lunes, 1 de febrero de 2010

'La noche de los tiempos': MEMORIA Histórica (para otro Episodio Nacional), del Madrid 1936

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Un autor que comenzó hacia los 80 -antes del Cambio- con su excelente prosa de bitácoras como ‘Robinsón urbano’ más ‘Diario del Nautilus’ y aquel bien medido relato ‘El invierno en Lisboa’, esto es A. Muñoz Molina, ha dado ahora en escribir su particular (auto)homenaje a Pérez Galdós... Y no le ha salido ya nada menos que un tochito con hasta casi el millar de páginas, en donde podemos encontrar minuciosas evocaciones verídicas respecto a unos meses prebélicos que no estaría de más retener hoy aquí: leyéndolo, por ejemplo, si tan largo menú trágico del nocturno memorial gústase... O yendo, como aperitivos, a unos fragmentos de diálogos escuchables cuando entonces:

(...)
– Los malnacidos se le acercaron por la espalda. Y con su mujer al lado, llevándola del brazo.
– Tiene que ser la ley la que nos defienda, Eutimio.
– No me diga usted también que no vale lo del ojo por ojo y diente por diente. Si nos matan, tenemos que defendernos. Uno de ellos por cada uno de los nuestros. Usted sabe que a mí no se me sube fácil la sangre a la cabeza, pero esto ya parece que no tiene otro remedio.
– Lo mismo dicen los otros.
– Perdóneme que se lo diga, don Ignacio, pero usted no entiende la lucha de clases (...) Los dos somos personas de sangre tranquila, me parece a mí, pero otros que vienen empujando detrás tienen la sangre mucho más recia, y ni en su lado ni en el mío abunda la sensatez.
–¿No estamos en el mismo lado? ¿Hasta en el mismo partido?
– Ya ve cómo nos tiramos a muerte los unos a los otros, dentro del Partido. Abro El Socialista o Claridad y tengo que dejarlos en seguida para no leer las cosas terribles que unos compañeros escriben de los otros. Si gastamos tanta rabia en pelearnos con los nuestros, ¿cuánta nos va a quedar para hacerle frente al enemigo? Hay muy mala sangre, don Ignacio. Las cosechas se pudren en el campo porque este año ha llovido más que nunca y porque los señores prefieren que se pierdan antes que pagar unos pocos jornales. Hay hombres que nacen alimañas y otros que se vuelven así por ansia de tener más o porque los han tratado como alimañas desde que nacieron.

(...) Lo asombroso era que nadie más pareciera darse cuenta de la similitud extraordinaria entre los rituales funerarios de quienes se declaraban enemigos, la celebración exaltada del coraje y del sacrificio, el agrio rechazo del mundo real y presente en nombre del Paraíso sobre la Tierra o del Reino de los Cielos: como si quisieran acelerar la llegada del Juicio Final y odiaran mucho más en el fondo a los incrédulos y a los tibios que a los iluminados del bando enemigo. Después del entierro del policía de escolta de Jiménez de Asúa la multitud que regresaba del cementerio asalta una iglesia que acaba envuelta en llamas; vienen los bomberos a apagar el fuego y son recibidos a tiros; muere un bombero de un disparo y al día siguiente hay otro entierro, esta vez con camisas azules y curas con casullas, con humo de incienso y clamores de rosario. En esos días de mayo, en el mundo remoto de hace sólo unos meses que rememora incrédulamente Ignacio Abel, Madrid es una ciudad de entierros y corridas de toros. Por la calle de Alcalá suben casi cada tarde muchedumbres camino de la plaza de toros o del cementerio del Este. De los cortejos de los entierros y de las masas de la afición taurina se levantan polvaredas idénticas, bramidos igual de sobrecogedores. Al día siguiente de una corrida en la misma plaza se celebra un mitin político y el eco metálico de los altavoces y el de los himnos y los vivas y los mueras llega con igual lejanía al domicilio familiar (...)

– Se ha asustado usted un poco, don Ignacio. Se ha puesto pálido. No era para tanto. Tiene usted que comprender que en este barrio, cuando se ve un coche como el suyo, es que va a pasar algo malo.
–¿Los falangistas?
– O los monárquicos. O los de las Juventudes de Acción Popular. Suben por Santa Engracia a toda velocidad y atropellan al que se ponga delante, y se lían a tiros sin mirar a quién. La semana pasada mataron a una pobre mujer que estaba barriendo la puerta de su casa. La lucha de clases, don Ignacio. Asoman la cabeza por la ventanilla, estiran el brazo y gritan ¡Arriba España! Luego dan la vuelta en Cuatro Caminos y a ver quién los encuentra.

(...) Ahora había carteles de fútbol, de toros y de boxeo pegados a la cal de las paredes, y un gran aparato de radio detrás del mostrador. En la estampa chillona de un almanaque, bajo un letrero que proclamaba ‘¡Feliz 1936!’, la República era una señorita desnuda con un gorro frigio ladeado sobre la cabeza y cubierta apenas con los pliegues de una bandera tricolor que moldeaban sus pechos y descubrían un muslo carnoso de corista o de bailarina de taxi-dancing (...)

–¿No estuvo usted en la manifestación del Primero de Mayo? Desfilaban los socialistas y parecía que estuvieran en la Plaza Roja de Moscú. Banderas rojas con hoces y martillos, retratos de Lenin y de Stalin. Los nuestros sólo se distinguían de los comunistas en que llevaban camisas rojas y no azul celeste como ellos. Ni una sola bandera de la República que pudo llegar porque los socialistas quisimos que viniera, porque los republicanos no eran nada. Pero estos socialistas del Primero de Mayo no daban vivas a la República, sino al Ejército Rojo. Con gran alegría de las derechas, como es de imaginar.
– Es que ya se lo tengo dicho, don Ignacio, la República es muy bonita pero no da de comer.
–¿Y dan de comer las huelgas a tiros y las iglesias incendiadas? (...)
– Eso que dice usted de las leyes está muy bien, pero a estas alturas ya no se lo cree nadie. Dígaselo a los militares sediciosos que no paran de conspirar y a los jueces que sueltan a los pistoleros falangistas que matan obreros.
– ¿Y entonces qué hacemos? ¿Armarnos todos? ¿’Un hombre, una pistola’ en vez de ‘Un hombre, un voto’?
– Lo que podemos hacer yo no lo sé, don Ignacio. A lo mejor el remedio nos lo va a traer la gente más joven que tiene ideales más fuertes que nosotros (...) Mi chico mismo, que nunca rompió un plato, que siempre fue de casa al trabajo y del trabajo a casa, se me hizo el año pasado de la Juventud Comunista. Un disgusto para un padre, pero fíjese que ahora se han unido con las Juventudes nuestras, lo cual me deja más tranquilo. A lo mejor usted y yo nos conformamos con que sea algo mejor este mundo que conocemos, que al fin y al cabo es el nuestro. Pero ellos lo que quieren es traer otro mundo. ¿No ha leído lo que ponen en los carteles? ‘Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones’ (...)
– Las cosas se irán tranquilizando, imagino.
– O no. O se pondrán peor. ¿Oyó usted por la radio el discurso de Prieto en Cuenca el Primero de Mayo? (...) Lo que dijo don Inda, aparte de muchas cosas sensatas y bastante tristes, es que un país puede soportarlo todo, hasta la revolución, pero no el desorden permanente y sin sentido. Claro que para decirlo tuvo que irse a Cuenca...

(...) Abel pensaba, mirando a su alrededor, en el milenarismo primitivo de las revoluciones españolas: tantas iglesias habían ardido en Madrid y sin embargo a nadie se le había ocurrido quemar o ni siquiera asaltar alguna de aquellas elefantiásicas sedes bancarias de la calle de Alcalá, que a él lo sumían en un pavor arquitectónico (...)

– No hay más que salir a la acera del café y mirar a la gente que pasa. Necesitan estar mejor alimentados. Necesitan mejor calzado, tomar más leche de niños para que no se les caigan los dientes. Necesitan tener más higiene y no traer tantos hijos al mundo. Necesitan buenas escuelas y trabajos pagados decentemente, y a ser posible calefacción en invierno. ¿Sería tan difícil de conseguir una organización racional del país que facilitara todo eso? Una vez que todo el mundo coma a a diario, y que haya electricidad y agua corriente saludable, digo yo que sería el momento de ponerse a discutir sobre la sociedad sin clases o sobre las glorias de la raza española, o el esperanto, o la vida eterna, o lo que haga falta. Fíjese que no hablo del socialismo, ni de la emanciapación, ni del fin de la explotación del hombre por el hombre. Yo no hago profesiones de fe, y creo que usted tampoco. Entre peregrinar a Moscú y peregrinar a La Meca o al Vaticano o a Lourdes yo no veo grandes diferencias. Al creyente de una religión lo que más le fastidia no es el creyente de otra, ni siquiera el ateo, sino alguien peor, el escéptico, el tibio (...)
–¿No decía Negrín que en España faltaba seriedad hasta para hacer las revoluciones? (...)
– ‘Esto’. Ni siquiera sabemos qué nombre darle. ¿Leyó usted cómo lo ha llamado Juan Ramón Jiménez? Cuando se ha visto bien seguro en América, eso sí. Una ‘loca fiesta trájica’, eso dice Juan Ramón. El gran triunfo del pueblo. Pero él y Zenobia, por si acaso, se han dado prisa en poner tierra de por medio. ¿Sabe que a él estuvieron a punto de darle el paseo, como decimos todos ahora? Pero, qué vergüenza, cómo se nos contagian las palabras.
–¿A Juan Ramón Jiménez lo iban a matar? ¿Y él de qué podía ser sospechoso? (...)
–¡A don Antonio Machado iba a llevárselo detenido una patrulla porque les pareció que tenía pinta de cura! (...)
– Es admirable que usted siga sin enterarse de nada. La crema de la intelectualidad antifascista se ha instalado en el palacio de los marqueses de Heredia Spínola, que parece ser uno de los mejores de Madrid. Hacen la guerra editando un periodiquillo con poesías revolucionarias y para descansar de sus rigores dan bailes de disfraces usando el vestuario de los marqueses, que no sé si están huidos o difuntos, o los ex marqueses, como hay que decir ahora...

(...) Ignacio Abel divagaba en voz alta sobre la necesidad de que la República favoreciera menos la palabrería literaria y mucho más la ingeniería de caminos, ferrocarriles, canales y puertos (...)


Por tales épocas decíanoslo el buen profesor, Don Antonio Machado: "... de 10 cabezas, en España, 9 embisten y una piensa". Y lo que acaso proceda, hoy, es preguntarnos con respecto a si por ventura se piensa más aquí ya; o si quizás -tan solo- embestirán, ahora, menos...

1 comentario:

  1. Pero terminemos por escucharle aun algo más, su estremecido testimonio, al que narra lo que veía:

    "A la guerra, a los sitios donde de verdad se está expuesto a morir, no van más que los que no tienen más remedio porque los llevan a la fuerza o porque se han creído la propaganda y los han emborrachado con las banderas y los himnos. Todo el que puede se escapa, salvo esos inocentes o esos alucinados que son los primeros en morir o en quedar mutilados o desfigurados (...)

    A algunos no les da tiempo a enterarse ni de que están en el frente. Algunos no llevan ni armas. Se creen que ir a la guerra es ponerse en fila a marcar el paso siguiendo a una banda de música que toca 'La Internacional' o 'A las barricadas'. Ven venir al enemigo y ni siquiera pueden correr porque (...) les dan caza sin la menor dificultad. Igual que cazaran conejos (...)

    No me mires así. No es propaganda enemiga. Yo he visto cómo llevaban por Madrid la cabeza cortada del general López Ochoa. En los partidos de izquierda y en los sindicatos había mucho odio contra él porque mandó las tropas en Asturias el año 1934. El 18 de julio estaba en el hospital militar de Carabanchel porque lo habían operado de algo y a algún valiente se le ocurrió ir a matarlo allí mismo (...)

    Como una máscara de carnaval, o como una de esas cabezas pintadas de cartón. La sangre chorreaba por el palo y al que lo sostenía le llegaba a los codos. Tenía que defenderse de los que se lo querían quitar para llevarlo ellos. Vas a decirme que los otros son mucho peores. No me cabe la menor duda. También he visto lo que hacen ellos. Ellos se sublevaron y ellos tienen la culpa de que empezara la matanza. Ellos merecen perder, pero nosotros hemos cometido tantas barbaridades y tantas estupideces que (...)

    Es ahora, acuciado por sus propias palabras, cuando empieza a darse cuenta de la duración de su silencio, del volumen ingente de lo que ha callado, su proliferación monstruosa, el silencio como un hábito y un refugio y una manera de acomodarse en el mundo y luego transformado en el espacio mismo que lo circundaba, la celda y la campana de cristal en la que ha vivido (...)

    El progreso tangible, el desarrollo metódico y gradual de las invenciones técnicas (...) que había discutido tantas veces con Negrín, la buena alimentación, la leche diaria en las escuelas para fortalecer los huesos de los hijos de los pobres, las viviendas espaciosas y aireadas, la educación higiénica para que las mujeres no se cargaran de hijos. Ningún otro sueño había resultado más insensato; el sentido común era la más desacreditada de las utopías (...)

    La República había venido no gracias a ninguna conspiración sino al impulso natural de las cosas, en virtud del cual la monarquía era una antigualla tan decrépita como el cinema mudo o como los carretones de los arrieros que fueron barridos de la Cava Baja por la irrupción de los camiones (...)

    Pero ahora Madrid, cuando caía la noche, era más oscuro y más peligroso y más deshabitado que un bosque medieval y los seres humanos actuaban como chacales, como hordas primitivas armadas no de palos o hachas sino de fusiles..."

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