha dicho, de versos que uno ha escrito...

Porque yo fui el que dijo al hermano voraz y vengativo, cuando, aquel día, nosotros, los españoles del éxodo y del llanto, salimos al viento y al mar, arrojados de la casa paterna por el último postigo del huerto... Yo fui el que dijo:

‘Hermano... tuya es la hacienda... / la casa, el caballo y la pistola... / Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo / y me dejas desnudo y errante por el mundo... / Mas, yo, te dejo mudo... ¡mudo!... / Y ¿cómo vas a recoger el trigo / y a alimentar el fuego / si yo me llevo la canción?’

Fue éste un triste reparto caprichoso que yo hice, entonces, dolorido, para consolarme. Ahora estoy avergonzado. Yo no me llevé la canción. Nosotros no nos llevamos la canción. Tal vez era lo único que no nos podíamos llevar: la canción, la canción de la tierra, la canción inalienable de la tierra. Y nosotros, los españoles del éxodo y del viento... ¡ya no teníamos tierra!

Vosotros os quedasteis con todo: con la tierra y la canción.

Nuestro debió haber sido el salmo, el salmo del desierto, que vive sin tierra, bajo el llanto, y que sin garfios ni raíces se prende, se agarra, anhelante, de la luz y del viento.

Yo hablé también un día del salmo. ‘El salmo es mío’, dije, ‘el salmo es una joya que les dimos en prenda los poetas a los sacerdotes... y ahora lo rescato, me lo llevo, me lo llevo del templo, me lo llevo en mi garganta rota y desesperada...’ Y dije también: ‘El salmo fugitivo y vagabundo es el lenguaje justo del español del éxodo y del llanto’... Palabras, palabras nada más. Yo no me llevé el salmo tampoco. Nosotros no nos llevamos el salmo.

Al final todo se hizo grito vano, lamento hinchado, blasfemia sin sentido, palabras de un idiota llenas de estrépito y de furia que se perdieron como burbujas de hiel en el vacío... Y nos quedamos luego todos mudos... Los mudos fuimos nosotros... ¡Los desterrados y los mudos!

De este lado nadie dijo la palabra justa y vibrante. Hay que confesarlo: de tanta sangre a cuestas, de tanto caminar, de tanto llanto y de tanta justicia... no brotó el poeta.

Y ahora estamos aquí, del otro lado del mar, nosotros, los españoles del éxodo y del viento, asombrados y atónitos oyéndoos a vosotros cantar: con esperanza, con ira, sin miedos...

Esa voz... esas voces... Dámaso, Otero, Celaya, Hierro, Crémer, Nora, de Luis, Ángela Figuera Aymerich... los que os quedasteis en la casa paterna, en la vieja heredad acorralada... Vuestros son el salmo y la canción.”

(León Felipe, México D.F, 1958)

   
VIENTO DE AGOSTO

Al agua, no: me voy al viento, al viento, / jinete sin color de los caminos / en esta noche densa del verano. / Caliente tacto, labios pegadizos / espesos de perfumes y sabores; / porque durmió, de día, en los tomillos / y despeinó las cañas / y se arrolló en el tallo de los lirios; / ciñó, redondo, las redondas frutas / y acarició en las vides los racimos / y el flanco sudoroso de las bestias / en las eras del trigo... / / Quiero sentir sus manos apretadas / en mis cinco sentidos.
 
(de ‘Soria pura’, 1949)
 
     
Aunque la mies más alta dure un día

He de morir y a muerte me preparo / dando, a tan poco tiempo, tanta vida / que he de ganar de fijo la partida / y ha de lograr diana mi disparo. / / Mujer de carne y verso me declaro, / pozo de amor y boca dolorida, / pero he de hacer un trueno de mi herida / que suene aquí y ahora, / fuerte y claro. / /
 
Aquí y ahora estoy. Voy con aquellos / que siembran gozo y pan en la mañana / aunque la mies más alta dure un día. / / Los hombres lloran: lloraré con ellos; / seré su voz, la luz en su ventana. / Después, no sé. La muerte ya no es mía.
   
 
    
Jesús de Nazaret  /  (Dios hijo)  /  Cielo
 
Perdona que te escriba. De seguro / no harás cuenta de mí. Soy poca cosa. / Segundo López Sánchez, carpintero, / casado, con mujer y cinco hijos. / Trabajo en un taller. (Y las chapuzas.) / Soy uno de tus pobres. Pero ocurre / que ya no tengo fuerzas ni paciencia. /
 
Señor; mejor que bajes y lo veas. / Yo soy de pocas letras, mas decían / que fuiste del oficio cuando mozo. / No sé cómo andaría en aquel tiempo / lo de vivir del tajo y ser un pobre, / pero lo que es ahora es un milagro / mayor que el de los panes y los peces / poner algo en la mesa y repartirlo / para que llegue a todos. Haz la prueba. /
 
Ven a carpintear entre nosotros / y vive del jornal. Sudarás sangre / como en el huerto. Y sal por los caminos / y ponte a predicar como solías / contra los fariseos y repite / aquellos de los ricos y la aguja, / y echa a los mercaderes de la iglesia, / y a ver qué pasa. Y resucita a un muerto / de los prohibidos, y habla del reparto / y di que den lo suyo a quien lo gana. /
  
Si no te crucifican como entonces / es porque ahora, apenas se abre el pico / te hacen callar. Bonita está la cosa. / Señor, ven a ayudarnos, por tu Madre. / Que no digan ni Cristo lo remedia. / Que no somos tan malos como dicen. / Pero es ya mucho machacar el hierro. / Luego se pone al rojo y se arma una, / y, en fin, no canso más, tú te harás cargo. / De obrero a obrero te lo pido y firmo: / tu humilde servidor, / Segundo López
 
(del ‘Víspera de la vida’, 1951)
     
 
REBELIÓN
 
Serán las madres las que digan: Basta. / Esas mujeres que acarrean siglos / de laboreo dócil, de paciencia, / igual que vacas mansas y seguras / que tristemente alumbran y consienten / con un mugido largo y quejumbroso / el robo y sacrificio de su cría. / / Serán las madres todas rehusando / ceder sus vientres al trabajo inútil / de concebir tan sólo hacia la fosa. / De dar fruto a la vida cuando saben / que no ha de madurar entre sus ramas. / No más parir Abeles y Caínes. / Ninguna querrá dar pasto sumiso / al odio que supura incoercible / desde los cuatro puntos cardinales. / /
 
Cuando el amor con su rotundo mando / nos pone actividad en las entrañas / y una secreta pleamar gozosa / nos rompe la esbeltez de la cintura, / sabemos y aceptamos para el hijo / un áspero destino de herramienta, / un péndulo del júbilo a la lágrima. / Que así la vida trenza sus caminos / en plenitud de días y de pasos / hacia la muerte lícita y auténtica, / no al golpe anticipado de la ira. / /
 
¿Por qué lograr espigas que maduren / para una siega de ametralladoras? / ¿Por qué llenar prisiones y cuarteles? / ¿Por qué suministrar carne con nervios / al agrio espino de alambradas, / bocas al hambre y ojos al espanto? / / ¿Es necesario continuar un mundo / en que la sangre más fragante y pura / no vale lo que un litro de petróleo, / y el oro pesa más que la belleza, / y un corazón, un pájaro, una rosa / no tienen la importancia del uranio?  
 
(en ‘El grito inútil’, 1952)
  
  
LA ROSA INCÓMODA
  
A esto nada menos hemos llegado, amigos, / a que una fresca rosa nos lastime la mano. / / La tengo. Es inaudito. Es realmente una rosa. / Tan bella y delicada. / Oh, demasiado bella y delicada / para llevarla en triunfo por la calle, / para ponerla al lado de un periódico / para alternar con tanto futbolista / o viajar en las sucias apreturas del metro. / /
 
¿No veis? Es tan absurdo. Es casi un compromiso. / No sé qué hacer con ella. / Me nació. Y es tan mía que no puedo dejarla / marchitarse en la sombra de mi alcoba sin lluvia / ni meterla en asfalto / ni atarla en la veleta de cualquier rascacielos / ni echarla por la boca de alguna alcantarilla. / /
 
Y no puedo tampoco, tan viva y tan brillante,
/ prendérmela en el pecho, / igual que si llevara / mi corazón desnudo a los ojos extraños. / No sería decente. / Y menos colocarla en mis cabellos. / (Son ya grises, amigos). Bastante me he arriesgado / publicando mis años sin quitar una fecha / y mis largos poemas con la sangre en los bordes. / /
 
Lo confieso: me encanta contemplarla a hurtadillas,
/ tan tierna e inocente como antes de la culpa. / Como antes de esta paz y aquella guerra, / como antes de tan lindos sonetos a la rosa. / Tan clara y evidente como en los días santos / cuando las rosas iban con el hombre / sintiéndose seguras, / y el laurel y el olivo prosperaban en casa, / y era cosa admitida / que las aves bajaban a cantar sobre el hombro / de cualquier transeúnte. / Sí, me gusta mirarla, pero siento vergüenza. / Temo encontrarme con cualquier conocido. / ¿Cómo estás? Muy bien, gracias. ¿Y esa rosa? ¿Esa rosa?
 
(de ‘Belleza cruel’, 1958)
 
        
CREO EN EL HOMBRE
 
Porque nací y parí con sangre y llanto; / porque de sangre y llanto soy y somos, / porque entre sangre y llanto canto y canta, / creo en el hombre. / / Porque camina erguido por la tierra / llevando un cielo cruel sobre la frente / y el plomo del pecado en las rodillas, / creo en el hombre. / / Porque ara y siembra sin comer el fruto / y forja el hierro con el hambre al lado / y bebe un vino que el sudor fermenta, / creo en el hombre. / /
 
Porque se ríe a diario entre los lobos / y abre ventanas para ver los pinos / y cruza el fuego y pisa los glaciares, / creo en el hombre. / / Porque se arroja al agua más profunda / para extraer un náufrago, una perla, / un sueño, una verdad, un pez dorado, / creo en el hombre. / / Porque sus manos torpes y mortales / saben acariciar una mejilla, / tocar el violín, mover la pluma, / coger un pajarillo sin que muera, / creo en el hombre. / /
 
Porque apoyó sus alas en el viento, / porque estampó en la luna su mensaje / porque gobierna el número y el átomo, / creo en el hombre. / / Porque conserva un cajón secreto / una ramita, un rizo, una peonza / y un corazón de dulce sus letras, / creo en el hombre. / / Porque se acuesta y duerme bajo el rayo / y ama y engendra al borde de la muerte / y alza a su hijo sobre los escombros / y cada noche espera que amanezca, / creo en el hombre.  
 
(del ‘Toco la tierra. Letanías’, 1962)
  
    
Niño-dios  /  (Villancico para cantar / cualquier día del año.)
 
Tenemos que ir a verle. / Él es un niño-dios. / / Nació en la casa apuntalada. / (No es Navidad en las iglesias.) / Él es un niño-dios. / / Su padre gana poco y bebe mucho. / (Las varas no florecen en su mano.) / Él es un niño-dios. / / Su madre va por las esquinas. / (Jamás ha visto ningún ángel.) / Él es un niño-dios. / / No tiene cuna ni pesebre, / no hay buey ni mula. (Sólo un gato.) / Él es un niño-dios. / /
 
No irán pastores a adorarle. / No habrá presente de los Magos. / (Falta la estrella que los guíe.) / Él es un niño-dios. / / Hay mil Herodes que lo acechan, / no hay un Egipto que lo acoja. / La cruz le espera a cada paso. / Él es un niño-dios. / / Nació en la casa apuntalada, / es feo, triste y malpocado. / Pero tenemos que ir a verle; / besar sus pies desnudos / (acaso nos perdone nuestras culpas), / porque es un niño-dios.
 
(en ‘Cuentos tontos para niños listos’, 1979)
    
     
Nadie sabe
   
Abre tus ojos anchos al asombro / cada mañana nueva y acompasa / en místico silencio tu latido / porque un día comienza su voluta / y nadie sabe nada de los días / que se nos van y luego se deshacen / en polvo y sombra. Nadie sabe nada. / / Pisa la tierra, vierte la simiente, / coge la flor y el fruto: sin palabras, / pues nadie sabe nada de la tierra / muda y fecunda que, en silencio, brota, / y nadie sabe nada de las flores / ni de los frutos ebrios de dulzura. / /
  
Mira la llamarada de los árboles,
/ bebiéndose lo azul: contempla, toca / la piedra inmóvil de alma intraducible / y el agua sin contornos que camina / por sus trazados cauces, ignorándolos. / Sueña sobre ellos. Sueña, sin decirlo. / Pues nadie sabe nada de los árboles / ni de la piedra ni del agua en fuga. / /
 
Mira las aves altas, desprendidas,
/ limando el sol al golpe de sus alas; / toma del aire el trino y el gorjeo, / pero no quieras traducir su ritmo, / pues nadie sabe nada de los pájaros. / / Mira la estrella, vuela hacia su altura, / toma su luz y enciéndete la frente, / pero no inquieras del remoto arcano / pues nadie sabe nada de la estrella. / /
 
Besa los labios y los ojos; goza
/ la carne del amante sazonada / secretamente para ti; acomete / con decisión humilde la tarea / del imperioso instinto: crece en ramas / mas nada digas del tremendo rito / pues nadie sabe nada de los besos, / ni del amor ni del placer, ni entiende / la ruda sacudida que nos pone / al hijo concluido entre los brazos. / /
 
Clama sin grito, llora sin estruendo
/ pues nadie sabe nada de las lágrimas. / / Vete a hurtadillas, con discreto paso. / Traspasa quedamente la frontera. / Pues nadie sabe nada de la muerte.
   
(de ‘Canciones para todo el año’, 1984)
   
 
 

martes, 12 de diciembre de 2017

"Y no inútilmente..." J. Ángel Valente: 'que la palabra sólo sea verdad, en el borde de la luz'

      
Ayer celebramos un singular homenaje poético en la otrora popularísima "Casa de Fieras" del madrileño Parque de Buen Retiro, que ahora ya nos funciona como Biblioteca municipal 'Eugenio Trías', feliz mente...

A continuación se recogen palabras del orador Félix Recio Palacios accesibles por otra parte -como las otras de su compañero ateneísta, y también para esta ocasión en el estrado, Antonio Chazarra- mediante páginas culturales que, digitalizadas, habían publicado sus 'Entreletras': 
 
 
Pertenece a cierta estirpe de poetas que descienden hasta las sombras, como forma de alcanzar la luz, Valente. Al igual que Homero, Virgilio o Dante. En su segundo libro 'Poemas a Lázaro' o en el poema 'Eneas, hijo de Anquises, consulta a las sombras' del libro 'Interior con figuras’:
  
'Aquí está el límite / Ya nunca, / Oscuros por la sombra bajo la noche sola, / Podríamos volver / Pero no cedas, baja / Al antro donde / Se envuelve en sombras la verdad / Y bebe / De bruces, como animal herido, bebe su tiniebla / Al fin'.
  
El título de este artículo pertenece a un verso del poema 'Limite', del libro 'El Inocente', o sea: 'Qué oscuro el borde de la luz / Donde ya nada / Reaparece'.
  
Poética del Límite, Borde, Umbral, Frontera, Cerco: cernir el vacío como condición de la palabra poética. La luz, metáfora donde la palabra se dirige, quedándose en el borde, sin cruzar el cerco.
  
María Zambrano, en su libro 'Algunos lugares de la poesía', dirá 'una luz remota esclarece la poesía de José Ángel Valente... no haciendo sospechar de inmediato que viene de una herida'; y también a propósito del poeta: 'todo método depende de la luz y si alguien la recibió solo un instante, aunque fuese para perderla, se quedará ella ya indeleble'.
  
'La luz remota' es ¿hacia dónde la palabra se dirige o desde dónde la palabra parte? Pues en Valente, el origen y el final se intercambian 'Nací viscosamente pegado a los residuos de mi vida' (ver ‘El inocente), momento del nacimiento o imagen de un final, la biografía como biografía de restos.
  
Heidegger, en su artículo 'La cosa' del libro 'Ensayos y conferencias' pone como ejemplo de La Cosa, el vacío que crea el alfarero al crear el hueco de la jarra al modelar sus bordes.
 
El poema el 'Cántaro' de Valente está próximo a la temática del vacío de Heidegger, 'pues la matriz de la creación es la nada o, dicho de otro modo, la creación de la nada es el acto que precede a toda creación'. En este poema, Valente dice:

'... El cántaro que tiene la suprema / Realidad de la forma / Creado de la tierra / Para que pueda el ojo / Contemplar la frescura / El cántaro que existe conteniendo / Hueco de contener se quebraría / Inánime. Su forma / Existe solo así / Sonora y respirada / El hondo cántaro / De clara curvatura / Bella y servil / El cántaro y el canto':
 
No obstante, hay una diferencia entre Heidegger y Valente. Para Heidegger, la cosa es un mero vacío, un límite de la representación, el custodio del ser frente a lo ente. Para Valente, en cambio, es el lugar del canto.
 
El vacío más que ontológico es material 'sonora', 'respirada', 'se quebraría'. Hará referencia, al cuerpo, al dolor de existir, al barro y lo germinal de la proto-palabra. Así en 'Fragmentos de un libro futuro':
  
'Formó / De la tierra y de la saliva un hueco, el único / Que pudo al cabo contener la luz / Vacío / No tener / No sentir el calor de tu cuerpo'.
 
 
Valente, se dirige a lo real, lo real de la realidad, pues 'oscura es la naturaleza del canto'. El fondo está vinculado con 'lo oscuro': 'aguas', 'limos', 'sustancias viscosas', 'peces', 'branquias', 'serpientes'. Invasión de la superficie por las formas reptantes del fondo. Hay una resonancia entre el inconsciente real (el inconsciente real es la pulsión) y esta caracterización del fondo.
  
Homología, de Valente con La Cosa, el Das Ding, de Lacan 'centro vivo, incandescente, que aspira' y el horror que se insinúa. En 'El fin de la edad de plata', Valente, escribe: 'Nadaba en aceite un pez enorme. Tenía un ojo solo, el otro, sumergido, abrasado, chirriaba. Lo miraste. Era tiempo de huir'; y en 'Tres lecciones de tinieblas', también, 'musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos del fondo y no del sueño o de los sueños sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan' el mundo de lo informe.
 
En el poema 'El vino', del libro 'El dios del lugar', el dios aparece ligado a la muerte. La muerte como fondo de la vida 'Beber la ceniza hasta las heces' y frente a ese fondo la escritura es cercanía y distancia, de forma simultánea, respecto a La Cosa.
  
El borde, en un sentido topológico, no discrimina un lado u otro de una superficie. Límite que conjuga un exterior y un interior en continuidad. Lógica paradójica, donde lo uno comunica con lo otro. La Banda de Moebius o el 'lo estimo' de Lacan.
 
La escritura en Valente, al igual que el inconsciente tiene una estructura de borde, pues no hay contradicción entre los términos, en la escritura de Valente un término se puede transformar en su opuesto. En el libro 'Nadie':
  
'Entrar ahora en el poniente / Ser absorbido en luz / Con vocación de sombra'.
  
El primer libro de Valente, 'A modo de esperanza', se abre con los siguientes versos, del poema 'Serán ceniza':
 
'Cruzo un desierto y su secreta / Desolación sin nombre'
  
 
En estos primeros versos de su primer libro se ha considerado que está el núcleo de su obra, siendo ésta un desarrollo de lo que aquí está ya poetizado: nombrar lo que no tiene nombre.
 
Heidegger dirá en 'El habla del poema' en su libro 'Del camino al habla'. 'El lugar es el lugar de un decir poético, el decir de un poeta permanece en lo no dicho. Ningún poema individual lo dice todo, cada poema habla desde la totalidad del Poema único, que permanece por decir'.
 
Lugar del canto: la voz y el dolor. Dolor existencial con el quevediano 'serán ceniza' y la voz que surge de 'un desierto sin nombre'. Voz que surgirá también de la noche, en el libro 'No amanece el cantor'.
 
'La noche', 'el desierto', 'la luz', 'la sombra', formas de poetizar lo no dicho. Formas en que la voz declina lo indecible.  
 
Valente recogerá la siguiente cita de Lezama Lima 'la luz es el primer animal visible de lo invisible'.
 
'En las palabras de la tribu' Valente, opondrá el lenguaje poético al lenguaje referencial. La poesía como conocimiento a la poesía como comunicación. Pues la poesía es una palabra insumisa en contra de los sentidos instituidos o cristalizados.
 
Lo propio de la palabra poética no es la significación, sino la significancia, una palabra no determinada por el referente, sino indeterminada. 'El punto cero' de la poesía de Valente es el lugar de la indeterminación del sentido.
 
José Miguel Ullán, en su artículo 'La luminosa opacidad de los signos', dirá 'El lenguaje poético: es destrucción, metamorfosis, generación, las oposiciones en Valente: luz/sombra, vida/ muerte, amor/odio, exilio/reino... se metamorfosean la una en la otra, destruyéndose mutuamente. Reversibilidad de la palabra, agujero, vacío de la palabra.'
 
El uso que hace Valente del fragmento, tanto en 'Treinta y siete fragmentos', como en 'Fragmentos para un libro futuro', tiene que ver con destituir el sentido, pues el fragmento hace corte, corta el sentido.
 
El punto cero del lenguaje es el lugar de la indeterminación de la palabra, lenguaje como germen, como posibilidad del sentido. Más allá del sentido, la palabra poética se ocupará (en ‘Tres lecciones de tinieblas) del 'oscuro barro de los sueños inconscientes'.
 
La palabra poética dirigida hacia la materia, a lo que la antecede: voz, ritmo, limo, germen, cuerpo, sexo. Erótica de la escritura y la palabra como una 'oscura luz del engendramiento'..
 

  
'Escribir es como la segregación de las resinas, no un acto, sino una lenta formación natural' (en ‘Mandorla).
 
'Con las manos se forman las palabras / Con las manos y en su concavidad / Se forman corporales las palabras / Que no podíamos decir'.
 
'Cima del canto / El ruiseñor y tú / Sois lo mismo'.
 
La poesía como conocimiento, es una poesía más allá del yo, hacia el pensamiento del afuera (Blanchot). No hay un uso instrumental del lenguaje, sino que el poeta sirve al lenguaje, la escritura poética es un desposeerse; de ahí su confluencia con la mística.
  
El yo desposeído, como otro, como un tú. El cantor frente al autor. Pájaro solitario, 'el silencio como resultado, donde la palabra al fin se encuentra'. Valente tiene en común con la modernidad la preocupación por el lenguaje y la búsqueda de una palabra poética insumisa, no colonizada. El poetizar como objeto poético, siendo 'la cortedad del decir' un dirigirse hacia los límites, hacia lo imposible de decir. Poesía 'retraída' entre la ante-palabra y el silencio
  
 
Los últimos libros de Valente se hacen más graves; a el tono elegíaco en 'El fulgor' le siguen libros escritos desde la otra orilla, desde el mundo de las sombras; lo traumático de la muerte del hijo y el avance de su enfermedad dan lugar a una escritura melancolizada, hermosísima y de gran profundidad. Textos que dan razón a 'Duelo y melancolía' de Freud; en donde, ante la pérdida, el sujeto se pierde con lo perdido. Cenit del desposeimiento.
 
'Quedar / En lo que queda / Después del fuego / Residuo solo' y, también, 'Se llena a veces el mundo de tristeza / Los armarios de luna con la imagen de un niño / Navegan en la noche'.
 
José Ángel Valente tradujo a su admirado Paul Celan: escribió, éste, 'dice verdad quien dice sombra'; y Valente, ya muy enfermo, sobre una hermosa fotografía de Manuel Falces dejó escrito 'Para siempre la sombra'.
 
[Félix Recio, psicoanalista y Profesor titular para Universidad Complutense: "José Ángel Valente, en 'el borde de la luz'..."]
 
 

martes, 5 de diciembre de 2017

Sobre crítica del Patriarcado y el Empleo desde Feminismo solo (para Élite, o sea) “de Género”


El último número 22 del 'Argumentos Socialistas' nos ha planteado un polémico textículo -"A Fondo", de Mesa Gª- que merecerá la pena considerar:

 
La Filosofía de la Historia pretende más que un estudio de la misma. Ésta descri­be los hechos y busca darles una explicación en su contexto. Sin embargo, la Filosofía de la Historia busca encontrar alguna causa co­mún o última entre todos los hechos y, por lo tanto, encontrar el fundamento último del desarrollo histórico.

Este artículo trata sobre una Filosofía de la Historia. En concreto, busca analizar la Teo­ría del Patriarcado. Y pretendemos dos cosas.

* En primer lugar, refutar esa teoría...

* Y seguido, demostrar cómo existe un Fe­minismo de/por Élite, cuya finalidad social y última es defender los intereses de las mujeres que forman parte de la oligar­quía, creando para ello una ideología en su entorno.
 
Refutación de la teoría del patriarcado

Entendemos por Teoría del Patriarcado la explicación que defiende que en la Histo­ria siempre ha existido un gobierno de los hombres sobre las mujeres, de forma inter­clasista, y que dicha situación es la expli­cación última del desarrollo histórico. Es decir, la división fundamental de la socie­dad sería que los hombres conformarían un grupo social dominante por su sexo frente a las mujeres dominadas. Este hecho, además, sería la causa última del proceso histórico y explicaría lo ocurrido en la Historia como una permanente lucha no ‘de clases’, como di­ría el clásico, sino ‘de género’ (masculino-fe­menino).
  
Así, del mismo modo que la Filosofía de la Historia de la izquierda situó en la propie­dad, desde Rousseau, la causa última de los hechos históricos y luego afinó en las rela­ciones de producción con Marx, la Teoría del Patriarcado pretende explicar la Historia como un conflicto permanente de sexos. De esta forma, el machismo como fenómeno social se explica en la Teoría del Patriarcado ya no como consecuencia sino como la cau­sa de todo el proceso histórico: los hombres oprimen y son oprimidas ‘las mujeres’.

Es evidente que las mujeres han es­tado discriminadas, pero la Teoría del Patriarcado va más allá

Comencemos por analizar si la Historia puede explicarse de acuerdo con la Teoría del Patriarcado. Resulta evidente que las muje­res han estado discriminadas y han tenido menos derechos, y por lo tanto debemos admitirlo como una realidad histórica. Pero este hecho por sí solo no da la razón a la Teoría del Patriarcado, sino que ésta sólo se­ría verdadera si dicha dominación fuera cau­sa última, no sólo de sí misma, sino también de todos los demás fenómenos históricos. Es decir, si ser hombre o mujer era más relevan­te socialmente que pertenecer a un grupo social económico o a otro.

Y aquí es donde entra el problema. Pues si bien el poder, en su extensión más amplia posible, ha sido desigualmente repartido entre hombres y mujeres, sin embargo, de ser cier­to el Patriarcado, no debería haber hombres sin poder social ni mujeres con él. Y tampoco situaciones sociales objetivas, no excepciona­les, en que haya mujeres con más poder que hombres. Y, sin embargo, esto ha sido así en todos los momentos de la historia, al menos desde la aparición de la agricultura. Las aris­tócratas estaban por encima de los esclavos o de los plebeyos y las burguesas por encima de los obreros. Por tanto, no puede ser el Pa­triarcado la causa última del proceso históri­co, sino una consecuencia, en todo caso, y del mismo modo como lo sería, por ejemplo, la desigualdad económica o cultural.
  
Pero ¿negamos entonces que las mujeres ha­yan estado en una posición social por debajo de los hombres? No, en absoluto ¿Entonces por qué hay machismo? ¿Cuál sería la causa última de la diferente distribución de poder entre hombres y mujeres?

Ya hemos señalado que no podría ser el Pa­triarcado pues eso implicaría que la división social se hubiera hecho siempre sobre la base sexual y no resulta cierto. Por lo tanto, si creemos que debe haber una causa última, es decir: si defendemos una Filosofía de la Historia, tiene que ser otra. Y tiene que ser una que permita explicar como una de sus consecuencias el diferente trato dado a mu­jeres y hombres y, a su vez, por qué en la ac­tualidad existe menos desigualdad que nunca.

Si como causa última de la His­toria situamos la producción económica, tal y como el marxismo hace, podríamos explicar am­bos problemas.
  
En primer lugar, la posesión de los medios de producción divide la sociedad en grupos sociales desiguales: los que los poseen y los que no. Lógicamente, tienen mayor poder los que los poseen y menos poder los que están desposeídos. Y eso explica la estratificación social objetiva en grupos que, de acuerdo con su posesión sobre los medios de producción, tienen más o menos poder social.

Ahora bien, ¿qué nos explicaría el que para una mis­ma clase social las mujeres resulten perjudi­cadas sistemáticamente, y no de forma in­dividual? ¿Acaso eso puede explicarlo esta causa última?

Esto también se podría explicar convincen­temente. Si vemos la historia de los distin­tos sistemas productivos, veremos cómo en ellos (a excepción del Capitalismo, que por esto será tan importante en la liberación de la mujer) la producción material ha sido la característica fundamental del sistema pro­ductivo. A su vez, esta producción tenía como elemento básico la fuerza de trabajo humano explotada por la limitación de la tecnología. Y aquí es donde aparece el ma­chismo. Habiendo dimorfismo sexual en la especie humana, el hombre es mayor y más fuerte muscularmente hablando que la mu­jer, el resultado es que su fuerza de traba­jo se apreciará más que la de la mujer, que quedaba relegada a funciones reproductivas y de intendencia.

  
No se trataba por tanto de un machismo como causa, sino como consecuencia del trabajo explotado por la forma de relación económica. Así, la mano de obra explotada era masculina por su mayor fuerza física, y era ésta la causa de que los hom­bres fueran más apreciados que las mujeres, del mismo modo que se seleccionaban las plantas en la agricultura, los mejores especí­menes en la ganadería o se mata a los pollos y no a los pollos hembra –es que ponerlo en femenino quedaba feo…–. En definitiva, los hombres eran los preferidos para ser ex­plotados y por eso, paradójicamente, tenían mayor relevancia social.
 
De tal forma -y resumimos estas partes- el Patriarcado es falso pues no existió un sistema basado en la explotación siste­mática de los hombres, nunca; lo que implicaría al universal masculino, sobre las mujeres. En vez de eso, fue la desigualdad en la propie­dad de los medios de producción la causa última del desarrollo histórico. Y como tal, el machismo y la desigualdad de las mujeres es una consecuencia de aquel.
  
CApitalismo y liberación de la mujer

Pero hay más hechos que falsifican la Teoría del Patriarcado y afirman la preeminencia de la producción como causa última. Y el fundamental es la relación entre el presunto Patriarcado y el desarrollo del Capitalismo. Fuera de toda duda, el Capitalismo ha sido el sistema económico bajo el cual ha habido una mayor liberación de la mujer. La pre­gunta, de ser cierta la Teoría del Patriarcado, es por qué esto ha sido así si la causa última es el dominio de los hombres sobre las mu­jeres, pues en el Capitalismo sigue habiendo hombres y mujeres.

Si analizamos la historia de acuerdo con el desa­rrollo de las fuerzas productivas, tal y como hemos defendido aquí, resulta posible e in­cluso sencillo explicar el motivo por el cual el Capitalismo ha liberado a la mujer. Esto se debe a una serie de factores.

Bajo el Capitalismo, la mujer consi­gue ser explotada en igualdad con el varón ­ ­
  
En primer lugar, el desarrollo del Capitalis­mo implica la Revolución Industrial y con ella la aplicación de la tecnología al proce­so productivo. Esto conlleva que la fuerza física bruta de los seres humanos no resul­te indispensable para la inmensa mayoría de los trabajos puesto que es sustituida por la tecnología. Por este motivo, la mujer se puede incorporar de una forma masiva a la producción económica, pues la fuerza física ya no es requerida para el trabajo. Y su con­secuencia es que, al situarse en un plano de igualdad en la explotación económica como fuerza productiva, la mujer tienda a escalar socialmente hacia el puesto de los mismos hombres explotados: igualdad en la explota­ción es igualdad social.
  
En segundo lugar, el Capitalismo ya no solo crea una producción de nuevos objetos físi­cos sino que, a través del consumo, genera la conversión de la propia vida humana, tan­to en el tiempo de trabajo como en el ocio, en producción de beneficio. Para desarrollar esta producción ya sólo es necesaria una ca­pacidad económica. Y para poseer esta, a su vez, es indiferente el sexo biológico, pues se trata de una abstracción social. Así, no prima el sexo ya en las producciones.

Por último, la unificación entre el desarrollo tecnológico y la creación de un mercado absoluto en todos los mo­mentos de la vida lleva a dos aspectos fun­damentales de la liberación de la mujer que deben ser re­señados, aunque parezcan muy simples. Por un lado, la aparición de los elec­trodomésticos, que permite a la mujer dejar a un lado lo que hasta ahora había sido su tarea prioritaria en la división social del trabajo. A su vez, la creación de la educación obligatoria les permite liberarse parcialmente de la crian­za de los niños facilitando su presencia en el mercado de trabajo.

Y en fin, la revolu­ción sexual con los métodos anticonceptivos le permite manejar su propia reproducción, con lo que es capaz de planificar su vida de acuerdo con las condiciones sociales de produc­ción. Todo ello lleva a que el sexo femenino adquiera un nuevo protagonismo social en la producción económica, y que solo la (in)cultura machista, todavía presente como residuo del pasado, le impida alcanzarlo en su vida diaria y concreta.
  
De esta manera, y no paradójicamente, en el Capitalismo está el triunfo definitivo de la liberación de la mujer, pues en él ya es absolutamente despreciable la pertenencia a un sexo o a otro en la relevancia productiva y de poder. Así, el Capitalismo libera a la mujer en cuanto a su discriminación sexual, aunque no como ser humano en su explota­ción absoluta.

Efectivamente, el feminismo que adopta el discurso de la Teoría del Patriarcado tie­ne que reconocer que con el Capitalismo aquél ya no se produce; y que de hecho, cada vez con mayor frecuencia, las mujeres ocupan los cargos que hasta ahora merced a la división social del trabajo se reservaban a los hombres. Por lo tanto, el Capitalismo significaría el fin del Patriarcado y, de acuer­do a esto, el 'final feliz' de la historia...

Feminismo de élite

Y es ahí donde surge lo que nosotros de­nominamos como feminismo de élite. No cabe duda de que la igualdad de la mujer es un derecho social por el cual hay que lu­char, pues todavía no se ha conseguido. Del mismo modo, hay que luchar por la igual­dad de derechos del colectivo homosexual, contra el racismo o de cualquier otro grupo injustamente tratado. Pero estas luchas no significan necesariamente que sean luchas de contenido revolucionario, pues resulta evidente que una sociedad capitalista, y cada vez se está dando más, pueda ser absoluta­mente no racista, que defienda los derechos de los homosexuales o, también, que realice una absoluta igualdad entre hombres y mu­jeres. Y esto es así porque en el Capitalismo no existe un solo elemento determinante desde su producción económica para estas dife­rencias, pues para él todos los seres humanos son mercancías que solo sirven para la pro­ducción de beneficio, dando igual su indivi­dualidad.
  
Pero ¿a qué llamamos feminismo de élite? El feminismo de élite es el defendido por sectores femeninos socialmente dominan­tes y que pretende aumentar su poder ale­gando para ello un discurso feminista. Lo llamamos de élite porque su objetivo últi­mo es que ciertas mujeres que ya están en la oligarquía social, incrementen su poder en las grandes empresas o en los movimien­tos sociales y políticos o en la universidad, defendiendo supuestos reclamos feminis­tas, como las cuotas, que solo les importan y benefician a ellas. E igualmente, porque este movimiento feminista oligarca olvida los problemas reales que actualmente tienen las mujeres en su camino hacia la igualdad en la vida cotidiana, como por ejemplo, y por poner el caso más evidente, la mater­nidad y el cuidado de los hijos en relación al desarrollo laboral, preocupándose más del lenguaje inclusivo y de descubrir a la ultimí­sima pensadora olvidada para multiplicar sus publicaciones.
  
Ciertas mujeres, que ya pertenecían a la oligarquía social, han incremen­tado su poder, mientras se ignoran los problemas reales de muchas mu­jeres en su camino hacia la igualdad

El feminismo de élite, que es el que está de­trás de todas estas teorías del Patriarcado, busca así adquirir los mismos privilegios que ciertos sectores sociales masculinos, también élite, tienen sobre otros sectores so­ciales tanto masculinos como femeninos. Lo que quiere en realidad es que la oligarquía tenga un 50% de oligarcas ‘y oligarcos’ – obsérvese mi solidario uso del lenguaje in­clusivo–, para con ello entrar en el reparto de la dominación social.

Así, mientras cualquier mujer sabe que corre riesgo de perder su puesto de trabajo al ejer­cer libremente su maternidad, sin embargo lo que ha triunfado socialmente es decir ‘to­dos y todas’ o defender la existencia del patriar­cado (si no ‘heteropatriarcado’)... Es un feminismo de élite porque lo que preten­de no es defender los derechos sociales de la mujer, que todavía siguen siendo vulnera­dos, sino defender a un sector específico de mujeres que pertenecen a un grupo social privilegiado para mantener y aumentar su propio control social y su poder en su ascen­so en la oligarquía social.
 
Pero, además, hay otro factor fundamental para la defensa de este feminismo de élite; y es la creación de un nicho del mercado la­boral exclusivo para este sector oligarca de mujeres.
  
Así cualquier universidad que hoy en día se precie tiene que tener unos estu­dios sobre Género, y cualquiera de estas mu­jeres de la oligarquía puede escribir sus dos libros sobre autoras olvidadas en el tiempo y exigir, con rubor o sin él, con razón o sin ella, su presencia fundamental en la histo­ria. Hipatia compite con Platón o con Aris­tóteles, y una monja medieval, famosa por tener visiones místicas y seguramente un caso psiquiátrico, compite intelectualmen­te con Tomás de Aquino, que por cierto también tenía ‘visiones’ pero no sólo.
 
E igual ocurre en los partidos políticos, sindicatos y movimientos sociales, donde secretarías de igualdad y género desarrollan nichos de promoción social. Y lo importante de todo esto es que no se lucha objetivamente, aunque puedan creerlo ellas, por una igualdad de la mujer; sino para reescribir la historia, y que las mujeres de la élite social tengan una jus­tificación ideológica de su propia existencia como jerarquía dominante, lejos de la pura y dura explotación social.
 
El objetivo es pre­sentarse a sí mismas como esas excepcio­nes brillantísimas que han logrado triunfar en un mundo de hombres. Y mientras que oligarcas ‘y oligarcos’ al 50% se reparten el poder, el resto de la población dice todos y todas cuando en realidad son unos pocos –y sí, seamos inclusivos, pocas– los privilegia­dos que dominan.
   
Una conclusión
La Teoría del Patriarcado no explica en ab­soluto la historia. No existen hombres frente a mujeres, como protagonistas en exclusiva; sino, al me­nos hasta el Nuevo Capitalismo, grupos so­ciales determinados por la posesión o no de los medios de producción.

Además, la Teoría del Patriarcado es un pro­ducto ideológico que pretende legitimar las ambiciones oligarcas de un grupo social concreto, las mujeres de la propia oligarquía. Este feminismo de élite tiene como objetivo último no la lucha por los derechos de la mujer, todavía necesaria, sino sólo su propia pro­moción social.

Y un epílogo

Estaba yo en un instituto, hará ya 15 años, cuando las profesoras más progresistas del centro montaron una exposición: ‘Mujeres en la sombra’, se llamaba. Consistía, y era justo, en destacar el trabajo de las mujeres en el campo de la ciencia y que no había sido reconocido, pero sí el de sus maridos o familiares masculinos. Curiosamente, todas aquellas mujeres olvidadas eran de buena posición social.
   
Así que yo propuse algo, más; y era justo que, tras acabar esa exposición, hiciéra­mos también otra: Servidumbres en la sombra’, donde mostrásemos a todos los criados (mujeres y hombres) que dichas mujeres injustamente ol­vidadas a su vez habían tenido, sin poder destacar nunca en ningún trabajo intelectual.
   
Por lo cual, ellas me miraron y... ‘tú eres un machista dijeron.

(E. P. Mesa: "Crítica del patriarcado y del ‘Feminismo de élite’…")