lunes, 4 de agosto de 2014

Necesitamos aprender a no hacer nada, siendo nosotros mismos, en eso consiste ser persona...

 
Quizás el ser humano esté perdiendo aquello que más le distinguía del (otro) animal (cualquiera), las capacidades de autorreflexión, y conciencia sobre sí mismo. Por el contrario, nos estamos convirtiendo en una mezcla entre aquellos animales que sólo son capaces del reaccionar a los estímulos de su entorno y las máquinas que obedecen constantemente órdenes externas.

“... Las habilidades para pensar sobre nosotros mismos responden a esa capacidad humana que ninguna otra especie puede llevar a cabo. Requieren una gran corteza prefrontal y la capacidad de metacognición. Si dejamos que tal habilidad se nos atrofie -individual mente- tendrá consecuencias sociales, negativas...”, como acaba de recordársenos a propósito de un reciente libro
 
'Si quieres ser más productivo debes empezar a plantearte no hacer nada durante 15 min'
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El científico y escritor Andrew J. Smart acaba de publicar en España 'El arte y la ciencia del no hacer nada: el cerebro tiene su propio piloto automático' (Clave Intelectual), explicando desde un punto de vista neurológico –aderezado con observaciones literarias y filosóficas– por qué deberíamos empezar a no hacer nada. En primer lugar, porque “nuestro cerebro es una maravilla compleja y no lineal que siempre, además, está muy activa”... Hay partes, como el córtex prefrontal, que se activan cuando no hacemos nada y “te permiten acceder a lo inconsciente, tu creatividad o tus emociones”. Perder el tiempo potencia nuestras habilidades, nos ayuda al conocernos y sentirnos en paz. La conclusión, pues, quedará clara: “Es aceptable ser vago”.

El hombre no nació para trabajar. Se trata de una idea que lleva circulando desde hace mucho tiempo en la neurociencia y que ha formado parte de la cultura durante siglos. El descanso era tan consustancial a la vida diaria como el trabajo. Sin embargo, la revolución industrial, el capitalismo, la urbanización de la sociedad y la globalización han cambiado las costumbres del individuo y han convertido en su bien más preciado el tiempo. Por el contrario, la vaguería (o, mejor dicho, la ociosidad) es hoy en día un importante tabú. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

La ética protestante, heredada por el capitalismo, comenzó a cambiar las tornas respecto al trabajo, que durante siglos había sido considerado un castigo divino. “Lutero pensaba que los pobres eran vagos y necesitaban ser castigados con el trabajo duro”, explicó Smart para 'El Confidencial'. “En el libro hablo de nuestro pasado evolutivo, y cómo era el ocio necesario para recuperarse después de cazar y escapar a depredadores”. Sin su descanso, habría sido imposible que el ser humano mantuviese todas las exigencias físicas de un mundo tan dominado por la naturaleza. “Hoy en día no tenemos que hacer nada físico para sobrevivir excepto caminar al coche, pero quizás la compulsión del estar ocupados esté relacionada de alguna manera con ello”.

Durante siglos, se pensó que el desarrollo tecnológico permitiría al ser humano disponer de más tiempo libre. “Los radicales del siglo XIX como Marx o Bakunin apostaban por alguna sociedad basada en el ocio”, recuerda. “Economistas 'mainstream' como Keynes pensaban que hoy en día podríamos tener una jornada laboral mucho más corta, y Oscar Wilde escribió que los pobres debían ser liberados por las máquinas”. Sabemos perfectamente que no sólo no trabajamos menos, sino que la tecnología ha provocado que dediquemos las 24 horas del día al trabajo, para diversos compromisos familiares y sociales o a consultar las notificaciones del móvil.
 
Hay un interés detrás de todo ello, sugiere Smart. “Las largas horas de trabajo benefician a la élite de varias maneras –consiguen convertir el valor de nuestro trabajo en beneficios–... y mientras estamos intentando trabajar todo lo posible no nos organizamos, algo que siempre ha sido una amenaza a sus intereses”. Otras contrapartidas: “Previenen del pleno empleo, porque siempre puedes amenazar a los empleados con el desempleo por trabajar lo justo; pero si todos trabajásemos menos horas podríamos emplear a todo el mundo”. ¿La paradoja inherente a todo ello? “Si sólo trabajáramos unas pocas horas al día, seríamos tan productivos -o incluso más- que si lo hiciésemos 10 diarias”.

“Mi visión particular es que todo el mundo puede disfrutar del ocio que precisa sin dañar su seguridad material. Creo que se tiene la falsa creencia de que si dejásemos a la gente tener todo el ocio que quisieran nadie trabajaría”, argumenta Smart. “No creo que sea verdad eso: la gente se ocuparía en lo que desease, y no con esa basura por la que suele trabajar; no es vaga, sino que simplemente tiene trabajos lamentables”.
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Pero ese apego a la productividad, con las agendas apretadas, forma parte ya casi inseparable de nuestra vida. Exigimos a nuestros hijos que se olviden del ocio, tan necesario para el desarrollo emocional o personal, y abracen un gran número de actividades extraescolares (aficiones usualmente vistas como una obligación, según suele ser el caso del aprender a utilizar un instrumento musical e incluso practicar algún deporte)... “Estoy de acuerdo en que me sentiría muy raro como padre si le dijese a los que acaban de apuntar a sus hijos en 14 actividades que los míos consideran preferible no hacer nada semejante”, reconoce Smart. “Nos sentiremos culpables si no tenemos a nuestros hijos apuntados a natación, música, chino, etc”.

Esta trampa no deja de producir paradojas. Una de ellas es que aquellos que más dinero y poder tienen en sus manos son precisamente los que disponen de menos tiempo libre. Sin embargo, el científico Smart sugiere que algunos podrían disfrutar más, o estar mejor preparadas biológicamente que otros, para aguantar el estrés. “Los CEO, banqueros y políticos no son la clase de personas que uno consideraría creativas o que te gustaría conocer de forma personal. Su ocupación los daña de igual manera que a los demás, pero en la situación presente se benefician de ello, incluso aunque les haga daño a la larga”.
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Mucho se ha escrito ya sobre los problemas que causa la multi-tarea, es decir, nuestra tendencia a realizar diversas actividades al mismo tiempo, algo que provoca que no hagamos bien ninguna de ellas y perdamos nuestra capacidad de concentración. Pero Smart va más allá. No se trata de reorganizarse para ser más productivos, sino de, simplemente, redescubrir quiénes somos y lo que queremos.

“El escritor Steven Poole difundió un gran artículo sobre lo que denomina ‘el culto a la productividad’, donde todo lo que hacemos –incluso si es simplemente relajarse– tiene algún objetivo funcional o sirve a la motivación utilitaria de ser productivo”, recuerda Smart. “Insisto con mi libro en que estar desocupado es bueno por sí mismo, no para convertirse en un 'hipster' digital más productivo”. Esa es una de las paradojas del texto. Si bien sugiere que tomarse varios descansos en el trabajo o dejar la mente vagar durante un buen rato al día puede mejorarnos nuestra creatividad y desempeños en el trabajo, es particularmente crítico con la utilización de su discurso para conseguir ser aún más eficientes.
 
“Es difícil escapar de ello, porque hay quien me lee y se dice 'oh, vale, ahora tengo que añadir no hacer nada a mi lista de tareas'. Eso es no haber entendido nada”, se lamenta Smart; quien explica cómo la escritora Bridig Shulte, autora de 'Owerwhelmed', un libro sobre la falta de tiempo libre en nuestra sociedad, recibe continuamente ofertas por parte de importantes 'think-tanks' para explicarles cómo el ocio puede hacer más productivos a sus empleados. Otra manifestación más de la obsesión de nuestra sociedad por traducir lo que no tiene precio en números, metas y nombres tachados de una lista.

El problema latente detrás de todo ello es que debemos construir la habilidad de ser nosotros mismos y no hacer nada. Esto es aquello que los teléfonos han hecho desaparecer: la capacidad del estarse quietos. Ello será en cuanto consista ser una persona”. Con esa cita del cómico Louis C.K, nos ha ilustrado A. J. Smart uno de los grandes problemas del ser humano en el siglo XXI: la necesidad autoimpuesta de estar permanentemente ocupados. El ocio es un enemigo, algo que nos detiene en la conquista de los propios objetivos y puede acabar con nuestro bienestar material. Sin embargo, el esfuerzo continuo no nos hace más felices, ni siquiera nos permite conseguir mejores resultados. Simplemente, acaba con nuestra creatividad, con nuestra felicidad y nuestra humanidad.
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Si somos conscientes de cómo el estrés cotidiano y los horarios sobresaturados acaban con nuestra inspiración, ¿por qué no hacer nada para evitarlo? Smart traza un paralelismo con la adicción al tabaco. Cuando empezamos a fumar de adolescentes, resulta atractivo porque nos hace parecer más mayores y más interesantes; pero para cuando nos damos cuenta de que nos perjudica, nos encontramos con que la motivación inicial se ha esfumado y es difícil hacer desaparecer la adicción.

¿Qué podemos hacer, por lo tanto, para poner el freno de mano a un mundo en constante movimiento sin que éste nos lleve por delante? Smart lo tiene claro: “Conseguir una sociedad basada en el ocio probablemente requería algo parecido a una revolución”. Mientras tanto, está en nuestras manos (íntimas y privadas) intentar detener el caos que nos rodea. “Cuando tengo un momento en el que no he de hacer nada, intento detener la urgencia del encontrar algo que hacer”, explica.
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“Intento sentarme hasta que me interrumpen. Te sorprendería el beneficio de robar breves momentos a lo largo del día para desconectar. Una vez manejes pequeños momentos en desconexión, así, puedes construir gradualmente la tolerancia a otros períodos mayores”: ¡barato, sencillo y efectivo!, aunque conviene tener a mano un ejemplar con 'El arte y la ciencia del no hacer nada' previendo la nada descabellada posibilidad de que alguien nos llame “holgazán”.
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Está comprobado ya –muy clara mente...- sin márgenes de dudas. “Todos entramos en tal estado, de fantasía, con frecuencia: sentados en el escritorio del trabajo, con la mirada que se escapa por las ventanas, pero sin fijarla en ningún lugar determinado y nuestros pensamientos vagando libremente. En lugar de seguir adelante con lo que se supone que debíamos estar haciendo, empezamos a planear mentalmente las próximas vacaciones o nos ensimismamos en un recuerdo. Lo que ha sucedido es que el cerebro sencillamente ha ‘cambiado de canal’ y conectó su 'piloto automático'.
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Desde hace algún tiempo, los expertos se han interesado por la competencia entre las diferentes zonas del cerebro, que son capaces de suprimir sus actividades, entre sí. Si alguna de las aproximadamente 20 redes en un momento se halla en ‘ON’, activa, las otras permanecen más o menos en silencio. Así que si usted está pensando en sus próximas vacaciones, casi es imposible que pueda seguir el contenido de un texto a la vez.
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Por saber cómo la estructura anatómica del cerebro influye en sus redes funcionales, un equipo de investigadores del Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano en Berlín, en colaboración con colegas de la Universidad Libre de Berlín y Hospital Universitario de Freiburg, han analizado las conexiones entre un total de 40.000 pequeñas áreas del cerebro. Utilizando imágenes de resonancia magnética funcional, examinaron más de un millar y medio de millones (1.600.000.000) de posibles conexiones anatómicas entre dichas diferentes regiones para 19 participantes con edades comprendidas entre los 21 y 31 años. El equipo comparó esas conexiones con las señales cerebrales reales generados por sus células nerviosas.
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Los resultados mostraron algunas mayores congruencias entre la estructura y función respectivas en las áreas que forman parte de tal ‘red en modo automático’, que se asocia con ‘soñar despierto’: imaginar o hacer planes de futuro y el pensamiento auto-referencial. O sea, ‘en comparación con otras redes, la red por defecto utiliza las conexiones anatómicas más directas... Pensamos que tal actividad neuronal se dirige automáticamente a estabilizarse en esta red siempre que no existan influencias externas en el cerebro’, nos explicó Andreas Horn, autor principal del estudio.
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Haciéndose honor a su nombre, la red ‘por defecto’ del cerebro parece quedar activa en ausencia de influencias externas. En otras palabras, la estructura anatómica para el cerebro parecerían tener dentro algún ‘ajuste [del funcionamiento] automatizado’. No debe, sin embargo, confundirse con los estados de inactividad. Por el contrario, soñar despierto, imaginar y pensar sobre nosotros mismos son tareas complejas para el cerebro.
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Nuestros cerebros tan sólo se quedarán con su piloto automático hasta cuando cualesquier posibles estímulos externos pongan en otro funcionamiento alguna red, acabando con la ensoñación. El zumbido de una mosca, un sonido en la distancia, por ejemplo.
 
Los investigadores confían que sus resultados contribuyan a una mejor comprensión del funcionamiento de nuestro cerebro no solo en las personas sanas, sino también con respecto de los trastornos neurodegenerativos como las enfermedades del Alzheimer y la esquizofrenia u otras psiquiátricas.”
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4 comentarios:

  1. Cada verano algunos días, en los poemas de CLAUDIO leo: «Lo que antes era exacto ahora no encuentra/ su sitio.» En algunos poetas es posible hallar esas noticias a las que no llega nunca un periódico. Algo como un espacio de iluminación que nos encierra en su mansedumbre (o contundencia) una verdad sencilla sin necesidades de propaganda. Para intentar aparcar un rato las agrias pobrezas broncas de actualidad, ese marasmo absurdo.

    No como ejercicio de huida, sino por amarrarse mejor al presente mientras el mar, a un paso, va desmantelando el día, incluso saqueándolo, en bullicio de cuerpos desnudos, cuando casi nada importa más allá del negocio de las olas y el peligro de su ternura. Nos han robado hasta las absurdas calmas de agosto. Todo aquello que fue sosiego o fiebre es hoy un sueño de cal viva, sostenido por banda de tironeros institucionales que han bastardeado también la limosna del verano.

    Están en todo telediario. Defendiéndose penosamente. Han hecho de la delincuencia (con presunción o sin ella) ‘prime time’ a cualquier hora. Quieren imponernos legitimidad de su política del pufo y medio pelo, convencernos del cómo engaño urdido forma parte de la regla. ¿De cuál? Se han apropiado de la vida y sólo importan ellos o su laberinto de albañales. En la política española luce tan de repente la mierda que nos ciega. Y así llegaremos al otoño, con los viejos cuchillos tiritando bajo el polvo.

    Por eso uno a veces se acerca al milagro de Claudio Rodríguez, aquel poeta de tierra adentro, el de la alta meseta en Castilla, chamán y telúrico, capaz de adivinar que «soñar es sencillo, pero no CONTEMPLAR.» En las calas, a media mañana, veo mujeres que se lanzan a la mar como en una paz sin alianzas, como en una batalla sin héroes. A veces la vida parece ser esto mismo de ahora. No la torpe mezquindad de quienes tienen que cantar sus inocencias a cada hora, sino la certeza de los que aquí estamos, «fumando muy despacio al pie de un polvorín,/ sin darse cuenta.»

    Inmenso CLAUDIO. En su escritura, según con los grandes poetas, está convocado el misterio, un enigma, una claridad que dice más de lo que dice. Un saber que no lo es a tientas, sino que viene de lo hondo de las cosas, de aprender a mirar la vida sin exigir en aquello que se ve los caudales de una respuesta. La lección del estar en el mundo rozándose con él, con coraje, con franqueza. Pues «hay quien toca el mantel, mas no la mesa;/ el vaso, mas no el agua».

    Entre las chillonas noticias del ‘CIS’ y el estímulo maquillado de los índices del paro, a veces conviene detenerse, por ejemplo, en él, en su ruralismo decantado, en la extraña alquimia de unos poemas que encierran música extraída de espacios muy remotos como quien canta una verdad y sabe escribirla en alto. «No, no son tiempos/ de mirar con nostalgia/ esa estela infinita del paso de los hombres./ Hay mucho que olvidar/ y más aún que ESPERAR».

    Claudio, su canción telúrica, golpea con oscuro sonido de quien piensa en claro. Aquel que hace palabra útil del idioma, viva para vivir, que acompaña y merece ser transmitida, recordada. En este tiempo de quincallería verbal, donde roban la voz a cada momento, poesía es buen antídoto contra el molde del ciudadano dócil o feos modales de quien se afana en tratarnos como menores. En sus versos cabe un inventario de belleza inmediata. Eso convulso que cierta verdad alberga. Entre el existencialismo y lo fatal. «Déjame/ decirte que, a pesar/ de tanta vida deplorable, sí,/ a pesar y aun ahora,/ estaremos en derrota pero NUNCA EN DOMA». Es exactamente así.

    La poesía no es una forma para escapismo. Ni huida, ni un escaqueo, sino manera de anclarse mejor a la tierra. Del extraer tantas preguntas. El poema no es un ala postiza, sino una escuela superior de formación de seres libres. En ella cabe todo lo que a los hombres se les puede proporcionar para serlo. Claudio lo sabe. Y lo hace. En medio de tanta estupidez viene a decir que «aunque sea muy dolorosa y aunque/ sea a veces inmunda, siempre, siempre/ la más honda verdad es la ALEGRÍA.»

    (Antonio Lucas, hoy en El Mundo)

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  2. Aprender, reaprender a no ser productivo. Una enseñanza que nos inculcaron de pequeños, el trabajo como dignificación de la vida. Olvidaron aclarar que era "el trabajo creativo" no lo que se extiende por todas partes, el trabajo servidumbre, la falta de autonomía.

    Y... que disfrutes del verano, que disfrutes siempre... que se pueda.
    Un abrazo

    PAQUITA

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    1. "Yo no soy ni ego ni razón, yo no soy ni mente ni pensamientos

      . No puedo ser escuchado ni descrito en palabras, ni el olfato ni la vista pueden captarme

      . No me encuentro ni en la luz ni en el aire, ni en la tierra ni en el cielo

      . Consciencia y gozo encarnado soy, buenaventura de los bienaventurados soy

      . No tengo nombre, no tengo vida, no respiro aire vital

      . No me han moldeado los elementos, ningún cuerpo o espacio es mi hogar

      . No tengo boca, ni manos, ni pies ni medios de evolución

      . Consciencia y gozo encarnado soy, bienaventuranza en la disolución, yo soy

      . Estoy aparte de todo odio o pasión. Yo el conquistador de la ilusión y de la ira

      . Ningún toque de orgullo me preocupa, por eso la envidia nunca despierta

      . Más allá de toda fe, de todo pasado, de toda riqueza, de toda libertad, de todo deseo

      . Consciencia y gozo soy, bienaventuranza es mi atuendo

      . Virtud y vicio, o placer y pena, no son mi herencia

      . Ni textos sagrados, ni ceremonias, ni oraciones, ni peregrinajes

      . No soy ni la comida, ni el comer, ni el que come

      . Consciencia y gozo encarnado soy, bienaventuranza de los bienaventurados soy

      . No tengo presentimientos de muerte, ni clase o raza me divide

      . Ningún padre jamás me llamó niño, ningún nacimiento me atrapo

      . No soy ni el discípulo ni el maestro, no tengo clase ni amigos

      . Consciencia y gozo soy, fundirme con la buenaventura es mi fin

      . No soy ni lo conocible, ni el conocimiento ni el que conoce, sin forma es mi forma

      . Yo resido dentro de los sentidos, pero ellos no son mi hogar

      . Siempre serenamente equilibrado, no estoy ni libre ni limitado

      . Consciencia y gozo yo soy, y es en la bienaventuranza donde me encuentro"

      . [Adi Shankará (788-820): 'Atma Shatkam', o Canción del Alma]
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  3. Playing the Game of LIFE like... "...in music… one doesn’t make the end of the composition, the point of the composition [...] Same in dancing, you don’t aim at a particular spot at the room and that where you should arrive, the whole point to the dance is to dance” (Alan Watts)

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