Quizás el ser humano esté perdiendo aquello que más le distinguía del (otro) animal (cualquiera), las capacidades de autorreflexión, y conciencia sobre sí mismo. Por el contrario, nos estamos convirtiendo en una mezcla entre aquellos animales que sólo son capaces del reaccionar a los estímulos de su entorno y las máquinas que obedecen constantemente órdenes externas.
“... Las habilidades para pensar sobre nosotros mismos responden a esa capacidad humana que ninguna otra especie puede llevar a cabo. Requieren una gran corteza prefrontal y la capacidad de metacognición. Si dejamos que tal habilidad se nos atrofie -individual mente- tendrá consecuencias sociales, negativas...”, como acaba de recordársenos a propósito de un reciente libro:
'Si quieres ser más productivo debes empezar a plantearte no hacer nada durante 15 min'
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El científico y escritor Andrew J. Smart acaba de publicar en España 'El arte y la ciencia del no hacer nada: el cerebro tiene su propio piloto automático' (Clave Intelectual), explicando desde un punto de vista neurológico –aderezado con observaciones literarias y filosóficas– por qué deberíamos empezar a no hacer nada. En primer lugar, porque “nuestro cerebro es una maravilla compleja y no lineal que siempre, además, está muy activa”... Hay partes, como el córtex prefrontal, que se activan cuando no hacemos nada y “te permiten acceder a lo inconsciente, tu creatividad o tus emociones”. Perder el tiempo potencia nuestras habilidades, nos ayuda al conocernos y sentirnos en paz. La conclusión, pues, quedará clara: “Es aceptable ser vago”.
El hombre no nació para trabajar. Se trata de una idea que lleva circulando desde hace mucho tiempo en la neurociencia y que ha formado parte de la cultura durante siglos. El descanso era tan consustancial a la vida diaria como el trabajo. Sin embargo, la revolución industrial, el capitalismo, la urbanización de la sociedad y la globalización han cambiado las costumbres del individuo y han convertido en su bien más preciado el tiempo. Por el contrario, la vaguería (o, mejor dicho, la ociosidad) es hoy en día un importante tabú. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
La ética protestante, heredada por el capitalismo, comenzó a cambiar las tornas respecto al trabajo, que durante siglos había sido considerado un castigo divino. “Lutero pensaba que los pobres eran vagos y necesitaban ser castigados con el trabajo duro”, explicó Smart para 'El Confidencial'. “En el libro hablo de nuestro pasado evolutivo, y cómo era el ocio necesario para recuperarse después de cazar y escapar a depredadores”. Sin su descanso, habría sido imposible que el ser humano mantuviese todas las exigencias físicas de un mundo tan dominado por la naturaleza. “Hoy en día no tenemos que hacer nada físico para sobrevivir excepto caminar al coche, pero quizás la compulsión del estar ocupados esté relacionada de alguna manera con ello”.
Durante siglos, se pensó que el desarrollo tecnológico permitiría al ser humano disponer de más tiempo libre. “Los radicales del siglo XIX como Marx o Bakunin apostaban por alguna sociedad basada en el ocio”, recuerda. “Economistas 'mainstream' como Keynes pensaban que hoy en día podríamos tener una jornada laboral mucho más corta, y Oscar Wilde escribió que los pobres debían ser liberados por las máquinas”. Sabemos perfectamente que no sólo no trabajamos menos, sino que la tecnología ha provocado que dediquemos las 24 horas del día al trabajo, para diversos compromisos familiares y sociales o a consultar las notificaciones del móvil.
Hay un interés detrás de todo ello, sugiere Smart. “Las largas horas de trabajo benefician a la élite de varias maneras –consiguen convertir el valor de nuestro trabajo en beneficios–... y mientras estamos intentando trabajar todo lo posible no nos organizamos, algo que siempre ha sido una amenaza a sus intereses”. Otras contrapartidas: “Previenen del pleno empleo, porque siempre puedes amenazar a los empleados con el desempleo por trabajar lo justo; pero si todos trabajásemos menos horas podríamos emplear a todo el mundo”. ¿La paradoja inherente a todo ello? “Si sólo trabajáramos unas pocas horas al día, seríamos tan productivos -o incluso más- que si lo hiciésemos 10 diarias”.
“Mi visión particular es que todo el mundo puede disfrutar del ocio que precisa sin dañar su seguridad material. Creo que se tiene la falsa creencia de que si dejásemos a la gente tener todo el ocio que quisieran nadie trabajaría”, argumenta Smart. “No creo que sea verdad eso: la gente se ocuparía en lo que desease, y no con esa basura por la que suele trabajar; no es vaga, sino que simplemente tiene trabajos lamentables”.
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Pero ese apego a la productividad, con las agendas apretadas, forma parte ya casi inseparable de nuestra vida. Exigimos a nuestros hijos que se olviden del ocio, tan necesario para el desarrollo emocional o personal, y abracen un gran número de actividades extraescolares (aficiones usualmente vistas como una obligación, según suele ser el caso del aprender a utilizar un instrumento musical e incluso practicar algún deporte)... “Estoy de acuerdo en que me sentiría muy raro como padre si le dijese a los que acaban de apuntar a sus hijos en 14 actividades que los míos consideran preferible no hacer nada semejante”, reconoce Smart. “Nos sentiremos culpables si no tenemos a nuestros hijos apuntados a natación, música, chino, etc”.
Esta trampa no deja de producir
paradojas. Una de ellas es que aquellos que más dinero y poder tienen en sus manos son precisamente los que disponen de menos tiempo libre. Sin embargo, el científico Smart sugiere que algunos podrían disfrutar más, o estar mejor preparadas biológicamente que otros, para aguantar el estrés. “Los CEO, banqueros y políticos no son la clase de personas que uno consideraría creativas o que te gustaría conocer de forma personal. Su ocupación los daña de igual manera que a los demás, pero en la situación presente se benefician de ello, incluso aunque les haga daño a la larga”.
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Mucho se ha escrito ya sobre los problemas que causa la multi-tarea, es decir, nuestra tendencia a realizar diversas actividades al mismo tiempo, algo que provoca que no hagamos bien ninguna de ellas y perdamos nuestra capacidad de concentración. Pero Smart va más allá. No se trata de reorganizarse para ser más productivos, sino de, simplemente, redescubrir quiénes somos y lo que queremos.
“El escritor Steven Poole difundió un gran artículo sobre lo que denomina ‘el culto a la productividad’, donde todo lo que hacemos –incluso si es simplemente relajarse– tiene algún objetivo funcional o sirve a la motivación utilitaria de ser productivo”, recuerda Smart. “Insisto con mi libro en que estar desocupado es bueno por sí mismo, no para convertirse en un 'hipster' digital más productivo”. Esa es una de las paradojas del texto. Si bien sugiere que tomarse varios descansos en el trabajo o dejar la mente vagar durante un buen rato al día puede mejorarnos nuestra creatividad y desempeños en el trabajo, es particularmente crítico con la utilización de su discurso para conseguir ser aún más eficientes.
“Es difícil escapar de ello, porque hay quien me lee y se dice 'oh, vale, ahora tengo que añadir
no hacer nada a mi lista de tareas'. Eso es no haber entendido nada”, se lamenta Smart; quien explica cómo la escritora Bridig Shulte, autora de
'Owerwhelmed', un libro sobre la falta de tiempo libre en nuestra sociedad, recibe continuamente ofertas por parte de importantes '
think-tanks' para explicarles cómo el ocio puede hacer más productivos a sus empleados. Otra manifestación más de la obsesión de nuestra sociedad por traducir lo que no tiene precio en números, metas y nombres tachados de una lista.
El problema latente detrás de todo ello es que debemos construir la habilidad de ser nosotros mismos y no hacer nada. Esto es aquello que los teléfonos han hecho desaparecer: la capacidad del estarse quietos. Ello será en cuanto consista ser una persona”. Con esa cita del cómico Louis C.K, nos ha ilustrado A. J. Smart uno de los grandes problemas del ser humano en el siglo XXI: la necesidad autoimpuesta de estar permanentemente ocupados. El ocio es un enemigo, algo que nos detiene en la conquista de los propios objetivos y puede acabar con nuestro bienestar material. Sin embargo, el esfuerzo continuo no nos hace más felices, ni siquiera nos permite conseguir mejores resultados. Simplemente, acaba con nuestra creatividad, con nuestra felicidad y nuestra humanidad.
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Si somos conscientes de cómo el estrés cotidiano y los horarios sobresaturados acaban con nuestra inspiración, ¿por qué no hacer nada para evitarlo? Smart traza un paralelismo con la adicción al tabaco. Cuando empezamos a fumar de adolescentes, resulta atractivo porque nos hace parecer más mayores y más interesantes; pero para cuando nos damos cuenta de que nos perjudica, nos encontramos con que la motivación inicial se ha esfumado y es difícil hacer desaparecer la adicción.
¿Qué podemos hacer, por lo tanto, para poner el freno de mano a un mundo en constante movimiento sin que éste nos lleve por delante? Smart lo tiene claro: “Conseguir una sociedad basada en el ocio probablemente requería algo parecido a una revolución”. Mientras tanto, está en nuestras manos (íntimas y privadas) intentar detener el caos que nos rodea. “Cuando tengo un momento en el que no he de hacer nada, intento detener la urgencia del encontrar algo que hacer”, explica.
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“Intento sentarme hasta que me interrumpen. Te sorprendería el beneficio de robar breves momentos a lo largo del día para desconectar. Una vez manejes pequeños momentos en desconexión, así, puedes construir gradualmente la tolerancia a otros períodos mayores”: ¡barato, sencillo y efectivo!, aunque conviene tener a mano un ejemplar con 'El arte y la ciencia del no hacer nada' previendo la nada descabellada posibilidad de que alguien nos llame “holgazán”.
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(Héctor G. Barnés, en 'El Confidencial',
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Está comprobado ya –muy clara mente...- sin márgenes de dudas. “Todos entramos en tal estado,
de fantasía, con frecuencia: sentados en el escritorio del trabajo, con la
mirada que se escapa por las ventanas, pero sin fijarla en ningún lugar
determinado y nuestros pensamientos vagando libremente. En lugar de seguir
adelante con lo que se supone que debíamos estar haciendo, empezamos a planear
mentalmente las próximas vacaciones o nos ensimismamos en un recuerdo. Lo que
ha sucedido es que el cerebro sencillamente ha ‘cambiado de canal’ y conectó su
'piloto automático'.
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Desde
hace algún tiempo, los expertos se han interesado por la competencia entre las
diferentes zonas del cerebro, que son capaces de suprimir sus actividades, entre
sí. Si alguna de las aproximadamente 20 redes en un momento se halla en ‘ON’, activa,
las otras permanecen más o menos en silencio. Así que si usted está pensando en
sus próximas vacaciones, casi es imposible que pueda seguir el contenido de un
texto a la vez.
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Los
resultados mostraron algunas mayores congruencias entre la estructura y función
respectivas en las áreas que forman parte de tal ‘red en modo automático’, que
se asocia con ‘soñar despierto’: imaginar o hacer planes de futuro y el
pensamiento auto-referencial. O sea, ‘en comparación con otras redes, la red
por defecto utiliza las conexiones anatómicas más directas... Pensamos que tal
actividad neuronal se dirige automáticamente a estabilizarse en esta red
siempre que no existan influencias externas en el cerebro’, nos explicó Andreas Horn,
autor principal del estudio.
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Haciéndose
honor a su nombre, la red ‘por defecto’ del cerebro parece quedar activa en
ausencia de influencias externas. En otras palabras, la estructura anatómica para el cerebro parecerían tener dentro algún ‘ajuste [del funcionamiento] automatizado’. No debe,
sin embargo, confundirse con los estados de inactividad. Por el contrario,
soñar despierto, imaginar y pensar sobre nosotros mismos son tareas complejas
para el cerebro.
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Nuestros
cerebros tan sólo se quedarán con su piloto automático hasta cuando cualesquier posibles estímulos externos
pongan en otro funcionamiento alguna red, acabando con la ensoñación. El zumbido
de una mosca, un sonido en la distancia, por ejemplo.
Los
investigadores confían que sus resultados contribuyan a una mejor comprensión
del funcionamiento de nuestro cerebro no solo en las personas sanas, sino
también con respecto de los trastornos neurodegenerativos como las enfermedades
del Alzheimer y la esquizofrenia u otras psiquiátricas.”
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