viernes, 20 de noviembre de 2020

El h@mbre acecha... llamo al toro de España... ¡Hay c@s@s ante l@s que no cabe Abstención!


   
EL ANIMAL INFLUYE SOBRE MÍ con extremo, 
la fiera late en todas mis fuerzas, mis pasiones. 
A veces, he de hacer un esfuerzo supremo 
para acallar en mí la voz de los leones.

Me enorgullece el título de animal en mi vida, 
pero en el animal humano persevero. 
Y busco por mi cuerpo lo más puro que anida, 
bajo tanta maleza, con su valor primero.

(...)

Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos 
donde la vida habita siniestramente sola. 
Reaparece la fiera, recobra sus instintos, 
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.

Arroja sus estudios y la sabiduría, 
y se quita la máscara, la piel de la cultura, 
los ojos de la ciencia, la corteza tardía 
de los conocimientos que descubre y procura.
  
  

(...)

Yo no tengo en el alma tanto tigre admitido, 
tanto chacal prohijado, que el vino que me toca, 
el pan, el día, el hambre no tenga compartidos 
con otras hambres puestas noblemente en la boca.

Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera 
hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente. 
Yo, animal familiar, con esta sangre obrera 
os doy la humanidad que mi canción presiente...
   
  


ALZA, TORO DE ESPAÑA: levántate, despierta.
Despiértate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

Despiértate.
Despiértate del todo, que te veo dormido,
un pedazo del pecho y otro de la cabeza:
que aún no te has despertado como despierta un toro
cuando se le acomete con traiciones lobunas.

Levántate.
Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,
enarbola tu frente con las rotundas hachas,
con las dos herramientas de asustar a los astros,
de amenazar al cielo con astas de tragedia.

(...)  

Desencadénate. 
Desencadena el raudo corazón que te orienta
por las plazas de España, sobre su astral arena.
A desollarte vivo vienen lobos y águilas
que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.

Yérguete.
Es como si quisieran arrancar la piel al sol,
al torrente la espuma con uña y picotazo.
No te van a castrar, poder tan masculino
que fecundas la piedra; no te van a castrar.

Truénate.
No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás
si no es para escarbar sangre y furia en la arena,
unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas
abalanzarse luego con decisión de rayo.

Abalánzate.
Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,
y en el granito fiero paciste la fiereza:
revuélvete en el alma de todos los que han visto
la luz primera en esta península ultrajada.
  
   

(...)  

Revuélvete.
Partido en dos pedazos, este toro de siglos,
este toro que dentro de nosotros habita:
partido en dos mitades, con una mataría
y con la otra mitad moriría luchando.

Sálvate.
Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
Atorbellínate, toro: revuélvete.
Sálvate, denso toro de emoción y de España...

               Miguel Hernández (1938)
   

"... ¿Quién sería, una persona: qué ha logrado? Sin seguir fiel a sí mismo nada tiene, ya. Decir lo que se siente, de veras, y no... repetir las palabras de quien se arrodilla..."

domingo, 15 de noviembre de 2020

Cosa por su nombre: 'dictadura constitucional'




"Durante la última de las sesiones de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados, alguien le mencionó la bicha a Pedro Sánchez aludiendo a la “dictadura constitucional”. La reacción del presidente evidenció su ignorancia supina en la materia jurídico-política cuando le espetó al diputado interpelante que 'de ninguna manera una dictadura podía ser constitucional por existir una contradicción entre ambos dos términos'. 

Tal vez él lo crea así, pues no parece percatarse de que, en su último decreto de alarma, lo que verdaderamente ha establecido es una dictadura constitucional que acaso pudiera servir al propósito de atajar la epidemia de coronavirus –aun cuando nada lo garantiza–, pero lo que sí es seguro es que nos cercenará algunas de las libertades y derechos fundamentales de los españoles.

Este concepto de dictadura constitucional ya lo empleó Carl Schmitt para designar la situación a la que podía conducir el artículo 48 de la Constitución de Weimar, que concedía al presidente del Reich alemán el poder de “suspender en todo o en parte los derechos fundamentales” cuando estuviera en peligro la seguridad o el orden público; una situación de excepción que, de hecho, podía instituir una dictadura en manos del canciller. 

Es decir, una dictadura derivada del ejercicio mismo de los poderes constitucionales cuando éstos tomaban la decisión de provisionalmente eliminar libertades públicas y el control del Gobierno por el Parlamento y los tribunales. 

Schmitt escribió en 1925: “Ninguna Constitución de la tierra había legalizado tan fácilmente el golpe de Estado como la de Weimar”. Luego el ascenso de Hitler al poder en 1933 –cuando el 30 de enero el presidente Paul von Hindenburg le nombró canciller y dos meses más tarde el Reichstag aprobó la 'Ley para el Remedio de las Necesidades del Pueblo y del Reich'– permitió constatar que, en efecto, Carl Schmitt había acertado en su pronóstico.

Una dictadura constitucional ahora es lo que propone y dispone Pedro Sánchez con su declaración del 'estado de alarma'. Una declaración que otorga a su Gobierno el poder de legislar al margen del Parlamento, regulando hasta el mínimo detalle la vida de los españoles –como ya ocurrió durante el estado de alarma anterior– y cercenando sus libertades de manera generalizada (sin considerar el límite que imponen las leyes sanitarias al autorizar la restricción de los derechos individuales sólo a las personas contagiadas o que hayan tenido un estrecho contacto con éstas). 

  

Y ahora con el agravante de haber suprimido el control parlamentario de la acción del Gobierno durante 6 meses –lo que choca frontalmente con el mandato constitucional de que sea el Congreso de los Diputados quien, cada quince días, decida acerca del mantenimiento de la situación excepcional– y también el de los jueces ordinarios; pues la naturaleza de la norma obliga a que el control jurisdiccional lo ejerza el Tribunal Constitucional. 

El remedo de que el presidente vaya por el Congreso un rato cada dos meses -para charlar del asunto...- no es un verdadero control parlamentario, pues se ha eludido la posibilidad de realizar cualquier votación que pudiera retirar al Gobierno los poderes de excepción adquiridos con la alarma.

La anterior experiencia del confinamiento ya preludiaba este abuso de poder actual, pues fueron numerosas las intervenciones gubernamentales que cercenaron los derechos de circulación y residencia, la libertad de expresión, el derecho de reunión pacífica y sin armas, la libertad de empresa y el derecho a la negociación colectiva. Pero lo que ahora se produce es un salto cualitativo de imprevisibles consecuencias. 

La dictadura constitucional es un hecho que emerge de la aprobación misma de la renovación del estado de alarma por parte del Congreso. Éste se conforma a ser retirado de sus funciones de control del Ejecutivo y, de esta manera, otorga al Palacio de la Moncloa un poder que se asemeja al que, en otro tiempo, se ejerció desde el Palacio de El Pardo. 

Pedro Sánchez debiera haber aprendido que las dictaduras no siempre se derivan de una guerra y que sí es perfectamente posible que, tergiversando y retorciendo la Constitución, sea ésta la que aparentemente las ampara. 

Alguien señaló hace unos meses que el presidente del Gobierno tiene vocación de autócrata. Ahora lo estamos constatando sin la menor duda. Ojalá que ya no sea demasiado tarde."

(Mikel Buesa, 29.10.2020: 'Dictadura constitucional')  



miércoles, 28 de octubre de 2020

"INUTILIDADES DEL ESFUERZO -Y SUS RESULTADOS...- EN LA VIDA MORAL..."


Hace ahora 200 años, en su obra capital 'El mundo como Voluntad y Representación', Arthur Schopenhauer nos explicó [recogiendo ancestrales enseñanzas de Siddaharta Gautama, el Shakyamuni, Buda] cómo "...toda nuestra corriente de ya satisfechos deseos que vuelven a renacer cubiertos por otras formas es una manifestación fenoménica y efímera desde cierta eterna e incandescente voluntad con la cual se acucia sin saciarla nunca. ¿Qué hacer? ¿Desarraigar los deseos? Eso fue lo que intentó el estoicismo, pero ahí está el resultado: un hombre sin vida, rígido, impasible ante vivir o morir. 

Schopenhauer ofrecía otras alternativas diferentes: cuando el deseo sea suprimido por luz de la inteligencia, y no represión, surgirá un estado [más “compasivo”, al asumir toda nuestra interdependencia existencial...] que, lejos del desinteresarse con respecto a cualquier suerte o dolor ajenos, conseguiría llevarnos al compartirlos como si fueran propios. Esta es la plenitud de la vida y su ética. Pero él mismo fue consciente del que ni aun ésta supone una conquista definitiva. También un asceta o el místico, tan admirados por haber llegado a la quietud y compasión, vuelven a sentir zarpazos del deseo aunque sea bajo formas de mayor perfección e incluso huyendo del hastío. 
 
No somos conscientes de que la vivencia -¡como vida!- es inagotable, brota continuamente y renace de nuevo; pero (nosotros) estorbamos el continuo renacer cosificándolo en moldes de las experiencias. Tengo una vivencia, y la vivo intensamente, pero he de dejarla pasar. Si no, detengo la corriente de mi vida. Tal es el continuo morir psicológico y moral como condición para que la vida se renueve con su natural frescura. Cuando lo inagotable -que la vivencia es- resulta estorbado por los recuerdos o la experiencia, entonces comienzan las búsquedas del resultado. La mente quisiera, pues, fines o experiencia y resultado. Mas éstos tan sólo son objetos muertos que impiden la corriente de las vivencias... 



   
Dicho esto, una cuestión clave viene gestándosenos. ¿Cabe no perseguir ningún fin? ¿Puede la mente renunciar a todo resultado? ¿Es posible acción que sea tan libre como para no tener motivos ni propósitos? Valoramos a los hombres de acción, no contemplativos ni soñadores. Mas hay acción verdadera cuando tiene integración del proceso total de la vida; sin ésta, por otros meros activismos, destructiva tan sólo es. La parcial no es en absoluto acción, pues arrastra desintegrarnos; y verdadera es la que no tiene un fin concreto, ni dirección, o búsqueda de resultados. En este sentido, es igual que las acciones creativas; éstas, y aquélla, no son fruto del esfuerzo. Como en la verdadera virtud, no hay tampoco propósito, sino un olvido del yo (sin confusión, con inconsciencia, del propio valor); y entonces surge un ser completo, exuberante.

El recto conocimiento de sí mismo, sin ánimo de cambiarse, nos conduce a unas realidades autosuficientes y pletóricas; basta con remover sus obstáculos; que son los ideales, proyectos, propósitos. Por otro lado, el intento de cambiar sustratos profundos de nuestra realidad resulta vano, y quizás contraproducente. Nuestra voluntad no cambia. Sólo la inteligencia -es decir, el conocimiento- puede orientar su fuerza ciega hacia unos nobles objetivos; pero querer transformarla es absurda lucha contra nosotros mismos, conduce hacia un autodestruirnos paulatino...

 
 

Deja de querer transformarte a ti mismo, o del intentar ser justo y honrado, pretendiendo reformar el mundo con tus inmejorables ideas; limítate al conocerte y entrégate a los quehaceres o circunstancias que te rodean. El ideal del cambio y progreso espiritual es una huida de lo que somos ¿Si hubiera comprensión de nosotros mismos, surgirían ideales? Es tu pensamiento el que los crea; y a nuestro trabajo en realizarlos llamamos acción; pero ésta es un auto-proyectar encerrado en nosotros.

¿Es posible actuar sin propósitos? Sí, cuando somos capaces de ver acciones que persiguen algún propósito; pues, entonces, nuestra percepción alerta ya desconectó el interés del yo sobre las mismas apareciendo éstas limpias y libres. En dicho comprender lo que cualquier actividad nuestra es consiste una real acción verdadera... 
 
    
 
  
La práctica socrática es un actuar sin propósito ni dirección. Por ello Sócrates resulta un tipo desconcertante: no tiene oficio ni funda su academia como hacen otros; no se tiene por ningún maestro, guía o reformador político. Suele presentarse a si mismo como un ignorante profundamente interesado en buscar la verdad dialogando con otros. La verdad —para él— no está en resultados u objetivaciones; sino en un continuo preguntarse sin poder llegar a respuestas definitivas, claras. Una verdad objetivada es un peso muerto que impide la movilidad y frescura del hálito vital que da el estarse cuestionando siempre. Atenerse a los resultados es una forma de seguridad frente a las arduas tareas del investigar.

Quien opta por acumular resultados confiriéndoles valor intemporal y metafísico es Platón; éste prefirió dogmatizar, en vez de dudar, categorizar y no inquirir. Ahí están los resultados: Platón fundó academia, eligió discípulos doctos, configuró un sistema e influyó con una doctrina monolítica en el pensamiento griego y los posteriores. En cambio Sócrates fue al ágora, por hablar con todo tipo de gente, y no tuvo escuela ni exigía que quien lo escuchaba supiera geometría; presentándose como un ignaro, no sólo ni tiene sistema sino que tritura sin piedad aquéllos que sus oyentes le presentan tímidamente. 



Sócrates no simuló tener la verdad bajo apariencia de ignorante; se tenía por tal y actuaba queriendo hallar aquélla en coloquio con sus conciudadanos. Pero, al exponer sus dudas, caería como castillo de naipes toda supuesta verdad afirmada por sus interlocutores. La docta ignorancia socrática echaba involuntariamente por tierra las supuestas verdades de su oyente invitándole a inquirir de nuevo sin presupuestos previos. Esto resultaba muy molesto a sus contertulios: a nadie gusta que desmonten sus convicciones, creencias o acariciadas verdades y le inviten al vivir sin apoyos, cuestionándolo todo cada día. Mas tal actitud tiene también su correlato en la vida moral... 

Si Sócrates no acumula conocimientos ni verdad, y se tiene a sí mismo como un ignorante que busca, eso mismo le ocurre con respecto a la virtud. Cuando un oyente le dice: “oye, tú tienes cara de tener todos los vicios”, el maestro responde: “cierto, lo único es que soy consciente de ello”. Se tiene a sí mismo, pues, no por un tipo virtuoso; sino por un sujeto capaz de todos los vicios, con un solo medio de afrontar éstos: el conocimiento de sí mismo... Bastaría con percibirlos, o tener conciencia de ellos; no se requeriría esfuerzo alguno suplementario contra las inclinaciones.    
 


Sólo con ser consciente, de todas ellas, puede bastar. Ese conocimiento de sí es lo que mantiene al yo a raya [con aquel “WU WEI” -esto es “No Forzamiento”, o bien “Impensada Mente”... en vez de la 'In-acción', que malentendiendo suele decirse...- chino] y eso es ya suficiente. La vida misma se ocupa de llevar a buen puerto las fuerzas que hay en el instinto, sin necesitar doblegarlas por contrafuerzas de la voluntad. El conocimiento de sí, con lo que quiere acumular el ego, es lo que hace posible acceder a la virtud. Basta con remover los obstáculos; no es necesario hacer algo positivo, pues ello vendría del yo. 

Ese continuado vigilarse a sí mismo logra dotar de libertad extraordinaria, que le hace inmune al individuo ante los condicionamientos familiares, políticos y religiosos. Sócrates no invitó a romper con la familia, polis o religión, sino que reclamaba independencia del individuo por encima de todas ellas; en medio de tales condicionamientos el hombre ha de vivir, pero sin aceptar sus pretendidas autoridades en las propias búsquedas individuales. Por ello fue visto como amenaza de disolución contra los valores políticos, morales y religiosos; de ahí la triple acusación contra él: corruptor de la juventud, ateo y enemigo de la polis...

Nietzsche hace su afirmación dionisíaca y sin fisuras de la vida ante las amenazas del sinsentido y el vacío; a tan recio afirmarla debe cooperar el conocimiento y, en esa función, se agota el cometido del mismo. Sócrates, en cambio, enseñó a enfrentarse con ese vacío tratando de no taponarlo por afirmaciones o creencias; y, para eso, es imprescindible como instrumento el conocimiento desinteresado. No hay que apresurarse a llenarlo; es preciso sentirse libre frente al vacío, y esa libertad la presta el conocimiento. 


  
Sócrates, pues, no niega la vida; la ve con su inestable devenir e inseguridad y, ante todo eso, no valen refugios ni afirmaciones entusiastas fabricadas por el propio hombre. Nietzsche no entendió el conocimiento socrático, que supone un “estar alerta” y dejar hacer al fugitivo soplo de la vida. Sócrates hizo del conocimiento de sí el instrumento más poderoso para la afirmación de libertad del individuo, incluso frente al valor de la vida. Nietzsche potencia el ego humano que fabrica soluciones; en cambio, Sócrates nos promueve una insobornable libertad individual frente a la vida y los dioses..." 



Y todo esto nos recuerda mucho lo que bien claro razonaba Henry D. Thoreau -más a la pata llana-  en su "Life without Principle"...
 




martes, 20 de octubre de 2020

LAS ORCHILLERAS... (Lugar de la vida)


Ha entrado la borrasca “Bárbara” con su tremolina. No sé por qué a mí me gusta este tiempo. O, tal vez, quiero decir, que cada día me gusta más, estar aquí, escribiendo, mientras afuera sopla el viento y veo a los árboles enseñando el envés, la palma de sus hojas, blancas como las de una mano, aún verdes porque este año todavía no ha llegado el frío en serio. Únicamente, como se suele decir por aquí, “únicamente”, me da rabia no poder salir afuera y seguir con la tarea que estaba haciendo en el jardín, y en la que me detuve justo delante del limonero.

Sopesaba yo si ir, o no, a por la escalera de madera, la que más pesa, al ser de castaño, recia como el tronco de su árbol, y que nos servía para subir al sobrado donde, con la ayuda de una polea, se colocaban las pacas sobre unos tablones puestos como si fueran los de una mansarda sobre los pesebres de los caballos, pero con líneas de luz y de aire, igual que entre los dedos de una mano, para que respirase la paja como si aún siguiera viva, que en ocasiones lo estaba, y asomaba, por entre las cuerdas anaranjadas de la paca, algún verdor del ricial de las semillas germinadas que habían llegado desde Castilla, verdaderos polizones, a bordo, no de un barco, sino de un camión que dejaba a su paso una estela de campo, hecha de paja en vuelo, por la carretera.

De vez en cuando, subo para columbrar la vista desde allí, que es la mejor de toda la casa, y enseguida bajo, porque los huecos entre las maderas, me dan vértigo. Para descender, voy de espaldas, como si bajara a la bodega de un barco, y contando los escalones y pensando a la vez… “mira que si me caigo”. Y aún así, la reciedumbre de esa escalera, que hasta cuesta moverla igual que a un árbol, sencilla como si un niño la hubiera construido, me parece la más segura de todas, y no esas que vienen de las ferreterías, ligeras y altas como jirafas, pero tan inestables que hasta el viento que sopla ahora mismo la tumbaría de un plumazo conmigo encima.

Y así, decidí, bajo el limonero, tan cargado de frutos, allí arriba como el cielo en la noche de estrellas, que si finalmente subía, sería con la escalera de madera, bien apoyada al tronco, o a la fachada, para serrar una rama que ha venido a dar por encima del tejado, de manera que los limones caen al canalón de la lluvia, y las ramas favorecen que salgan los helechos entre las tejas del tejado donde lo único que debería de dar para conservarlo es el sol, el viento y la lluvia, pero no los frutos ni las ramas de ningún árbol, ni siquiera las de un frutal que da frutos amarillos como soles.
  
  
Una decisión como ésta, hay que meditarla. Si me voy a caer, que no sea por algo que no merezca la pena.

A favor de subirme, estaba también que, en la hiedra de al lado, habían hecho de nuevo su nido una pareja de acentores con toda suerte de plumas y de lanas, y tenía ganas de subir a verlo, ya que, al estar ahora vacío, y ser coleccionistas los acentores de todas las plumas y hebras que encuentran, me hace verdadera gracia observarlo y a la vez asombrarme de que un pájaro que pone unos huevos pequeños como dedales de un azul celeste, pueda elaborar un nido con el tamaño de una corona, de la cantidad de materiales distintos que incorpora. Hasta una hebra roja de lana, en zigzag, asoma por el borde del cuenco de hierba seca. Una obra de arte.

Por ver este nido, sí, puede que me arriesgue.

En realidad, vivo así desde hace meses. Me arriesgo, no me arriesgo. Voy, o no voy. Me quedo, o salgo. Decisiones en las que soy más consciente que nunca de cuánto puede una decisión, en apariencia insignificante, cambiar la vida para siempre. También subirme a una escalera bajo el limonero.

Y mientras decido qué hacer, me encuentro que, buscando el origen del nombre de un color en el que ando sumergida, un violeta casi púrpura llamado orchilla, o urchilla, resulta que había unas mujeres canarias que para recolectar la orchilla, un liquen del género Rocella que bebe la maresía del aire de los acantilados marinos más abismales e inaccesibles, se ataban una cuerda bajo los brazos y el otro lado de la soga la amarraban a una pesada piedra, y ahí se descolgaban con una herramienta que les permitiera recolectar la orchilla sin arrancarla de las piedras, para luego guardarla en el delantal doblado y tras venderla, que hicieran un tinte casi tan cotizado como la púrpura que salía de la caracolas del género Murex.
 
En un maravilloso relato titulado “Las Paces” que rubrica un escritor lanzaroteño, quien firmaba como Ángel Guerra, y que apareció el 20 de febrero de 1920 en la publicación 'Nuevo Mundo' que podemos leer en el archivo de la Biblioteca Nacional de España, se describe, de manera magistral, el oficio de las orchilleras en el risco de Famara llamado Las Paces.
  
    
“Las que criaban, y eran las más, pues para el rudo oficio se necesitaba agilidad juvenil, dejaban arriba, á poca distancia del cantil, los niños medio abandonados, á la custodia de los perros, en cunas improvisadas en hoyos abiertos en la tierra, en cuyo fondo colocaban una azalea, y que sombreaban con unas cuantas ramas de arbusto colocadas en montón, sobre el cual ponían los pañolones extendidos.”

Imagino a esas mujeres, colgadas del precipicio, escuchando llorar al niño, sufriendo más que él por su llanto mientras a la vez, echaban al mandilón los líquenes con los que, al venderlos, podrían alimentarse ellas; y ellas, al niño.

Las imagino hermosas, morenas, descalzas. No como pintó a un orchillero Lasalle en 1837, o Alfred Diston a comienzos del XIX, con botas y sombrero casi de copa; sino que imagino a la orchillera con un sencillo sombrero de paja, atado al cuello, y el gesto en la cara de quien busca algo como a su propia vida.

Trato de comprender ese instante de preguntarse si echarse o no, al precipicio. Y se descolgaban, tras mirar al niño, por ese niño. Al borde, esas piedras, monumentos mudos a unas mujeres valientes.

Las orchilleras, algunas son recordadas porque se desriscaron. Pero habría que recordarlas a todas. El miedo, no podían permitírselo.

Mujeres de una valentía extraordinaria.

Dicen que arrastraban las piedras más pesadas hasta el borde del cantil de Famara, que Guerra define como “pavoroso”, para que las sujetaran. Me encantaría saber si aún están ahí esas piedras, los hoyos que hacían de cuna. Cuentan que los líquenes, ahora que nadie los recolecta, cubren ya con manchones claros las paredes de los acantilados.
 

    






 

sábado, 3 de octubre de 2020

Ponzoñoso politiqueo aquí agrava pandemia y economía: lo peor de ambas entre toda la UE...


El hospital Infanta Leonor, encajado entre una autopista y un ferrocarril suburbano, sirve a los densos distritos obreros del sureste de Madrid. El mes pasado, 402 de sus 480 médicos firmaron una carta al gobierno regional advirtiendo que el hospital estaba en un estado de “pre-colapso”, con el 54% de sus 361 camas y los 27 espacios de cuidados intensivos ocupados por pacientes con covid-19. Con 784 casos por cada 100.000 habitantes en la última quincena, Madrid es actualmente la región más afectada de Europa.

Esto es parte de un fracaso nacional más amplio. El 5 de julio el primer ministro de España, Pedro Sánchez, proclamó que “hemos vencido al virus y controlado la pandemia”. Sin embargo, el país vuelve a ser el punto negro del coronavirus en Europa. 

¿Qué salió mal? Los expertos en salud señalan con el dedo un fracaso de gobierno por el que tanto la coalición minoritaria de izquierdas con Pedro Sánchez como el conservador Partido Popular (PP), que dirige Madrid, tienen la culpa. 

Después del bloqueo más estricto en Europa, España se apresuró a su liberación. El PP se unió a los nacionalistas catalanes y vascos para negarse a apoyar la renovación del estado de Alarma bajo el cual el gobierno podría restringir la actividad. Reprendido, Sánchez entregó el control de la pandemia a las regiones y se fue de vacaciones. Varias de ellas, especialmente Madrid, no lograron fortalecer la atención primaria de salud y el rastreo de contactos. 

El gobierno no les exigió tampoco que lo hicieran, ni reglas claras para manejar los brotes del virus. El verano hizo el resto: prestando atención al triunfalismo de Sánchez, los españoles volvieron a su feliz convivencia habitual en bares, discotecas y reuniones familiares. 


Isabel Díaz Ayuso, presidenta regional, en Madrid se opone a medidas más estrictas que dañarían la economía. Esta semana, el gobierno pensó que había asegurado un acuerdo para extender a toda la capital las restricciones sobre movimientos y reuniones no esenciales que se ha implantado en sus áreas del sur.

Las nuevas reglas requerirían que todas las ciudades de más de 100.000 habitantes sigan su ejemplo cuando los nuevos casos superen los 500 por 100.000 y se cumplan otros criterios. Pero a ello se opusieron Cataluña y otras 3 regiones más también gobernadas por el PP; el supuesto acuerdo con Madrid parece haberse desmoronado.

Esta falta de control sobre la pandemia ha dejado cortada de raíz toda recuperación económica. Los pronósticos ahora calculan que la economía se contraerá este año hasta un 13%, la peor cifra en Europa. Los nuevos brotes frenaron un esperado reinicio del turismo. Raymond Torres -de Funcas, un think-tank patronal- señala que la economía española es particularmente vulnerable, pues hostelería y el turismo representan en total un 26% del PIB, 5 puntos más que la media europea.

Cerca de 60.000 entre los 315.000 bares y restaurantes en España han cerrado; es probable que otros 40.000 lo hagan antes de fin de año, según el lobby del sector. Esta semana, el gobierno extendió hasta el 31 de enero un plan de bajas que actualmente ayuda a unos 800.000 trabajadores (tras llegar al máximo de 3,2 millones). Ha concedido 85.000 millones de euros en créditos a empresas. Es posible que se necesiten más herramientas para prevenir lo que el Sr. Torres teme puede ser una “cascada de quiebras”...


España confía en las ayudas de la UE, pero su mayor parte no llegará hasta el año 2022. Pueden estar ligadas a reformar el mercado laboral, pensiones, enseñanza y formación. Lo cual requiere del consenso político, que hoy es escaso. Pedro Sánchez ha pedido repetidamente la unidad nacional... ¡sólo para que al mismo tiempo los ministros claven cuchillos en la oposición! Sus relaciones con Pablo Casado, el líder del PP, están marcadas por la
desconfianza mutua total.

La coalición de los socialistas de Sánchez y Podemos, un partido de la extrema izquierda, asumió el cargo en enero con ayudas de los separatistas vascos y catalanes. Pero la clase gubernamental se queja del que las derechas niegan su legitimidad. La oposición acusó a Sánchez de poner en peligro la Constitución con sus aliados: Pablo Iglesias, líder de Podemos, también está en los ataques a la monarquía y al poder judicial.

Con cierta demora, es probable que Sánchez consiga un Presupuesto aprobado. Eso debería permitirle al gobierno sobrevivir por el resto de la legislatura, esto es, hasta 2023. Pero a un costo. El sector privado está sacudido por tal guerra política en España y la presencia de Podemos dentro del gobierno, aun cuando con poca influencia sobre la política económica. 

“Hay un mercado alcista del pesimismo”, dice un ex-ministro normalmente optimista y con vínculos comerciales. "Nunca me había preocupado tanto la situación política". La moderación de la clase media española y las limitaciones impuestas por la UE son su único consuelo.



viernes, 2 de octubre de 2020

"Por un Covid"... ¿Hemos pasado del defender libertad en la expresión a protegernos de ella?


Arthur Miller decía que un buen periódico era un país hablándose a sí mismo. El escritor neoyorkino hoy vería que los medios de Estados Unidos están más polarizados que nunca y que una parte de la sociedad no dialoga con la otra, como evidencian los sondeos del Pew Reasearch Center. Es una tendencia en Occidente: las opiniones afines se refuerzan entre sí; sin embargo, las contrarias no se debaten, sino que se censuran. Además, determinadas ideas o productos culturales se etiquetan por el efecto que pueden producir en el receptor, antes de debatir el origen de la posible ofensa.


¿Nos está engullendo una lógica en la que, más que diálogo, buscamos reafirmación y protección?



Una decena de editores de medios americanos han dimitido o sido cesados por no haber mostrado la suficiente sensibilidad con sus colegas y compatriotas negros. Uno de los casos más mediáticos fue el del editor de opinión del New York Times, que publicó una columna de un republicano que pedía la intervención militar contra los manifestantes en los disturbios raciales.  En este mismo diario, esta semana escribía el columnista Bret Stephens: “Esto es una tragedia. Como periodistas, tenemos la obligación del ser rigurosos y de argumentar. También tenemos la obligación de mantener fuera de nuestras páginas editoriales las ideas odiosas innegables, como la negación del Holocausto y el racismo. Pero el periodismo serio, completo con un intercambio vigoroso de ideas, no puede sobrevivir en un ambiente en el que una modesta toma de riesgo intelectual o una ofensa menor de las nuevas ortodoxias ideológicas puedan significar la ruina profesional”.

En el libro 'The coddling of the American mind: how good intentions and bad ideas are setting up a generation for failure' ("Mimar la mente estadounidense: cómo las buenas intenciones y las malas ideas están creando una generación para el fracaso"), Greg Lukianoff, abogado experto en libertad de expresión, y Jonathan Haidt, psicólogo social, hablan de que la hiperprotección de los jóvenes en Estados Unidos les ha hecho pasar de anhelar y defender la libertad de expresión a defenderse contra ella.

Como explican Lukianoff y Haidt, esta nueva forma de entender la democracia se origina en gran parte en las universidades americanas. En muchos campus se han habilitado los llamados "espacios seguros", no solo en el sentido físico para evitar robos o agresiones, sino también en el ideológico. El objetivo es que nadie diga nada que pueda herir los sentimientos de nadie. Se obliga a incluir "advertencias" ('trigger warnings') en las películas, libros y conferencias cuando algún contenido pueda resultar doloroso para los estudiantes. Así se ha hecho, por ejemplo, en obras como 'Matar a un ruiseñor' o 'Huckleberry Finn' porque usan la palabra negro. Muchas apariciones públicas de personajes que pudieran violentar a minorías se han cancelado.


Recuperar la crítica

El periodista Ricardo Dudda, en 'La verdad de la tribu' (Debate, 2019), explica que se ha impuesto la idea de que no hay adversarios, sino enemigos irreconciliables. Es la batalla de un estereotipo contra otro. Un nudo difícil de deshacer, ya que al considerar al otro ilegítimo estamos dando todos sus marcos de análisis por falsos. El escritor José Luis Pardo alerta del peligro de sustituir la crítica por un comisariado moral y de que “la dictadura de los justos es tan dictadura como la de los bribones”.

Que algo nos haga sentir mal no quiere decir necesariamente que sea dañino o peligroso. Para Isaiah Berlín, la esencia de la libertad estaba en la posibilidad de elegir, “porque así se desea, sin coerción, sin presiones, sin verse engullido por un vasto sistema; y en el derecho a oponerse, a ser impopular, a defender las convicciones propias simplemente porque son tus convicciones”.

¿Se puede recuperar el pensamiento crítico y la objetividad frente al razonamiento sentimental?

( Foro de Foros )

miércoles, 2 de septiembre de 2020

"Esta pandemia no es novedosa; la manera de afrontarla, sí..." [Y los fríos datos no engañan]

 
"Si atendemos a los medios de comunicación, a la reacción de los gobiernos, a la actitud de las gentes, podríamos pensar que esta pandemia de la covid-19 constituye una tesitura excepcional, apocalíptica, sin precedentes en la historia reciente. Pero nada más lejos de la realidad: las pandemias son fenómenos muy recurrentes a lo largo de la historia. Aparece un virus nuevo muy contagioso, causa enfermedad y muerte, los seres humanos desarrollan finalmente cierto grado de inmunidad por exposición o vacuna y la pandemia acaba remitiendo o convirtiéndose en enfermedad corriente. No hay nada nuevo bajo el sol.

Pero quizá sí lo haya. Lo novedoso e insólito en esta ocasión es la manera de afrontarla, con intenso pánico, desmedida alarma, prolongado confinamiento de poblaciones, clausura de importantes sectores económicos, suspensión de la actividad escolar, fuertes restricciones a la movilidad o cierre indiscriminado de fronteras. En el último siglo, la humanidad se enfrentó a pandemias muy similares, o mucho peores, pero su actitud y enfoques fueron completamente distintos. La enfermedad no cambió; sí lo hizo la sociedad (y sus gobernantes).

En un documento de 2006, el Banco Mundial estimaba los efectos económicos que podría tener una futura pandemia, contemplando tres escenarios posibles: con pandemia 'leve', 'moderada' o 'grave'. Las otras tres grandes epidemias respiratorias del siglo XX -la gripe "española” de 1918, la gripe asiática de 1957 y la gripe de Hong Kong de 1968- servían de referencia para cada rango [Tabla 1].

¿En qué categoría encajaría, según estos criterios, la covid-19? Hasta el momento han fallecido oficialmente en el mundo unas 860.000 personas, 110 por millón, justo la mitad de lo previsto para una pandemia leve. Ahora bien, dado que los datos oficiales subestiman la mortalidad y que la enfermedad sigue en curso, la cifra podría acabar superando ampliamente la referencia central de dicho nivel. Pero resulta improbable que alcance el entorno de moderada si bien la intensidad puede ser muy diferente entre países. Siendo pesimistas, entre leve y moderada podría ser una calificación global razonable para una enfermedad que más del 90% de los afectados cursa de manera asintomática, aun tratándose de un virus completamente nuevo. Por supuesto, dichos leve o moderada no son términos que pretendan restar importancia a una enfermedad; son atributos meramente comparativos, que sirven para diferenciar una pandemia de otras mucho peores.

   
En el citado documento, el Banco Mundial preveía una caída del PIB mundial de 0,7% para una pandemia leve, 2% con una moderada y 4,8% si fuese grave [Tabla 2]. Pero su previsión para 2020 es, por el momento, de un descenso del 5,2% (y para países como España, del 11%), superior incluso a la prevista para una pandemia grave. ¿Eran erróneas las estimaciones? No exactamente. Simplemente en 2006 nadie contemplaba la posibilidad de que las autoridades establecieran unas medidas como las actuales. No concebían que serían principalmente las políticas de los gobiernos quienes causaran la crisis económica, el desempleo, las quiebras de pequeños negocios; y no la propia pandemia.

Esas previsiones de 2006 consideraban que la caída de la producción vendría del fallecimiento de algunos trabajadores, del absentismo laboral de los enfermos y de decisiones voluntarias de los ciudadanos dirigidas a reducir la probabilidad de contagio: salir menos de casa, viajar en menos ocasiones etc. Pero resultaba inconcebible que el grueso de la caída del PIB pudiera venir de un fuerte absentismo laboral de los sanos, del cierre obligado de importantes sectores o de restricciones generalizadas a la movilidad internacional.

Durante las dos últimas pandemias del siglo XX, las más similares a la actual, nunca se interrumpió la actividad económica ni suspendieron docencia presencial. Y la cuarentena consistió en un aislamiento temporal de los enfermos, o de quienes se sospechaba pudieran estarlo, nunca en un encierro obligatorio y generalizado de todos los sanos. Se aplicó en ocasiones el control de fronteras, exigiendo un período de cuarentena a quienes llegaban de zonas infectadas, pero solo mientras el país estaba exento de la enfermedad. Una vez iniciado el contagio interior resultaba absurdo cerrar la puerta a un virus que ya estaba dentro. En 2020, por el contrario, muchos gobiernos han establecido prohibiciones de entrada justo en momentos de intenso contagio interior. Un viajero recién transportado por una máquina del tiempo desde la década de 1950 hasta el presente, seguramente pensaría que las autoridades intentaban proteger a los viajeros extranjeros, evitando que entren y se contagien.

Hace unos 50 ó 60 años se recurría mucho más a la responsabilidad de los ciudadanos, a las acciones de protección voluntarias que a medidas coercitivas o a la difusión del miedo. Y no solo porque aquel enfoque fuera menos dañino para la economía y el empleo: también era mucho más respetuoso con los derechos fundamentales de las personas. Quizá nuestros antepasados sospechaban que las disposiciones draconianas, completamente restrictivas del movimiento y del contacto social, podían retrasar la enfermedad, aplazarla, pero, a largo plazo, difícilmente evitar muertes pues no hay confinamiento que se mantenga indefinidamente… ni bolsillo que lo resista. Hoy día, tan sólo algunos países como Suecia mantienen el enfoque y la actitud de antaño. 


Algunos cambios sociales y culturales de los últimos cincuenta años están en la raíz de la insólita reacción de 2020. Hoy estamos mejor preparados para una pandemia desde los puntos de vista técnico y científico. Pero bastante peor si consideramos algunos aspectos emocionales, de solidez personal, principios y cohesión social. Es muy posible que los gobernantes valoren hoy más la imagen, la apariencia de sus decisiones que la eficacia, coherencia o racionalidad. Y que la sociedad actual sea más miedosa, más hedonista, más infantil. En este sentido, la presente pandemia ha dibujado un retrato hiperrealista de la sociedad actual que intentaré describir en próximos artículos.

Mientras tanto, quizá tengamos mucho que aprender de nuestros antepasados en la forma de afrontar una pandemia. Quizá fuera mejor ceñirse a unas medidas razonables y proporcionadas. Dejar de lado el pánico, las búsquedas de culpables, el egoísmo, todo comportamiento infantil. Ser razonablemente cuidadosos para reducir la probabilidad de contagio y proteger a los colectivos vulnerables pero no interrumpir la actividad económica, la educación ni la libertad individual. 

En esos tiempos pasados, la gente valoraba la vida humana tanto como ahora. Todo el mundo daba por hecho que la salud era un valor primordial: tanto que no hacía falta pregonarlo. La diferencia es que hoy, sospechosamente, “la salud es lo primero” se ha convertido en una consigna para justificar medidas draconianas, en un mantra para disimular un exagerado miedo o, incluso, una excusa para eludir la propia responsabilidad."

  
"Desde el comienzo del confinamiento se presentían efectos colaterales de la onda de choque que provocarían más fallecimientos de personas no infectadas que los atribuibles a la infección. Y así ha sucedido (...) Los efectos colaterales de la onda de choque del confinamiento serían letales al transitar por cuatro vías distintas. 1. Síndrome del deslizamiento; 2. Enfermos con patologías graves que no acudirían al hospital por miedo a infectarse; 3. Imposibilidad de atender adecuadamente a enfermos graves sin Covid-19; 4. Crisis económica...  

Con un Poder Judicial menos adormecido los martillos de los jueces ya estarían golpeando. El así llamado 'exceso de muertes' consta de tres componentes: fallecimientos causados por la infección, infectados pero fallecidos por otra causa (principalmente 'síndrome del deslizamiento') y fallecidos no infectados. Si responsabilizamos por el primer grupo al virus, ¿quién es responsable, también, del segundo y tercero? 

Es fácil entender los efectos en el exceso de muertes que provoca el terror al Covid-19. El descenso de actividad habitual en urgencias provino del miedo al contagio: hipocondría social propulsada por terrorismo epidémico del Gobierno. Personas con patologías agudas no acudieron al hospital por propia decisión. Las urgencias convencionales cayeron el 75% y se desplomaron un 40% los códigos de ictus e infartos. Muchos fallecieron dentro de las casas aterrorizados ante su eventual contagio en hospitales. Las intervenciones en coartación de aórticas, causas para la muerte súbita, descendieron el 80%. El miedo al infectarse yendo a un hospital es origen para desenlaces irreparables de apendicitis o cetoacidosis diabética con pronósticos fatales. Hubo enfermos de leucemia por los que nada pudo hacerse. Inaudito el pánico de tantos padres al contagio, no se sabe si las urgencias en pediatría cayeron un 80% debido a que los progenitores tuvieron miedo por si se contagiaban ellos o del sufrirlo sus niños.  

Pero lo peor les tocó a fallecidos por 'síndrome del deslizamiento'. En psiquiatría y geriatría, cuando una persona mayor se deja morir por un evento o situación síquicamente traumática suele atribuirse al 'síndrome de deslizamiento depresivo-reactivo (syndrome de glissement-abandon) que en situación de hipocondría social se dispara. Son miles de casos. La escuela francesa de geriatría insiste particularmente en el carácter brutal y rápidamente evolutivo del síndrome. En pocas semanas los afectados fallecen. Una persona mayor pero autónoma que se valía por si misma es susceptible, de la noche a la mañana, de convertirse en dependiente hasta el punto de dejarse morir como consecuencia de un shock síquico inducido por el alejamiento de amigos y familiares (sensación de abandono) o interrupción repentina e involuntaria de una actividad practicada corrientemente. El síndrome afecta especialmente a personas mayores residenciadas o que viven solas. La mayoría de ancianos fallecidos que no pasaron por la UCI al no sufrir patologías (suponiendo que no sean falsos confirmados positivos, tan frecuentes), reportados no obstante víctimas del Covid-19, no habrían muerto sin el mazazo del síndrome. 



¡Se dejaron morir!: aunque acaso estuvieran infectados no se les diagnosticaron neumonías especificas ni choque séptico con síndrome de disfunción multiorgánica. En Cataluña, algunos murieron atados 'para no contagiar'. Hacia abril, impactaron muy negativamente en los viejos las dudas de los señores Illa y Simón, expresadas públicamente, de si dejarlos o no salir a la calle después del confinamiento. Como previsible ya era, el confinamiento y alarmismos condujeron a muchas personas mayores hasta la muerte vía 'síndrome de deslizamiento', del cual en La Moncloa ni se han enterado. 

¿No tenía más alternativa el Gobierno? Sí la tenía, y sin necesidad de recurrir a un autoritarismo extremoso (vimos al Ejército patrullando supermercados como si estuviéramos por Haití en pleno saqueo la noche de un terremoto). Aunque no exclusivamente, ahí estaría otro modelo sueco como alternativa, por ejemplo. Al menos Suecia no se hundió en la hipocondría social ni crecieron hasta 70% las llamadas al homólogo del 091; éste será el primer año en España con más divorcios que matrimonios...

Con el Estado de alarma se redujo el número de fallecidos en accidentes de trabajo y circulación, cayendo también los códigos por politraumatismo en ejercicios al aire libre y prácticas de riesgo. Pero, paralelamente, fue impedido el tratamiento mejor de muchas diversas patologías graves provocándose fallecimientos evitables en tiempo normal. La histeria epidémica e hipocondría social generada por el estado de Alarma inundó con enfermos imaginarios los hospitales, colapsando servicios. Demasiadas personas han muerto prematuramente, y más morirán, al no haber tenido su tratamiento conveniente. No sólo hubo enfermos que no acudieron al hospital por miedo a contagiarse, Otros muchos sí acudieron y no fueron atendidos al haberse focalizado sólo atención del Gobierno en la Covid-19 como si el resto de otras enfermedades y patologías graves no existieran. 

Para el Gobierno, lo mediático, lo que cuenta en términos de propaganda es salir en la televisión dando el parte diario. Pacientes con urgencias graves acudieron al hospital y no se les atendió al dejar muchos especialistas de practicar pruebas o cirugías, asignados a urgencias más mediáticas, aunque menos letales que las habituales. Operar de próstata carece de glamour, efectuar una punción de tiroides para saber si se trata de un nódulo o de un tumor, también. En dos meses, intervenciones quirúrgicas urgentes se redujeron en Cataluña el 50%. Además, el parón de actividad ordinaria en los hospitales por esta crisis augura listas de larguísimas esperas, antesalas de fallecimientos futuros.

Las anteriores consideraciones explican mas de la mitad del exceso de muertes sin intervención directa del Sars-CoV 2 digan lo que digan el INE, «El Pais» o la OMS. Y mención aparte merece la crisis económica, España se coloca en cabeza entre los países de la UE por caída del PIB. No me recrearé, por obvio, en los problemas de salud mental aflorados con el paro: depresiones, brotes psicóticos, criminalidad, suicidios (ahora o en el futuro). Y digo mención aparte porque los efectos del paro más pobreza sobre la salud no se manifiestan inmediatamente, disminuyendo las esperanzas de vidas para la población
, sino en el medio -y largo- plazo."